Los Exploradores perdidos…Y sus Tesoros…   6 comments

En busca de los exploradores perdidos

La jungla, el desierto, el mar y el hielo guardan celosamente el misterio de decenas de aventureros desaparecidos

El gran paradigma de explorador perdido e infructuosamente buscado hasta el momento es el coronel británico Percy Harrison Fawcett, desaparecido en 1925 en el Matto Grosso brasileño con su hijo y un amigo en una de sus expediciones en busca de la legendaria ciudad escondida de Z en la Amazonia. Convertido él mismo en un mito, Fawcett ha sido tratado de hallar sin resultado por numerosas expediciones cuyos miembros lo han pasado tan fatal como el mismo explorador perdido: más de 100 personas han muerto durante la búsqueda. Seguramente el coronel fue asesinado por los indios o murió de enfermedad en el infierno verde de la jungla infestada de anacondas, pero los más soñadores le imaginan un destino como rey de una ignota civilización, émulo afortunado de su kiplingnesco compatriota Daniel Dravot en el Kafiristain.

Tampoco se ha encontrado aún ni rastro de Friedrich Wilhelm Ludwig Leichhardt, explorador alemán y desertor del ejército prusiano desaparecido en 1848 mientras trataba de cruzar Australia con seis acompañantes y 80 animales de carga. Es difícil decir dónde se habrán metido.

El coronel Fawcett se internó en 1925 en la Amazonia y aún no ha salido

Es un misterio también la suerte de otro explorador desaparecido mucho antes, John Cabot o Giovanni Caboto, el gran navegante italiano al servicio de Inglaterra que zarpó de Bristol en 1498 con cinco barcos en busca de Cipango —la misma idea de Colón, pero por el norte— y del que no ha vuelto a saberse nada más.

Tampoco se conoce bien qué fue del gran Henry Hudson, aunque podemos temer lo peor dado que la última vez que se le vio, el 23 de junio de 1611, fue al abandonarlo arteramente en una chalupa en las inmensidades heladas de la bahía que lleva su nombre la tripulación del Discovery, amotinada al grito de “¡mejor ahorcados en casa que muertos de hambre lejos!”.

A nuestro Hernando de Soto quizá se lo encuentre algún día drenando el Misisipi: allí, en el río que él mismo descubrió, cerca de Natchez, arrojaron en secreto en 1542 su cadáver sus hombres para impedir que los indios, que creían que el explorador era un dios, salieran de su gran error. La desaparición fluvial la comparte De Soto con Mungo Park, que yace en algún lugar del río Níger, al que se lanzó para escapar de los hostiles hausas. Para un repaso pormenorizado a buen número de exploradores perdidos véase Lost explorers, de Ed Wright (Pier, 2008). Otro puñado en Vanishes! Explorers forever lost, de Evan L. Balkan (Menasa Ridge Press, 2007)

A l conquistador Francisco de Orellana lo enterraron en 1546 al pie de un árbol en la Amazonia. Indiana Jones lo encuentra momificado con armadura y todo en su última película, pero dado que lo hace en Nazca, a más de 2.000 kilómetros de la zona donde murió, podemos seguir buscándolo.

Entre los navegantes perdidos de la edad de oro de la exploración náutica figuran Giovanni da Verrazzano, prosaicamente desaparecido en las barrigas de los indios caribes, y los portugueses Gaspar Corte Real, desaparecido tras alcanzar la península de Labrador, y su hermano Miguel, que fue a buscarlo y también se perdió.

Es un clásico tratar de encontrar a un explorador desaparecido —en plan Los hijos del capitán Grant— y desaparecer también. Ocurrió con varias de las ¡más de 50 expediciones! enviadas en pos de sir John Franklin, cuya misteriosa desaparición al frente de sus barcos de exploración en busca del paso del noroeste Erebus y Terror en 1846 conmovió y obsesionó a los británicos durante más de una década —“In Baffin’s Bay where the whale-fish blow / The fate of Franklin no man can know”—. Finalmente, en 1859, se dio con las tumbas, esqueletos y mensajes de algunos de los exploradores. Hubiera sido mejor no encontrarlos porque era evidente que, por mucho eufemismo que se le echara, habían practicado el canibalismo.

El propio Franklin aún no ha aparecido. Uno de los barcos enviados en busca de su expedición, el HMS Investigator (!), también perdido, ha sido hallado 150 años después, en 2010, por arqueólogos canadienses que buscaban (y siguen haciéndolo) el Erebus y el Terror. En 1985 el análisis de algunos de los restos de los marinos de Franklin —varios de ellos preservados abracadabrantemente en el permafrost— reveló envenenamiento por el metal de las latas de comida.

Entre los muchos desaparecidos en las dunas (como el ejército entero del rey persa Cambises, camino de Siwa: algún día aparecerá) figura el explorador irlandés Daniel Houghton, cuyo último despacho antes de adentrarse en el Sáhara data de 1793; aún no ha salido, pongámonos pues en lo peor. El navegante moderno perdido más famoso quizá sea Joshua Slocum desaparecido con su Spray en 1909. En 1939 se perdió en el mar el aventurero Richard Halliburton —autor de la primera foto aérea del Everest y que una vez llevó a volar con él al jefe de los cazadores de cabezas dayak—. Halliburton, al que se le acredita un romance con Ramón Novarro, trataba de atravesar el Pacífico de Hong Kong a San Francisco en un junco chino, el Sea Dragon.

Famosos aventureros perdidos son también el inspirador Everett Ruess, desaparecido en 1934 con 20 años en el desierto de Utah (unos huesos hallados en 2009 se le han atribuido pero con dudas: habría sido asesinado por indios ute para quitarle sus dos burros). Qué decir de Michael Rockefeler, retoño de la familia desaparecido en una expedición a Nueva Guinea en 1961 mientras trataba de alcanzar la orilla desde una canoa…De la expedición de Franklin falta encontrar a muchos y los dos barcos

La exploración polar nos ha dejado un sinnúmero de exploradores perdidos y presumiblemente congelados. Tengo una querencia por Belgrave Edward Sutton Ninnis, teniente de los Fusileros Reales y miembro de la expedición de Mawson, que en 1912 se cayó en una grieta en la Antártida y no volvió. Como también la tengo por otro que sigue en aquel reino helado, Titus Oates, el corajudo miembro de la derrotada partida de ataque de Scott al Polo Sur y que dejó la tienda en plena ventisca, rumbo a una muerte cierta, para dar una oportunidad a sus camaradas. A Oates nunca se le ha hallado. Cherry-Garrad dio con sus calcetines: no habría ido muy lejos sin ellos en la Antártida. Quién sabe, quizá se lo encuentre ahora Ranulph Fiennes en su travesía del continente blanco.

Cosas más raras han pasado: miren el caso de George Mallory, perdido en el Everest en 1924 y encontrado en 1999 como si por él no hubieran pasado los años, por así decirlo —excepto si le mirabas la cara—. Por cierto, añadan en la lista de los más importantes personajes a encontrar a su acompañante de cordada, el bello y resuelto joven Andrew Irvine, que quizá lleve aún consigo la prueba fotográfica de que hubieran hecho cima (es una remota posibilidad) antes de caer.

Regresemos a los exploradores polares para recordar que a Amundsen, el rival y vencedor de Scott, no se le ha encontrado nunca: desapareció sobrevolando el mar de Barents en 1928 mientras participaba, precisamente, en la búsqueda de otro explorador, Nobile (que fue hallado vivo). En 2004 y 2009 la marina noruega trató sin éxito de localizar con un submarino no tripulado los restos del hidroavión Lathman en que volaba Amundsen.

La noticia de que este verano, en el 75º aniversario de su desaparición, se ha reemprendido la búsqueda de la pionera de la aviación Amelia Earhard, perdida a los mandos de un aeroplano Lockheed 10 E en 1937 en algún lugar del ancho Pacífico entre Nueva Guinea y la isla de Howland, es un estímulo para la imaginación. ¿Qué fue de la bella Amelia y de su copiloto Fred Noonan? Probablemente marraron el rumbo y el avión, sin combustible, se precipitó en el océano: allí estarán, bajo el agua, los rubios cabellos de la aviatrix devenidos remedo de algas. Una hipótesis menos probable es que cayeran en manos de los japoneses que los habrían tratado como espías y ejecutado.

Muy lejos de allí, en el Mediterráneo, desapareció el 31 de julio de 1944 otro de los grandes mitos de la aviación, Antoine de Saint-Exúpery. El aventurero escritor y piloto ya había bordeado la desaparición años antes como aviador de la línea Aéropostale y especialmente luego cuando se perdió en 1935 al estrellarse su aeroplano en el Sáhara egipcio cerca de Wadi Natrun y pasar cuatro días a la deriva en el desierto pertrechado con dos naranjas, hasta dar con un beduino.

La desaparición de 1944 fue definitiva: Saint-Ex volaba en su caza P-38 adaptado para reconocimiento (y desarmado) y no regresó jamás de su misión a la base de Córcega de la que había despegado. Desde entonces se han ido recuperando del mar pruebas más o menos concluyentes de su muerte —aún hay controversia—: un brazalete con su nombre, restos del avión, incluso se le atribuye un cuerpo hallado por un pescador poco después de su desaparición. Dos pilotos de la Luftwaffe han reivindicado hasta ahora el derribo con un entusiasmo más propio de haber cazado a George Preddy, el as de los Mustangs (los aeroplanos, no el grupo musical), que al autor de El principito.

En el apartado de los aviadores perdidos tenemos también a Charles Nungesser, exhúsar, as de caza francés (43 victorias), y aventurero, cuya desaparición en 1927, al tratar de volar en el biplano L’oiseau blanc el primero de París a Nueva York sin escalas, es uno de los grandes misterios de la historia de la aviación.

Si de aviadores hablamos no podemos olvidar a los españoles Mariano Barberá y Juaquín Collar, los pilotos del famoso Cuatro Vientos. El aeroplano, un Breguet XIX Gran Raid fabricado para la ocasión, había volado con gran éxito de Sevilla a Cuba, saliendo el 10 de junio de 1933 y llegando al día siguiente. Pero se perdió al continuar el 20 de junio hacia México. Las numerosas operaciones de búsqueda desde entonces (la última en 2003, por el buque oceanográfico Onjuku de la Armada mexicana, véase El vuelo del Cuatro Vientos, de Domínguez y Fernández-Coppel, Oberón, 2003), resultaron infructuosas. Según una teoría, los aviadores habrían realizado un aterrizaje forzoso en la sierra mazateca de Oaxaca y habrían sido asesinados por lugareños para robarles.

El pionero aviador australiano Charles Kingsford Smith, al que una vez salvaron de ahogarse en Sidney (hay gente que no escarmienta), por no hablar de que le amputaron parte del pie izquierdo al ser derribado durante la I Guerra Mundial, desapareció en 1935 en un vuelo de récord mientras volaba entre Allahabad (India) y Singapur. De su avión, el Lockeed Altair Lady Southern Cross, se encontraron casi dos años después trozos en la costa birmana y en 2009 un equipo de filmación aseguró haber hallado el resto del aparato. Kingsford-Smith había sido objeto de polémica cuando en 1929 realizó un aterrizaje de emergencia en Australia y se le dio por perdido. Dos aviadores murieron al estrellarse su propio avión durante la búsqueda y sentó muy mal que el piloto desaparecido y su tripulación se hubieran emborrachado durante la espera.

¿Tiene sentido buscar a toda esa legión de desaparecidos? (¡y no nos dejemos a la legendaria legión perdida, la IX Hispania!). Aparte de los enigmas históricos que plantean muchas de esas desapariciones y que podrían quedar resueltos, no olvidemos que al igual que perderse es algo indisociable de nuestra naturaleza (a pesar del GPS), la curiosidad y el afán de esclarecer misterios se cuentan entre nuestros impulsos más fuertes. Así que mientras haya un explorador perdido, qué caramba, lo seguiremos buscando.

Los Tesorosos Hallados….

Los tesoros ocultos o perdidos en naufragios, por enterramiento o emparedamiento a causa del temor a perderlos como consecuencia de una guerra o una época de incertidumbre, o cuya ocultación es parte esencial de la estrategia de su poseedor (tesoros de los piratas o botín de los ladrones; tesoros acumulados como rito funerario junto al cadáver) son la parte más espectacular de un yacimiento arqueológico, pero no necesariamente la más valiosa científicamente. Su expolio o extracción inadecuada, tanto ilegal como la efectuada por el propio arqueólogo cuando trabaja sin método, suele ser la causa más frecuente de destrucción de información en los yacimientos.

El Tesoro de Atreo, también llamado Tumba de Atreo y Tumba de Agamenón, es la tumba abovedada, o tholos, más monumental que se conoce en Grecia. Está en las afueras de Micenas, y en un principio se le atribuyó a Atreo, el padre del gran rey Agamenón, cabeza visible de la guerra de los aqueos contra Troya, puesto que suele datarse en el siglo XIII a. C.1

Esta tumba pertenece al arte cretomicénico. Sigue el modelo difundido por todo el Mediterráneo de tumba precedida por un corredor. En este caso, tiene dos cámaras, destacando la “falsa bóveda” de la más grande de ellas. Se obtiene mediante hiladas concéntricas de sillares que van reduciendo el espacio, por lo que sus presiones son verticales y no oblicuas, como en una verdadera bóveda.

El británico Lord Elgin se llevó una parte de la entrada sostenida por columnas a su país, donde quedó expuesta en el museo Británico.

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El Tesoro de Príamo está constituido por numerosos objetos de metales preciosos que el arqueólogo Heinrich Schliemann afirmó haber encontrado el día 31 de mayo de 1873 a una profundidad de 8 metros y medio en el sitio de la antigua Troya.

El hallazgo se conoce científicamente como Tesoro A y Schliemann atribuyó las piezas halladas al rey Príamo de Troya. Hoy se piensa que esta atribución fue el resultado del entusiasmo de Schliemann por encontrar los sitios y objetos mencionados por Homero. En la época, el análisis estratigráfico de Troya aún no había cristalizado, y fue hecho posteriormente por el arqueólogo Carl William Blegen. La capa en la que el tesoro de Príamo fue supuestamente encontrado fue la de Troya II, mientras que Príamo, según la tradición, habría sido habitante de Troya VI o VIIa, que fueron ocupadas cientos de años después.

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Con el ascenso de la moderna historia crítica, Troya y la Guerra de Troya fueron consignadas en las esferas de la leyenda. En los años 1870 (en dos campañas, 187173 y – 1878 79) Schliemann excavó una colina llamada Hissarlik en el Imperio otomano, cerca del pueblo de Chanak (Çanakkale) en el noreste de Anatolia. Aquí descubrió las ruinas de una serie de ciudades antiguas, que databan desde la Edad del Bronce al periodo romano. Schliemann declaró que una de estas ciudades – en un principio Troya I, y después Troya II – era la Troya cantada por Homero, y esta identificación fue ampliamente aceptada en la época.

En lo concerniente a los hallazgos del 31 de mayo de 1873, Schliemann informó:

“Al profundizar en la excavación de este muro, directamente por el lado del palacio del rey Príamo, encontré un gran objeto de cobre grande, con una forma extraordinaria, que atrajo mi atención, sobre todo porque vi oro detrás de él…Para retirar los tesoros de la codicia de mis trabajadores, y salvarlo para la arqueología… Declaré inmediatamente un «paidos» (descanso para almorzar)… Mientras los hombres estaban comiendo y descansando, extraje el tesoro con un gran cuchillo… No habría podido, sin embargo, retirar el tesoro sin la ayuda de mi querida esposa, quien envolvió en su chal los objetos que yo había separado y se los llevó de allí”.

Sin embargo, posteriormente se ha demostrado que Sophia Engastromenos, la esposa de Schliemann, estaba en Atenas en el momento del descubrimiento

La lista (no exhaustiva) del catálogo del tesoro es aproximadamente la que sigue:

  • Un escudo de bronce.
  • Un disco grande,1 provisto de un ónfalos y de un largo mango aplanado terminado en una serie de discos pequeños.
  • Un caldero de cobre con asas.
  • Un artefacto de cobre desconocido, quizás el cerrojo de un arcón.
  • Una jarra grande de plata que contenía dos diademas de oro. (las “Joyas de Helena”),3 8.750 anillos de oro, botones y otros objetos pequeños (collares y pendientes), seis brazaletes de oro, dos copas de oro.
  • Un vaso de cobre.
  • Una botella de oro labrado.
  • Dos copas, una de oro labrado, y la otra de oro fundido.
  • Varias copas de terracota.
  • Una copa de electrum (mezcla de oro y plata).
  • Seis hojas de cuchillo de plata forjada (que Schliemann usó después como dinero).
  • Tres vasos de plata con partes soldadas de cobre.
  • Más copas y vasos de plata.
  • Trece puntas de lanza, de cobre.
  • Catorce hachas de cobre.
  • Siete dagas de cobre.
  • Otros artefactos de cobre con la llave de un arcón.

En un principio se creía que el enterramiento del tesoro debió de llevarse a cabo poco antes y durante la destrucción que puso fin a Troya II, alrededor de 22002100 a. C., según los datos cronológicos, si bien el citado disco áureo ha sugerido una fecha más baja para la conclusión de la cultura de Troya II.4 Recientemente se ha datado entre los años 2670 y 2570 a. C., mediante el uso del radiocarbono sobre la puerta de madera en cuyo interior fue hallado.

Tras el descubrimiento del tesoro, Schliemann lo hizo trasladar a Grecia sin informar sobre ello a las autoridades turcas. Pero, una vez en Atenas, Turquía reclamó el tesoro y el caso fue llevado a los tribunales griegos, que en 1874 emitieron el veredicto de que Schliemann debía pagar diez mil francos de oro al museo de Constantinopla, pero se le permitía conservar el tesoro. Schliemann pagó no solo los diez mil, sino cuarenta mil francos de oro más y cedió la posesión de algunas piezas halladas en Troya al museo de Constantinopla.

Tras ello, Schliemann prometió que legaría el tesoro a Grecia a cambio de poseer, mientras viviera, todos los hallazgos de todos los lugares donde consiguiera el permiso de realizar excavaciones, pero las autoridades griegas rechazaron la propuesta.

En 1879, convencido por Rudolf Virchow, Schliemann decidió donar el tesoro a Alemania, donde llegó al museo de Artes y Oficios de Berlín hasta que pasaron al nuevo museo de Etnología.

Pero, tras la toma de Berlín por el ejército soviético en la Segunda Guerra Mundial, el tesoro de Príamo desapareció. Algunos creyeron que el oro había sido fundido y que se había perdido para siempre pero permaneció en paradero desconocido hasta que en 1993 se confirmó que se hallaba en el Museo Pushkin de Moscú, a donde se había llevado en 1945 como botín de guerra.

A causa de algunas contradicciones en las indicaciones realizadas por Schliemann sobre las circunstancias del descubrimiento del tesoro, se ha puesto en duda a veces su autenticidad.

Sin embargo, el tesoro fue fotografiado sin limpiar poco después del descubrimiento, y el arqueólogo Manfred Korfmann realizó un estudio acerca del lugar de las ruinas donde fue hallado. Actualmente la autenticidad del tesoro no ofrece dudas entre la mayoría de los eruditos.

Las Tablillas del Tesoro de Persépolis son un conjunto de documentos administrativos en idioma elamita pertenecientes al Imperio Persa Aqueménida y correspondientes al período 492-458 a. C., bajo los reinados de Darío I, Jerjes I y Artajerjes I. Fueron descubiertas por la expedición arqueológica del Oriental Institute de la Universidad de Chicago dirigida por Erich Schmidt (1936), en una de las habitaciones nororientales del Tesoro de Jerjes en el complejo arquitectónico de Persépolis. Suman un total de 753 tablillas, de las cuales 128 han sido publicadas y traducidas por George Cameron.

Su contenido es similar a otro archivo casi contemporáneo, las llamadas Tablillas de la Fortaleza de Persépolis. Se trata de registros de entrega de plata y raciones alimenticias a los trabajadores dependientes del la realeza aqueménida en Persépolis y las zonas circundantes, así como de los trabajos realizados. Consta asimismo de un número de cartas de oficiales dirigidas al jefe del Tesoro, Aspatines, en las que solicitan el pago a determinados trabajadores.

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La tumba llamada KV54 está situada en el Valle de los Reyes, en Egipto. Las excavaciones que llevaron a su descubrimiento y posterior estudio fueron hechas por Edward R. Ayrton, gracias al mecenazgo de Theodore M. Davis.

En realidad no es una tumba sino un pequeño pozo, localizado cerca de la tumba de Seti I, que contuvo cerca de una docena de jarros de almacenamiento sellados. Dentro de estos se encontraron, cuidadosamente embalados, diversos objetos: cerámica, platos, bolsas con natrón, huesos de animales, pectorales florales y lino, con inscripciones datadas en los últimos años del reinado de un faraón poco conocido en esa época: Tutanjamón.

En 1909, Davis sacó de Egipto y donó al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York el contenido de seis de las jarras, donde permanecen actualmente.1 Davis declaró a la prensa que había encontrado la tumba de Tutanjamón y publicó en 1912 sus estudios en un libro llamado The Tombs of Harmhabi and Touatankhamanou (Las tumbas de Horemheb y Tutanjamón).

Uno de los hallazgos de la KV54 era un lienzo de lino con un texto hierático que decía «al buen dios, señor de las Dos Tierras, Nebjeperura (nb ḫpru rˁ nombre de Nesut-Bity de Tutanjamón, el Señor de las manifestaciones es Ra), el amado de Min. Lino del año 6».que demostraba que la KV54 no era la tumba real de Tutankhamun, y señalaba la existencia de una tumba no descubierta. Howard Carter, que sería quien encontró más tarde la KV62, coincidía en esta opinión con Herbert Winlock, director del museo Metropolitano.

En 1923, Winlock, que había encontrado fosas similares en otras excavaciones posteriores de la necrópolis tebana, identificó la KV54 no como tumba real, sino como un «pozo de embalsamamiento», que guardaba los restos del material utilizado en la momificación del faraón, más que su tumba. Los alimentos y otros artículos relacionados provienen probablemente de un banquete funerario celebrado durante el sepelio del rey. Winlock estimaba que habría habido un total de ocho plañideras oficiales que habían acompañado al séquito funerario.

Cuando Carter descubrió la tumba de Tutanjamón en 1922, se encontraron objetos similares en el corredor de entrada, y se cree que, después de que la primera tentativa de robo de la misma, el material de embalsamamiento del pozo fue trasladado al hoyo KV54, y el pasillo se rellenó de escombros para impedir cualquier saqueo posterior.

El Tesoro de Tod se denomina a cuatro cofres de cobre que contenían varios objetos de oro, plata y lapislázuli encontrados en el depósito de fundación del templo de Montu en Tod, Egipto. Los depósitos fueron datados en la época del faraón Amenemhat II, del Imperio Medio de Egipto.

Los objetos se encuentran repartidos entre el Museo del Louvre y el Museo Egipcio de El Cairo.

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El Tesoro de Aliseda es un antiguo ajuar funerario tartésico hallado de forma accidental en Aliseda (Cáceres) y es posible que estuviera fabricado en oriente. Es de oro y predomina la técnica de la filigrana y cincelado. Está compuesto por una diadema, un collar, un pendiente, una pulsera, dos anillos y un cinturón. En el collar aparece el creciente lunar. Este tesoro era un ajuar funerario de una mujer relacionada con el rey. El pendiente es de gran importancia, está compuesto por un cuerpo, una cadena y una rica decoración alrededor del tubo. Esta decoración se da a base de repujado y cincelado. La decoración se repite por simetría. Lo que representa es el árbol de la vida que se repite constantemente. Entre los árboles de la vida aparece la palmeta que es característica del arte oriental. Junto a la palmeta aparecen dos pájaros, picoteando el fruto de esta. De aquí se supone que sea un ajuar funerario por la representación del árbol de la vida.

Se intentó vender las piezas de forma clandestina, pero finalmente fueron interceptadas y llevadas al Museo Arqueológico Nacional, en Madrid.

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Se trata de un tesoro Tarteso y data del siglo VII a. C. Debido a la ruda manera en que fue encontrado y la falta de medios para la excavación, no se puede precisar si se trataba de un tesoro o de las alhajas y ajuar mortuorio de una dama en sepultura.

El tesoro consiste en un conjunto de joyas de oro y plata de refinada orfebrería, entre las que destacan una diadema, un cinturón, brazaletes, collares, pendientes, sortijas y un plato. Se trata de uno de los primeros tesoros reunidos en la Península Ibérica, que caracterizaba la abundancia y medios de una región. No se trata de las primeras joyas tartesas halladas en este suelo, pero algunos de los elementos son únicos en la orfebrería tartesa conocida de Oriente y Occidente.

Pertenece a la Edad del Hierro (750-218 a. C.).

Los fenicios fueron un pueblo importante del Mar Mediterráneo, el primer pueblo colonizador que llegó procedente de las costas del actual Líbano a la Península Ibérica, sobre el siglo IX a. C., y que se asienta de forma definitiva. Fueron un pueblo fundador de un gran número de colonias, como Cartago, en el Norte de África hacia el siglo IX a. C. (actual Túnez), Gades o Gadir en 1100 a. C. (actual Cádiz), Malaca (actual Málaga) y Sexi (Almuñecar). Los fenicios llegaron a la Península atraídos por la abundancia de metales, introduciendo, a cambio, un gran número de manufacturas de lujo, productos exóticos y tecnologías desconocidas para los nativos. Su presencia, su necesidad de productos, y la demanda generada por este pueblo se tradujo en un desarrollo de las comunidades nativas más próximas.

El pueblo indígena más poderoso en ese momento era el reino de Tartessos, célebre por sus riquezas y la longevidad de sus monarcas, situado al sur de la Península. La monarquía tartésica, de carácter hereditario, existía ya desde principios de la Edad de Bronce (1800-750 a. C.). Cultivaron la orfebrería, joyería y broncería, imitando a los demás pueblos de Oriente con que se relacionaban.

Los ajuares funerarios del pueblo fenicio eran ricos y abundantes, con muchas piezas de orfebrería y alfarería (ya que introdujeron nuevas tecnologías como el torno de alfarero). Los fenicios introdujeron también un gran número de objetos de origen griego, fueron grandes comerciantes, comerciaban con los pueblos del interior y comenzaron una cultura orientalizante entre el Tajo y el Mediterráneo y la costa ibérica hasta Emporión (colonia fundada por los griegos en torno al 600 a. C.). No adoptaron la moneda de los tartesos en estas transacciones comerciales, ya que éstos no tenían una economía de mercado.

El Tesoro de El Carambolo es un conjunto de varias piezas de oro y cerámica que primitivamente se creyeron de origen tartésico. Recientes investigaciones lo consideran el ajuar propio de animales que eran sacrificados en templos de origen fenicio dedicados al dios Baal y la diosa Astarté. Fueron encontradas en el cerro de El Carambolo en el municipio de Camas, a tres kilómetros de Sevilla.

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A tres kilómetros de Sevilla, unos pequeños cerros a los que llaman carambolos se elevan casi un centenar de metros sobre las aguas del Guadalquivir. En uno de ellos, en el término municipal de Camas, se encuentra La Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla. Esta entidad, que adquirió el terreno en 1940 con la idea de ubicarse físicamente allí, había iniciado unas obras para ampliar sus instalaciones, con motivo de un torneo internacional que tenía previsto celebrarse. La leyenda de que existía un tesoro en el lugar ya venía de antiguo, pero era sólo eso, una leyenda.

Al arquitecto que dirigía las obras no le convencía que unas ventanas que darían a una futura terraza en construcción, pudieran quedar casi al mismo nivel que ésta, por lo que antes de que se colocara el pavimento mandó excavar para que se profundizara unos 15 cm más.

Actualmente el tesoro puede contemplarse de manera permanente en el Museo arqueológico de Sevilla

El 30 de septiembre de 1958, uno de los obreros, Alonso Hinojos del Pino (Albañil natural de Medina Sidonia), encontró casi en la superficie un brazalete que luego resultó ser de oro de 24 quilates y de un incalculable valor arqueológico. Al observar que al brazalete le faltaba un adorno, tanto él como el grupo de trabajadores que participaba, siguieron excavando en la búsqueda de la parte restante. Pero la sorpresa fue aún mayor cuando encontraron un recipiente de barro cocido, una especie de lebrillo, conteniendo muchas otras piezas. Aparentemente eran imitaciones de joyas antiguas, de latón o cobre, por lo que no dieron mayor valor a lo encontrado. Tanto es así, que se las repartieron entre los trabajadores que habían intervenido. Uno de ellos, para demostrar que no podían ser de oro, dobló repetidamente una de las piezas hasta llegar a romperla. Debido a aquella absurda prueba, la marca de una perceptible rotura ha dañado para siempre uno de los elementos que tiene forma de piel de toro. La sensatez y el temor de posteriores responsabilidades, aconsejaron a los obreros a entregar las joyas encontradas. La leyenda comenzaba a dejar de serlo para convertirse en realidad.

La directiva del Tiro de Pichón, con buen criterio, buscó la intervención de una de las máximas autoridades en investigaciones tartésicas, el arqueólogo y catedrático don Juan de Mata Carriazo y Arroquia. El profesor Carriazo realizó un minucioso y emocionado examen del tesoro y presentó el correspondiente informe. Una de sus frases resume la importancia de lo hallado de la siguiente forma:”El tesoro está formado por 21 piezas de oro de 24 quilates, con un peso total de 2.950 gramos. Joyas profusamente decoradas, con un arte fastuoso, a la vez delicado y bárbaro, con muy notable unidad de estilo y un estado de conservación satisfactorio, salvo algunas violencias ocurridas en el momento del hallazgo”

El profesor Carriazo estableció que estas piezas pertenecían, fijando un amplio margen de error, a un período comprendido entre los siglos VIII y III antes de Cristo, agregando:” Un tesoro digno de Argantonio“, legendario rey de Tartessos.Esta táctica de aprovechar un nombre de la mitología clásica o grecolatina, viene del descubridor de Troya, Henry Schliemann, que al descubrir unas piezas de oro dijo que eran de la princesa Helena de Troya y una máscara funeraria era de Agamenón, sin tener prueba alguna de ello.Este valiosísimo tesoro que muestra un exquisito trabajo de orfebrería fenicia (sendas reproducciones pueden verse en el Museo Arqueológico de la capital hispalense y en el Ayuntamiento de Sevilla) se encuentra celosamente guardado en la caja fuerte de un banco. Diversas técnicas fueron empleadas en su ejecución: fundido a la cera perdida, laminado, troquelado y soldado. Algunos elementos, debido a las concavidades que presentan, tuvieron que llevar incrustaciones de turquesas, piedras semipreciosas o de origen vítreoUna de las joyas más destacadas, que presenta una decoración floral bastante distinta del resto del tesoro, consiste en una cadena doble con cierre decorado, de la que penden siete de los ocho sellos giratorios originales.Estos sellos, que en su origen podrían haber servido para marcar propiedades, sellar contratos, o acreditar un control administrativo, se clasifican como correspondientes a la época tartésica orientalizante y se cree que podían haber dejado de tener su función original como sellos y haberse convertido posteriormente en mera joya de adorno.

Mientras algunas opiniones coincidían (arqueólogos románticos, tartesiólogos y nacionalistas andaluces) en que todos estos adornos de oro posiblemente eran portados por una sola persona (tal vez un hombre) en momentos de máxima representatividad u ostentación, la arqueología se decanta por la hipótesis de que se trata de adornos para algún animal que los fenicios sacrificasen a Astarté, dejando luego la joyería en una fosa o bóthros ritual.

Cuando ejercía como Comisario de la Expo 92 de Sevilla, Don Jesús Aguirre, marido de la Duquesa de Alba y Duque consorte, encargó a un prestigioso joyero de Madrid, conocido suyo, una exacta reproducción en oro del tesoro, para ser expuesta. El temor, por parte de destacados miembros del Ayuntamiento sevillano, de que las piezas originales, cuando se devolvieran, podrían ser sustituidas por una copia, produjo un enfrentamiento verbal con el Duque de Alba que desembocó en el cese de su cargo como Comisario.

El tesoro de Cheste es un conjunto de joyas y monedas de oro y plata halladas en el interior de dos vasijas en la partida de La Safa en Cheste, Valencia (España) en 1864 y que, según los estudiosos, debió ocultarse 200 años, aproximadamente, antes de Cristo, en plena Segunda Guerra Púnica. Inicialmente el tesoro estaba compuesto de varias piezas de oro, entre las que destacaban tres cabezas de serpiente con un elegante trabajo de orfebrería y algunas piezas de plata, sobre todo brazaletes y anillos. Destaca un denario Sgdenham 140 (RRC 44.5 desde 211 a. C.), que ha servido para datarlo. El tesoro resultó en su época un hallazgo de gran relevancia pero, al contrario del caso del Tesoro de Villena, hallado casi un siglo después, no se pudo conservar en toda su magnitud: la mayoría de las monedas y un número indeterminado de las piezas de joyería fueron llevados a Valencia para su fundición. Lo poco que queda se expone actualmente en el Museo de Historia de Valencia.

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El Tesoro de Guarrázar es un tesoro de orfebrería visigoda compuesto por coronas y cruces que varios reyes del reino visigodo de Toledo ofrecieron en su día como exvoto. Fue hallado entre los años 1858 y 1861 en el yacimiento arqueológico denominado huerta de Guarrazar, situado en la localidad de Guadamur, muy cerca de Toledo. Actualmente las piezas están repartidas entre el Musée Cluny, París, la Armería del Palacio Real, Madrid y el Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Entre todas las piezas halladas, las más valiosas son las coronas votivas de los reyes Recesvinto y Suintila (esta última fue robada en el año 1921 y jamás recuperada). Ambas de oro, engastadas con zafiros, perlas y otras piedras preciosas. Hay también otras coronas más pobres y más pequeñas y cruces votivas. También se hallaron cinturones, hoy desaparecidos.

La tradición de los talleres de orfebrería de la Península ibérica se remonta a la prehistoria, pero la de época visigoda está muy vinculada a la orfebrería bizantina. Se emplea la técnica de granates incrustados, que fue la preferida por los pueblos germánicos. Las letras de las coronas están ejecutadas con alvéolos de oro donde se han incrustado granates tallados en el hueco. Los adornos repujados de las aspas de las cruces son de tipo germánico, pero la forma de las coronas votivas es totalmente bizantina. Las coronas del tesoro son de tipo votivo, no aptas para ser lucidas como tocado.

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Detalle de la corona de Recesvinto

Las presencia de joyas bizantinas en los tesoros visigodos era tan abundante, según los testimonios literarios, que en las iglesias de Mérida había joyas para llenar varios carros (Vidas de los Padres emeritenses). Fuentes árabes testimonian que al entrar los musulmanes en Toledo, encontraron en la catedral una serie de coronas votivas que los reyes visigodos habían ido donando, y que muchas fueron fundidas en ese momento para aprovechar los metales nobles. Las joyas de la iglesia de Toledo y las del Tesoro Real fueron causa de envidias y graves disputas entre los conquistadores árabes. Una gran parte de estas coronas y cruces debieron ser escondidas por los clérigos visigodos, como ocurrió con las que estaban en el cercano monasterio de Santa María de Sorbaces

Parte del tesoro de Guarrazar fue hallado por casualidad. En el año 1858 hubo unas lluvias torrenciales que causaron el desmoronamiento del terreno donde estaba la iglesia del monasterio de Santa María de Sorbaces. Salió a la luz una caja de hormigón junto al sepulcro de un presbítero llamado Crispinus. Las personas que lo encontraron lo llevaron a un platero de Toledo que fundió la mitad de los objetos. La otra mitad fue comprada por un militar francés que la llevó a París y allí la vendió al Museo de Cluny. Los descubridores en vista del hallazgo siguieron excavando y encontraron un grupo de coronas y cruces, que esta vez vendieron a la reina Isabel II, quien hizo que se depositaran en la Armería Real.

Las coronas de los reyes Suintila y Recesvinto que llegaron hasta el museo de Cluny fueron restauradas en París, de manera que cambiaron bastante su apariencia. Así, la cruz que en la actualidad vemos pendiente del centro de la corona de Recesvinto era en realidad una fíbula (broche) y conserva aún el muelle y el cierre, además de que es de otro estilo distinto a la propia corona. El gobierno español pudo recuperar las dos coronas y las depositó en la Armería Real, pero en la noche del 4 de abril de 1921 desapareció la de Suintila y jamás se pudo seguir su rastro.

En el robo en la Real Armería desapareció la corona de Suintila y un trozo de corona de enrejado que pertenecían al conjunto que poseía el Patrimonio Real, gracias a la donación de Domingo. El robo se divulgó poco, sólo La Época hizo una publicación más extensa con grabados, para que sirviese de guía en la búsqueda de lo sustraído. Al parecer fueron localizados los autores del robo, pero no lo objetos de éste, que hasta hoy no han aparecido.

El estudio gemológico de Juan S. Cozar y Cristina Sapalski1 reveló que el Tesoro de Guarrazar contiene 243 zafiros azules (cuyas características los hacen procedentes de la antigua Ceilán, hoy Sri Lanka), 3 corderitas azules (iolitas), 14 esmeraldas, 1 aguamarina, 2 adularias (piedras luna), 21 cuarzos amatista, 9 cuarzos hialinos, 6 calcedonias azuladas, 169 perlas, 154 piezas de nácar, 56 vidrios artificiales verdes, 26 vidrios artificiales azules, 2 pardo-anaranjados, 26 de color indefinido, 1 rojo y muchas piezas diminutas de granate piropo-almandin

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Tesoro de Torredongimeno:

Es un tesoro visigodo compuesto por varias coronas votivas que los reyes visigodos ofrecieron a la Iglesia. Es muy parecido al Tesoro de Guarrazar aunque algo más tosco, posiblemente las coronas estuvieran dedicadas a las santas Justa y Rufina.

Fue encontrado en 1926 en Torredonjimeno, provincia de Jaén, cerca de la actual Ermita de la Virgen de Consolación, en una finca de olivar, a 2 km del núcleo urbano del pueblo y a 4 km de Martos, por un campesino que se encontraba trabajando en el campo. Pensando que las piezas carecían de valor, se las dio a los hijos que se entretenían desmontando las joyas y mezclándolas con barro. Tiempo después apareció un trapero que compró las piezas. Ahí se le pierde el rastro, hasta que vuelve a aparecer en los años 40, fragmentado. El Tesoro se encuentra actualmente repartido entre los Museos Arqueológicos de Madrid, Barcelona y Córdoba.

El Tesoro de Villena es uno de los hallazgos áureos más sensacionales de la Edad de Bronce europea. Está conformado por 59 objetos de oro, plata, hierro y ámbar que totalizan un peso de casi 10 kilos. Esa magnitud lo convierte en el tesoro de vajilla áurea más importante de España y el segundo de toda Europa, sólo superado por el de las Tumbas Reales de Micenas, Grecia.1 Además, destacan las piezas de hierro ya que son las más antiguas halladas en España y corresponden a una fase en la que el hierro se consideraba metal precioso y, por tanto, atesorable.

Lo encontró en 1963 el arqueólogo villenense José María Soler en las cercanías de Villena (Alicante, España), y desde entonces ha sido la pieza clave del Museo Arqueológico de Villena. De su hallazgo se hicieron eco la mayoría de los medios nacionales y varios del extranjero, entre ellos de Francia, Alemania y los Estados Unidos. El original ha sido expuesto en Madrid, Alicante, Tokio y Kioto, y existen dos copias de todo el conjunto que son usadas para exponerlo sin ponerlo en peligro, mientras que éste se conserva permanentemente en una vitrina blindada del Museo Arqueológico de Villena.

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La creciente actividad urbanística que se estaba llevando a cabo en Villena en la década de 1960 llevó a buscar lugares más alejados en los que extraer la grava para la fabricación del hormigón. En octubre de 1963 el albañil Francisco García Arnedo encontró una pieza metálica entre la grava de una obra que estaba realizándose en la calle de Madrid y la entregó al capataz, Ángel Tomás Martínez en la creencia de que sería una pieza del engranaje de algún camión. Dicho capataz se limitó a colgarlo en un lugar visible donde el dueño pudiera encontrarlo. Transcurridos varios días, llamó la atención de otro albañil, Francisco Contreras Utrera, que lo cogió y lo llevó a casa. La mujer de éste, Esperanza Fernández García fue la que decidió llevarlo al joyero Carlos Miguel Esquembre Alonso el día 22 de octubre de 1963. El joyero, al percatarse de que la pieza era un extraordinario brazalete de oro avisó al arqueólogo José María Soler, que inmediatamente se personó en la joyería. Soler, temiendo que el brazalete hubiera sido mutilado o que parte de la información fuera falsa, pusó el caso en conocimiento del Juez de Instrucción de Villena. La indagaciones empezaron al poco tiempo, pero no se hallaron circunstancias aclaratorias del hallazgo.

El día 25 de noviembre el mismo joyero avisó a Soler de que había llegado a sus manos otro brazalete de similares características. En este caso lo llevó a la joyería la pareja formada por Esperanza Martínez Morales y su esposo Juan Calatayud Díaz, transportista de gravas, que aseguraban que la pieza había pertenecido a la abuela de Esperanza Martínez. Dado el parecido de ambos brazaletes y el hecho de que el segundo presentara las mismas adherencias terrosas que el primero, Soler puso de nuevo el caso en conocimiento del Juez de Instrucción. El día 26, antes de comparecer en el juzgado, Juan Calatayud apareció en casa de Soler afirmando que había encontrado el objeto en una de las ramblas cercanas a la ciudad, al pie de la Sierra del Morrón. El día 30 de noviembre, dentro del marco de las diligencias judiciales, se hizo una inspección ocular de dicha rambla tras la cual se decidió excavar en la zona.

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La rambla en la que habían aparecido los brazaletes está en el valle de Benejama, al sur de la Sierra del Morrón, a unos 5 km del casco urbano de Villena. La rambla en sí es la parte baja del Barranco Roch, que toma como nombre Rambla del Panadero. El día 1 de diciembre se personó allí José María Soler, acompañado de los hermanos Enrique y Pedro Domenech Albero y sus respectivo hijos. La zona señalada se hallaba cerca de las ruinas de unos barracones islámicos y allí localizó el equipo un área de unos 30 m² bajo la que podría hallarse el lugar de proveniencia de los brazaletes. No dio resultado y se dispusieron a excavar por estratos un área con restos de incineración de 1 m². Tampoco se encontró nada y a las 5 de la tarde, ya dispuestos a regresar, Pedro Domenech, que se había desplazado un poco, descubrió con su azada dos brazaletes y el borde de una vasija.

Las circunstancias eran poco favorables ya que estaba a punto de anochecer y no se disponía de los medios para levantar el hallazgo con garantías, amén de que para Soler la idea de cubrirlo de nuevo para volver al día siguiente era “francamente temeraria”. Por tanto, se envió a los dos muchachos, Enrique y Pedro, al encuentro del taxi que estaría de camino para recoger al equipo, con una nota para el abogado Alfonso Arenas García en la que se pedía un fotógrafo con medios de iluminación. Al cabo de dos horas aparecieron el abogado, el taxista Martín Martínez Pastor, los dos muchachos y el fotógrafo Miguel Flor Amat, que tomó las únicas fotografías del hallazgo in situ. Después, se montó la vasija en el taxi y se llevó al despacho de Soler.

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La primera exposición se llevó a cabo druante la Navidad de 1963 en las dependencias del Museo Arqueológico de Villena. El 27 de diciembre de 1963 el ferroviario Pedro Lorente García entregó por propia voluntad a José María Soler un tercer brazalete que se hallaba arrinconado en el desván de su casa, a la que había llegado 4 o 5 meses antes y que había sido identificado por su hija como semejante a los del Tesoro tras contemplarlo en la exposición.

El tesoro está formado por 66 piezas, 56 de las cuales se agrupan claramente para formar 49 objetos diferenciados. Las otras 10 piezas debieron pertenecer a objetos complejos de los que fueron arrancadas y es difícil determinarlas, por lo que hay que considerarlas como objetos individuales. Esto nos da un total de 59 objetos.

El Señor de Sipán fue un antiguo gobernante del siglo III, cuyo dominio abarcó una zona del actual Perú. El arqueólogo peruano Walter Alva, junto a su equipo, descubrió la tumba del Señor de Sipán en 1987. El hallazgo de las tumbas reales del Señor de Sipán marcó un importante hito en la arqueología del continente americano porque, por primera vez, se halló intacto y sin huellas de saqueos, un entierro real de una civilización peruana anterior a los Incas. El ataúd de cañas en que se halló, fue el primero en su tipo que se encontró en América y reveló la magnificencia y majestuosidad del único gobernante y guerrero del antiguo Perú encontrado hasta la fecha de su descubrimiento, cuya vida transcurrió alrededor del año 250 de la era actual.

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Su descubrimiento se realizó en el centro poblado de Sipán en Chiclayo, anexo de Saltur y perteneciente al distrito de Zaña; perteneció a la cultura Mochica que rendía culto al dios Ai Apaec como divinidad principal, aunque también adoraron al mar y la Luna. Sin embargo su origen está aún en discusión debido a que el historiador japonés Izumi Shimada le atribuye un nuevo origen, a otra cultura distinta a la mochica; normalmente se le atribuye de la cultura Lambayeque, aunque muchas personas confunden este origen, al estar situados prácticamente en la misma zona (valle de moche). Se diferencian estas culturas por la orfebrería y la clase y refinado del trabajo que realizaron, además se trataría del dios Naylamp.

En la vestimenta de este guerrero y gobernante que medía aproximadamente 1.67 m y que falleció a los 3 meses de gobernar; destacan las joyas y ornamentos de la más alta jerarquía como pectorales, collares, narigueras, orejeras, cascos, cetros y brazaletes. Predominan en estas piezas el uso del oro, de la plata, del cobre dorado y de las piedras semi-preciosas. En su sepulcro, se hallaron más de 400 joyas.

El collar de oro y plata es un símbolo religioso de los dioses principales, el Sol y la Luna. Al lado derecho del pecho, el collar era de oro y al lado izquierdo de plata. Simbolizaba la visualización de ambos dioses en el firmamento en un momento del día. Es decir, el perfecto equilibrio deseado, según la mitología mochica

Debajo de la tumba del Señor de Sipán, se encontraron dos tumbas, la del sacerdote y, más abajo, la del Viejo Señor de Sipán.

En la del sacerdote, se hallaron piezas que indicaban que sería uno de los principales personajes en la jerarquía religiosa de la Civilización Mochica. Este sacerdote, por los análisis de ADN efectuados, fue contemporáneo al Señor de Sipán. En las piezas que le acompañaban destacan, como símbolos religiosos como el sol y la luna, la copa o el cuenco destinados a los sacrificios, una corona de cobre bañado en oro adornada con un búho con sus alas extendidas y otros elementos para el culto a la Luna y el Sol.

Sin embargo, por los mismos análisis de ADN, se ha probado que con diferencia de cuatro generaciones, el Viejo Señor de Sipán era un antepasado directo del mismo Señor de Sipán, por lo que se podría pensar en una alta jerarquía hereditaria.

En su tumba se hallaron dos llamas y los restos de tres mujeres jóvenes. Se cree que estas eran sus concubinas.

Apoyándose en los exámenes de ADN y arqueológicos realizados, se ha podido establecer las características del Señor de Sipán como el color de su piel, su tipo de labios, cabello, ojos y otros rasgos de su fisonomía. Igualmente, se pudo establecer su edad, por lo que la reconstrucción realizada corresponde a la de este gobernante tal cual fue. Era Rh negativo, lo cual indica que tenía un tipo de sangre poco común.

El Tesoro de Karun, Tesoro lidio o Tesoro de Creso son los nombres por los que se conoce una colección de 363 objetos y artefactos, buena parte de ellos de oro y plata, procedentes de Lidia, datados en el siglo VII a. C., que fueron ilegalmente excavados en 1965 en el túmulo funerario de la Edad del Hierro de Toptepe, junto al río Gediz, localizado en la provincia de Uşak, al oeste de Turquía.

Entre 1987 y 1993 el tesoro fue objeto de una batalla legal entre el gobierno turco y el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, tras exponerlo el museo neoyorquino en 1980 y reconocer más tarde que su compra procedía de un robo y exportación ilegales. En 1993 el tesoro fue repatriado y, tras dos años de exhibición en el Museo de Ankara, cedido y expuesto en el Museo Arqueológico de la ciudad de Usak1 .

Varios de los objetos son contemporáneos del rey lidio Creso (560-546 BC), muy famoso en Grecia y Próximo Oriente por su riqueza y generosidad hacia los griegos, siendo mencionado por ello en libros como el Éxodo bíblico o el Corán, y recordado en autores clásicos como Heródoto , Píndaro, Estrabón y Dión Crisóstomo; incluso entre las leyendas persas hay una que habla de un Tesoro Qârun2 . Pero en realidad, por su contenido y temáticas, el tesoro debió de pertenecer a una mujer de alto rango.

En mayo de año 2006, tras recibirse una denuncia anónima, se pudo comprobar que una de sus mejores piezas, un hipocampo de oro, había sido sustituído el año anterior por una réplica, y que “el cambio no se podía haber efectuado sin el conocimiento de las autoridades del museo” .

En noviembre de 2012, las autoridades culturales turcas han podido por fin recuperar el hipocampo original, robado por tanto dos veces, y que, tras ser vendido de nuevo, se hallaba en Alemania. Según las recientes informaciones, “el Museo Arqueológico de Usak sólo es capaz de mostrar 2.000 de sus 41.600 objetos históricos. Un museo más grande, que se abrirá en diciembre de 2013, se está construyendo para albergar, en su totalidad, las 450 piezas de la colección de Lidia.

El Tesoro de Nagyszentmiklós (o Tesoro de Sânnicolau Mare) es una valiosa colección de veintitrés vasijas de oro de la Alta Edad Media, halladas en 1799 en Nagyszentmiklós, Imperio austríaco. A poco de su descubrimiento, el tesoro fue trasladado a Viena, capital del imperio, donde se encuentra aún hoy (Kunsthistorisches Museum). Recientemente, historiadores y museólogos rumanos han pedido al gobierno austríaco su repatriación.
Las veintitrés vasijas datan de distintas fechas entre el siglo VI y el X. La figura del “príncipe victorioso” que arrastra a un prisionero del pelo y la escena mitológica en el dorso del jarro, así como el diseño de otros objetos ornamentales, muestran gran afinidad con los hallazgos de Novi Pazar, Bulgaria, y Sarkel, Rusia. Estilísticamente, predominan las influencias centroasiáticas, persas sasánidas y bizantinas.

El Tesoro Środa es uno de los más valiosos hallazgos arqueológicos del siglo XX. Se encontró en 1985 durante las obras de renovación de la ciudad de Środa Śląska (Baja Silesia, Polonia). La principal parte del tesoro se encuentra ahora en Museo Regional de Środa Śląska.

Elementos más valiosos del tesoro son:

El Tesoro de Pereshchepina (en ruso: Перещепинский клад, en búlgaro: Съкровище от Мала Перешчепина) es un depósito mayor de objetos bizantinos, búlgaros, sasánidas, y ávaros del período de Volkerwanderung.

El depósito fue descubierto en el año 1912 en el pueblo de Mala Pereshchepina (a 13 km de Poltava, Ucrania) por un pastor que literalmente tropezó con una vasija dorada y cayó en la sepultura de Kubrat, el fundador de la Gran Bulgaria y padre de Asparuh, fundador del Primer Imperio Búlgaro. El tesoro fue extraído bajo la supervisión del conde Aleksey Bobrinsky, un renombrado arqueólogo, que publicó su descripción en el año 1914.1
El tesoro contiene más de 800 piezas, preservadas en el Museo del Hermitage, San Petersburgo. Hay 19 vasijas de plata y 16 vasijas de oro, incluyendo un destacado rhyton y restos de otro. La web oficial del museo habla de

un objeto con cobertura de oro, una espada bien conservada con una terminación en forma de anillo y oro en la empuñadura y la vaina… joyería de oro — un torque, un pendiente, siete brazaletes y siete anillos con incrustaciones de piedras preciosas (amatistas, zafiros, ojos de tigre, granates, cristal de roca, y esmeraldas)… y placas cuadradas de oro para el recubrimiento de una construcción funeraria de madera”.

El peso total de oro del depósito excede los 25 kilogramos, y el de los objetos de plata los 50 kilogramos.

Entre los descubrimientos más interesantes se encuentra un collar de monedas de oro bizantinas, que data del reinado del emperador Mauricio (582–602) al de Constante II (641–668). Existe además un plato sasánida portando la imagen de Sapor II (309–379), y un plato bizantino con una inscripción del obispo de Tomis del siglo VI.

Aunque la Gran Enciclopedia Soviética era entusiasta en atribuir el tesoro a un “jefe eslavo” que supuestamente saqueó los objetos durante “un asalto contra Bizancio”, muchos eruditos están de acuerdo que el tesoro marca la sepultura de Kubrat, el primer jan avalado de los búlgaros. Esta conclusión está basada en el descubrimiento en el yacimiento del sello de Kubrat, con la inscripción “Houvr(a)tou patr(i)k(iou)”, indicando el estatus de patricio del que disfrutó en la corte de Heraclio. El tesoro de Pereshchepina es una de las manifestaciones más intensas de la cultura de la Antigua Gran Bulgaria.

Los Tesoros Perdidos:

El Templo de Jerusalén (en hebreo: בית המקדש, Beit Hamikdash) fue el santuario del pueblo de Israel, receptáculo del Arca de la Alianza y otras reliquias.

Se localizaba en la explanada del monte Moria, en la ciudad de Jerusalén, donde se ubican en la actualidad la Cúpula de la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa.

El Primer Templo fue construido por el rey Salomón para sustituir al Tabernáculo como único lugar de sacrificio del pueblo judío, fue saqueado por Sheshonq I y destruido por los babilonios en 587 a.C.. El Segundo Templo, mucho más modesto, fue completado en 515 a.C., en el reinado del rey persa Darío I. Suntuosamente reconstruido por Herodes el Grande y sus sucesores, fue destruido definitivamente por las tropas romanas al mando de Tito en el año 70, en el Sitio de Jerusalén durante la revuelta de los zelotes. Su principal vestigio es el llamado Muro de las Lamentaciones.

La escatología hebraica estima que será reconstruido un Tercer Templo, en relación con el advenimiento del Mesías.

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El templo de Jerusalén fue un santuario del pueblo de Israel, situado en la explanada del Monte Moria, en la ciudad de Jerusalén donde se ubican en la actualidad el Muro de los Lamentos, la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al-Aqsa.

Según lo escrito en la Biblia, la construcción del Templo de Salomón se realizó en el siglo X a.C. (c. 960 a.C.), para sustituir el Tabernáculo que durante siglos, desde el Éxodo, se venía utilizando como lugar de reunión y de culto a Dios.

El Templo propiamente dicho, según la descripción de la Biblia, era un edificio pequeño, orientado sobre un eje longitudinal en dirección Este-Oeste. El edificio debió tener una longitud interior de aproximadamente 27 metros, 9 metros de ancho y una altura de también 13,5 metros (60×20×30 codos). Sus dimensiones, por tanto, eran más bien las de una capilla palatina, ya que el culto se hacía desde su exterior. A ambos lados de su entrada se erigieron dos columnas, llamadas Jaquín y Boaz. Los sacerdotes y el rey entraban en el Templo a través de una gran puerta enchapada en oro, de aproximadamente 10 metros de alto y 4 de ancho. Tras de esa puerta se encontraba el vestíbulo de entrada, el Musam. Después de este vestíbulo, se encontraba la estancia principal, el Hajal o Santo, iluminado a través de unas ventanas altas. La anchura y longitud guardaban una proporción de 1:2, lo que significa que la planta del Hajal estaba compuesta por un doble cuadrado. El forjado de piedra se cubrió con un solado de madera de cedro. Las paredes del «Hajal» se cubrieron con láminas de cedro, traídas de las montañas del Líbano, el mismo material de las vigas del forjado.

La tercera cámara, el Pemir, Kodet HaKodasht, se encontraba en la parte trasera, a un nivel más alto que el Heijal, y sólo podía accederse a él subiendo por una escalera. El Pemir tenía la forma de un cubo de aproximadamente 10×10×10 metros (20×20×20 codos), y en su centro se ubicó el Arca de la Alianza. Éste era un arcón grande, hecho de madera de acacia, cubierta con planchas de oro y con cuatro anillas a las esquinas en las que se ponían varas para transportarla. Dentro del Arca se guardaron las Tablas de la Ley, entregadas por el mismo Dios a Moisés. En estas Tablas se grabaron los Diez Mandamientos, sirviendo de conexión entre Dios e Israel.

Durante los tiempos del Éxodo del pueblo judío el Arca estaba oculta en el Tabernáculo, que fue finalmente traído a Jerusalén por el rey David. Ya se había acreditado, según la descripción de la Biblia, el poder de Dios a través del Arca cuando se derrumbaron las murallas de Jericó al pasar los judíos ante ellas con el Arca.

El edificio se situó en el monte Moriá, que en tiempos del rey David constaba con una cima de aproximadamente 40×100 metros. Durante el reinado de Salomón se agrandó. Pero fue en los tiempos del rey asmoneo Herodes cuando su superficie se aumentó hasta formar una explanada de aproximadamente 500 metros de largo por 300 metros de ancho. El patio interior del Templo se rodeó por un muro formado por tres capas de bloques de piedra cubiertas por vigas de madera de cedro. En este patio interior podían entrar los peregrinos y las masas de fieles, pero el Santuario del Templo sólo era accesible al rey y a los sacerdotes.

La construcción del Templo de Jerusalén fue el evento más importante del reinado de Salomón, gracias al cual su nombre se ha recordado hasta 30 siglos después de su muerte. Ya en la biblia el Templo había acaparado la mayoría de los escritos donde aparecía el rey Salomón. Su fama ha trascendido los tiempos, influyendo –como edificio ideal diseñado por el mismo Dios– en la concepción de edificios como Santa Sofía de Constantinopla o el Monasterio de El Escorial.

Después de la muerte de Salomón, el templo sufrió profanaciones no sólo con las invasiones sino con la introducción de deidades siro-fenicias en ciertos periodos y sólo se restauró en varias ocasiones como en los reinados de Ezequías y Josías. Finalmente fue destruido por el rey babilónico Nabucodonosor II en 586 a. C., que además llevó cautiva a una gran parte de los habitantes del Reino de Judá hacia tierras caldeas.

Luego del retorno desde el cautiverio, bajo el liderazgo de Zorobabel, los arreglos para reorganizar el desolado Reino de Judá fueron hechos casi inmediatamente, luego de su desaparición setenta años antes. El grupo de peregrinos, de 42.360 personas incluyendo niños (junto a sus 7.337 sirvientes y 200 músicos, según Esdras 2:65), habiendo completado el largo y lúgubre retorno a casa desde las riberas del Éufrates hasta Jerusalén y animados en todo el proceso por un fuerte impulso religioso, una de sus primeras preocupaciones fue restaurar su antigua casa de adoración, reconstruyendo el destruido templo y restituyendo sus rituales.

Con la invitación de Zorobabel, el gobernador, quien les mostró un notable ejemplo de liberalidad contribuyendo personalmente con 1.000 dáricos de oro, además de otros regalos, la gente entregó sus regalos al tesoro sagrado con gran entusiasmo (Esdras 2). Primero levantaron y dedicaron el altar de Dios en el punto exacto donde se encontraba el antiguo. Luego limpiaron los escombros carbonizados que ocupaban el sitio del antiguo templo. Finalmente, en el segundo mes del segundo año (535 a. C.), y ante la emoción y júbilo del público allí congregado (Libro de los Salmos 116-118), se pusieron los cimientos del segundo templo. Este acto tuvo mucha importancia para el pueblo hebreo, aunque dio lugar a recuerdos y sentimientos encontrados por el público asistente (Hageo 2:3; Zacarías 4:10).

En el 66 dC, la población judía se rebeló en contra del Imperio romano. Cuatro años después, el 70 dC, las legiones romanas bajo las órdenes de Tito reconquistaron y luego destruyeron la mayor parte de Jerusalén y el Segundo Templo. El arco de Tito, levantado en Roma para conmemorar la victoria de Tito en Judea representa los soldados romanos llevándose la Menorah del templo. Jerusalén fue arrasada por el Emperador Adriano nuevamente en 135 dC.

Artículos perdidos

En este segundo templo se perdió el Arca de la Alianza, el Urim y el Thumim, el óleo y el fuego sagrados, los Diez Mandamientos, la fuente de maná y la vara de Aarón. El Kodesh Hakodashim fue separado por cortinas a diferencia del primer templo donde había un muro. Al igual que en el Tabernáculo había solo un candelabro en el lugar santo, una mesa para el pan, y el altar de los inciensos, con incensarios de oro y muchas de las vasijas de oro que pertenecieron al Templo de Salomón y habían sido llevadas a Babilonia pero devueltas por Ciro.

El segundo templo también se diferenciaba del primero en que mientras el último tenía muchos árboles, en el antiguo no había. También tenía un espacio para los gentiles (extranjeros) devotos de Dios, los que se regían solo por ciertas normas del Judaísmo. Este templo estaba adornado con oro y otros materiales preciosos, y era considerado el lugar más santo para los Judíos.

Jerusalén no es tan sólo un santuario de cristianos y judíos; los musulmanes la veneran, después de La Meca y Medina, como Ciudad Santa del Islam, pues según la tradición islámica, Mahoma en una ‘travesía nocturna’, subió al cielo sobre un caballo alado llamado Burak desde Jerusalén, aunque no deja de ser una interpretación puesto que en el Corán, en la Sura 17 donde encontramos la historia, no se cita el nombre de ninguna ciudad sino el Haram-ach-Charif (El Noble Santuario), sobre la colina de Moriá. Este lugar es venerado por los musulmanes y es también considerado santo por los israelitas.

David levantó sobre la gastada roca un ara. Salomón construyó en el mismo lugar, alrededor del año 960 a. C., el primer templo judío. Precisamente en este lugar levantaron los árabes un imponente monumento a la ascensión de Mahoma: el Domo de la Roca. El Domo de la Roca nunca sirvió como mezquita, como dicen muchas guías de viajes. También es falsa la tan usada denominación de “Mezquita de Omar”. El edificio de la cúpula dorada se consideró siempre un cofre para guardar la Santa Roca; nunca tuvieron lugar en él actos de culto. Para este fin se construyó en el rincón sudoriental la Mezquita de Al-Aqsa. Ocho gradas que mueren bajo unas arcadas conducen desde todos los lados a lo alto de la Cúpula de la Roca. Los musulmanes llaman a estas arcadas “mavazin”, las balanzas. Según una leyenda islámica, el día del Juicio Final se tenderá una cerda de caballo desde las “balanzas” al Monte de los Olivos. Todos los resucitados deberán pasar por sobre ella. Quien haya cometido injusticias caerá a la perdición eterna.

Un guía muestra, dentro de la Cúpula de la Roca, recuerdos de la ascensión a caballo de Mahoma: el arcángel Gabriel grabó en la roca una huella digital; el caballo alado, en el momento de saltar, dejó la huella de uno de sus cascos. Un hueco bajo la roca recuerda el turbante del profeta, que, al levantarse después de orar se habría golpeado contra la piedra si ésta no se hubiese reblandecido en ese instante.

Desde mediados del siglo pasado existe una controversia sobre el origen de la planta del Monasterio de El Escorial. Una de las teorías más aceptadas es la que señala la influencia que tuvo el Templo de Salomón en la idea, la arquitectura y el significado de El Escorial. Es imposible que las estatuas de Salomón y David no se pusieran en la fachada de la Basílica sin la intención de subrayar el paralelismo entre los dos edificios. Existen, al menos, tres explicaciones diferentes a esta relación: los que creen que Felipe II tomó el templo bíblico como modelo arquitectónico (siguiendo los escritos de Flavio Josefo) para darle una Casa a Dios, los que señalan la influencia que tuvo el esquema arquitectónico del Templo de Jerusalén, estudiado como edificio histórico, y los que buscan orígenes mágicos en su traza, influidos por las ideas esotéricas que desde el siglo XIX han impregnado al Templo de Salomón.

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Durante los últimos años han salido a la luz escritos y documentos que prueban que Felipe II estaba especialmente interesado desde su juventud en la figura del sabio y prudente Salomón, como demostró José Luis Gonzalo.1 Y las personas del entorno del príncipe Felipe contribuyeron enormemente a favorecer el que el entonces príncipe le tuviera como modelo. Calvete relata cómo en el viaje del príncipe Felipe a los Países Bajos le comparan directamente con Salomón al menos en diez ocasiones.

En los discursos de su boda con María Tudor y en el funeral de Carlos V le conminaban a reconstruir el Templo de Salomón. Incluso Felipe II es retratado como Salomón en Gante para un Capítulo de la Orden del Toisón de Oro con una inequívoca leyenda en el marco, apenas dos años antes del encargo de El Escorial, como señaló Juan Rafael de la Cuadra: «Felipe, como otro Salomón, dio muestras de su gran sabiduría». Como en la vidriera del rey de Gouda (1557), donde Felipe II aparece bajo la consagración del Templo de Salomón, la inspiración en el Templo de Jerusalén y la presencia de las estatuas de David y Salomón en El Escorial buscaban subrayar la presencia real de Dios en la Eucaristía, idea negada por los protestantes y defendida en el Concilio de Trento. Recordemos que para la Reforma dicha presencia es meramente simbólica, ya que niegan que Dios esté presente en las hostias consagradas. También es muy posible que, como hizo Juan Bautista Villalpando a finales del XVI, se buscara dotar de un trasfondo bíblico a las ideas del Humanismo sobre la recuperación de la arquitectura pagana y las ideas sobre la modulación de Vitrubio, ya que el Templo de Jerusalén que describió Josefo se construyó durante la dominación romana de Palestina

Luis Moya apuntó que el proyecto de El Escorial se basaba en dos principios que se mantendrían hasta finalizarse la obra: la imitación y mejora del Templo de Salomón, y el estilo «greco-romano», o sea el manierismo.3 Comparando los planos de los dos edificios, Juan Rafael de la Cuadra señaló la semejanza entre la parte del convento escurialense y el templo que Herodes construyó sobre las ruinas del de Salomón. El esquema es muy similar: un gran patio para los sacerdotes con el Templo en su centro (el Templete de los Evangelistas en El Escorial), separados por una crujía con una escalera de otros cuatro patios menores formando una cruz. Las medidas también coinciden tomando un codo real de 31 dedos.

La evolución de este sencillo esquema en el definitivo diseño en tres partes (palacio-templo-convento) fue explicada por Fernando Chueca Goitia, que justificaba la colocación del Templo al norte del convento para facilitar el soleamiento de las habitaciones de los monjes. Finalmente se duplicaría el mismo esquema del convento al otro lado de la Iglesia por pura simetría renacentista.

Los que defienden esta teoría creen que Felipe II buscaba la construcción del «edificio perfecto», ya que según la Biblia los planos del Templo de Salomón fueron delineados por el mismo Dios, que se los entregó personalmente al mismo Rey David. Esto ha dado lugar a cavilaciones como las de René Taylor sobre la geometría «oculta» del monasterio, que se apoyaría en figuras geométricas sencillas, como el cuadrado, el círculo y el triángulo.

Parece más acertada la visión iconológica de Cornelia Osten-Sacken, que acertó a descubrir los antecedentes salomónicos del edificio, así como sus consecuencias, especialmente en lo referente al tratado de Villalpando, que buscaba dotar de un trasfondo bíblico a las ideas del Humanismo sobre la recuperación de la arquitectura pagana, considerando el Templo de Salomón como el modelo de toda la arquitectura romana posterior.

Algunos ven en el origen salomónico un eslabón más en una larga cadena de edificios ocultistas, que empezaría en las Pirámides de Egipto, el Templo de Hiram en Jerusalén, las construcciones de los Templarios y las de los Masones. Sin embargo, no debe confundirse el Escriturismo Bíblico típico del Renacimiento anterior al Concilio de Trento con el Ocultismo propio del siglo XIX. Parece difícil este origen mágico y ocultista dada la inflexible religiosidad de Felipe II. Además, las connotaciones esotéricas del Templo de Salomón no aparecieron hasta dos siglos después, con la aparición de la masonería

El Arca:

Según la tradición judía y cristiana, el Arca conocida como Arca de la Alianza, Arca del Pacto, o Arca del Convenio (hebreo: ארון הברית), nombrada también como Arca de Yavéh o Arca del Testimonio, era un objeto sagrado que guardaba las tablas de piedra que contenían los Diez Mandamientos, la vara de Aaron que reverdeció y el Maná que cayó del cielo. Representaba la alianza (pacto o convenio) entre Dios y el pueblo judío.

En Hebreos 8:5, la Biblia afirma explícitamente que en el Cielo se encuentra un templo del que el terrenal era solo una replica ‘exacta’ y en ese templo tambien hay un Arca (Apocalipsis 11:19). Se trataba de una caja o arca que contenía las dos tablas (los Mandamientos o “Las Tablas De La Ley”) que, en la Biblia, fueron escritas por Dios mismo y entregadas a Moisés en el Monte Sinaí, la vara florida de Aarón y un vaso de maná. Se guardaba en el Templo de Jerusalén y se llevaba al frente de batalla cada vez que había una guerra. El Arca simboliza la unión de Yahvé con el pueblo, y a ello debe su nombre. Se cree que desapareció con la destrucción del templo de Jerusalén por el rey Nabucodonosor II.

Según se detalla en la Biblia, el Arca estaba hecha de madera de acacia negra, revestida por dentro y por fuera con láminas de oro puro. Medía 2,5 codos de longitud y 1,5 de ancho y alto, o sea 1,31 m de largo por 0,78 m de alto y ancho. Una guirnalda de oro la rodeaba en su parte superior. A ambos lados llevaba fijos cuatro anillos de oro, a través de los cuales se insertaban dos pértigas de acacia recubiertas también de oro. Sobre la tapa del cofre o propiciatorio descansaban dos querubines, igualmente dorados.

Los querubines eran dos figuras aladas que bien podrían ser, según ciertas teorías, figuras humanas con la cabeza cubierta, pero con brazos alados o bien, según otra doctrina, tendrían apariencia zoomórfica, tal vez parecida a las figuras descritas en la Biblia tras la visión de Ezequiel (Ezequiel, 1.6.7 y 10), o bien como los toros alados asirios de Nínive o Kirubi. Sea cual fuera la forma que tuviesen, distan mucho del querubín angelical ofrecido por el Cristianismo, y que remonta sus orígenes a las representaciones helenísticas de niños. Los querubines del Arca extendían las alas con tendencia a tocarse las puntas, de modo que el espacio que quedaba entre las figuras y el propiciatorio formaba un triángulo sagrado. Ese espacio abierto se llamaba oráculo, y era mediante el cual se comunicaba Yavéh.

El Arca estaba situada en el sancta sanctorum o lugar más sagrado del tabernáculo o del Templo. Su utilidad fue variada, pues esta no sólo estaba destinada a contener elementos sagrados, como Las Tablas de la Ley, el gomor de maná y la vara de Aarón, sino que además tenía fama de ser un arma capaz de proteger al pueblo elegido, siendo brazo ejecutor de los castigos de Yaveh. Los significados del Arca iban más allá de lo simbólico: tener el Arca era tener a Dios.

El arcaico y arcano cofre era una manifestación física de la presencia de Yaveh y fue un medio eficaz para mantener a los judíos lejos de la idolatría. Se recurría a su auxilio en tiempos de guerra, concretamente en la conquista de Canaán.

Su transporte y cuidado estaba reservado a la tribu de los levitas. Ella abría la marcha durante los años de expedición por el desierto y estaba siempre a la cabeza del pueblo (salvo excepciones). Al plantar el tabernáculo, un velo la separaba del santuario, y al levantar la marcha, los levitas la envolvían en aquel velo (posiblemente el tentorium): todo iba envuelto en una piel teñida de azul y en otra de color jacinto.

El arca del pacto o alianza, era un ícono donde la presencia de DIOS mismo residía. Los antiguos hebreos, le tenían tal reverencia al arca, que su morada era el lugar Santísimo del tabernáculo de Dios, a donde nadie podía entrar sino el Sumo Sacerdote una vez al año; portando incienso, sangre de cordero sobre sí y sobre todo estando libre de pecado, para no perecer a causa de la Presencia de Dios.

Actualmente los judíos tienen en sus sinagogas un cofre donde guardan la Torá y el cual representa el Arca de la Alianza, habitáculo que alberga la palabra de Yaveh.

pero también en muchas religiones se cree que el lugar Santísimo no es donde esta el arca, sino donde se encuentra la presencia de DIOS

Para el cristianismo evangélico, el Arca significa la Presencia misma de Dios entre su pueblo. Los querubines simpre aparecen en la biblia como guardianes que cuidan lo que Yahweh les encomienda, una de esas prohibiciones es que el humano se acerque a Dios. Pero en el Arca se ve como los querubines están inclinados ante la tapa que contiene la sangre depositada por el sumo sacerdote; esto significa que cuando los querubines ven la sangre que cubre el Arca, se inclinan y permiten el paso a la Presencia de Dios, es decir, el cristiano que está cubierto simbólicamente por la sangre del sacrificio de Jesucristo, tiene libre acceso al Padre. También está presente igualmente como objeto sagrado en la religión de la Iglesia ortodoxa etíope; y para los cristianos católicos romanos se simboliza místicamente a través de la Virgen María. Para los cristianos existe un episodio especial durante la muerte de Jesús en la cruz del Calvario, cuando el enorme velo del templo se rasgó por la mitad. Su significado; El Lugar Santísimo estaría de ese momento en adelante, accesible para todo aquel que quisiese acercarse a la Presencia de Dios, la antigua alianza ya no tenía valor según la segunda carta a los corintios 3:14 puesto que Él,EL CORDERO SANTISIMO había derramado su sangre una vez y para siempre, y había hecho de los suyos sacerdotes de Dios.

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La Biblia indica que el Arca fue mandada construir por Moisés y su diseño ordenado según Dios lo había dispuesto; fue usada en la conquista de Canaán y con ella Josué consiguió abrirse paso en las aguas del Jordán al contacto de éstas con el Arca, y durante siete días fue paseada en torno de Jericó, que cayó luego en poder de dicho caudillo.

El Arca fue fijada en Silo. Durante la época de Elí y Samuel, sucedió uno de los episodios más impresionantes del que se cuenta acerca del Arca de Dios. Durante una cruenta guerra contra los filisteos fue llevada al campamento israelita con el objeto de levantar la moral de los guerreros. Pero después de una trágica derrota del pueblo hebreo, donde también murieron los dos hijos del juez y sacerdote israelita Elí, los filisteos la tomaron como un valiosísimo trofeo, dando lugar a un verdadero luto en todo el país de Israel. En poder de aquellos estuvo unos meses, aconteciendo que desde el momento que fue llevada al templo de la gigantesca estatua del dios Dagón en Asdod, éste quedó dos noches consecutivas postrado delante del Arca, sólo que la segunda vez decapitado y sin las manos, a lo que siguió una ola de estragos, desastres y plagas azotando todo aquel país. Los filisteos, horrorizados por aquellos sucesos, habían dejado que el Arca fuese sola en un carro tirado por dos vacas. Después los animales pararon en Bethsames: varios habitantes de aquel lugar murieron por el trato poco reverente que dieron al objeto sagrado.

De allí fue trasladada a Gabaá. Luego Saúl la habría utilizado en la campaña contra los filisteos. Posteriormente David con un acompañamiento solemne la habría trasladado a Sión. Sin embargo, de camino a Sión había ocurrido un accidente: Uza, un encargado del Arca, quiso sostenerla en un momento de bamboleo y cayó muerto de repente. David atemorizado la dejó durante 3 meses en casa de Obededom. Seguidamente, desde Sión la reliquia fue instalada en el majestuoso templo de Salomón en tiempos de su reinado en Jerusalén.

Luego, desde que Nabucodonosor, rey de Babilonia, invadió Jerusalén, destruyendo el templo y saqueando todos los objetos valiosos del mismo, el Arca previsoriamente fue llevada y colocada en un lugar seguro y secreto antes de la invasión y posterior deportación de los judíos. Precisamente -en ese tiempo de la destrucción del Templo- Jeremías es el profeta ungido responsable de hablar. Según el registro de los Macabeos, Jeremías tomó el Arca -lo cual representaba el trono de Dios- para ocultarla en el Monte Nebo:

Leamos en 2 Macabeos 2:4-8 (este libro solo aparece en la biblia con el canon alejandrino)

El profeta, después de una revelación, mandó llevar consigo la Tienda y el Arca; y cómo salió hacia el monte donde Moisés había subido para contemplar la heredad de Dios. Y cuando llegó Jeremías, encontró una estancia en forma de cueva; allí metió la Tienda, el Arca y el altar del incienso, y tapó la entrada. Volvieron algunos de sus acompañantes para marcar el camino, pero no pudieron encontrarlo. En cuanto Jeremías lo supo, les reprendió diciéndoles: “Este lugar quedará desconocido hasta que Dios vuelva a reunir a su pueblo y le sea propicio. El Señor entonces mostrará todo esto; y aparecerá la gloria del Señor y la Nube, como se mostraba en tiempo de Moisés, cuando Salomón rogó que el Lugar fuera solemnemente consagrado“.

Jeremías diría que esa Arca, el antiguo “trono de Dios”, perdería importancia espiritual y sería sustituída por la presencia de Dios entre su pueblo:

Y sucederá que en aquellos días… -declara el SEÑOR- no se dirá más: “Arca del pacto del SEÑOR”; no les vendrá a la mente ni la recordarán, no la echarán de menos ni será hecha de nuevo. En aquel tiempo llamarán a Jerusalén: “Trono del SEÑOR”; y todas las naciones acudirán a ella, a Jerusalén, a causa del nombre del SEÑOR; y no andarán más tras la terquedad de su malvado corazón.” (Jeremías 3:16-17)

Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y gran granizo.” (Revelación/Apocalipsis 11:19)

Actualmente existen diversas teorías sobre la ubicación actual del Arca de la Alianza. Entre ellas destacan las tres más conocidas, las cuales se citan a continuación:

Oculta en el Monte Nebo

El Libro II de los Macabeos, cap. 2, ver. 4-10), contiene referencia de unos escritos que mencionan que el profeta Jeremías “siendo advertido por Dios” antes de la invasión babilónica, movió el Arca desde el Templo, y la hizo enterrar en una cueva del Monte Nebo.

En este sentido, cabe mencionar que, a partir de esta ubicación, existen numerosas teorías o historias “no probadas” y sin fundamento serio, que postulan que posiblemente habría sido encontrada e incluso posiblemente llevada a algún otro lugar, el cual depende de la versión de cada teoría o historia.

Llevada a Zimbabue

La tribu africana Lemba, la cual presume de ascendencia israelita,[cita requerida] ha afirmado en sus tradiciones que sus antepasados, cuando llegaron al sur de África, trajeron consigo una reliquia sagrada llamada Ngoma lungundu o “la voz de Dios”, la cual estuvo un tiempo escondida en una cueva profunda en las montañas Dumghe, su hogar espiritual hasta que fue llevada a un museo, donde se encuentra actualmente.1 2 3

A partir de ello, el investigador Tudor Parfitt, que tiene un enfoque literalista de la historia bíblica, postula en su investigación que el Ngoma lungundu está relacionada con el Arca. Su hipótesis se basa en que el objeto descrito por el pueblo Lemba posee atributos similares al Arca, tales como que el Ngoma lungundu es de tamaño parecido, que fue trasladado sólo por los sacerdotes, que no se le permitió tocar el suelo, que fue venerado como una voz de su Dios, o que se utilizó como un arma de gran poder.

Parfitt analizó este artefacto con radio-carbono, datándolo en una fecha aproximada al año 1350, lo que coincidió con el repentino final de la Gran Zimbabue.4 Parfitt sugiere que la Ngoma lungundu que se encontró, es la descendiente de la Bíblica Arca, y que ésta fue reconstruida a través de la historia. Parfitt ofrece la sugerencia de que el Arca bíblica, al igual que la Ngoma lungundu, era una estructura de madera cubierta con un pedazo de cuero, y que siempre ha sido un tambor, así como un arma de algún tipo, al igual que el Ngoma. Sin embargo, esta última hipótesis es rechazada por otros arqueólogos e historiadores, al no poder ser probada.

Guardada en una iglesia de Etiopía

En 1989, un periodista británico, Graham Hancock, aseguró que la legendaria Arca Perdida no se encontraba perdida sino a salvo en un templo de Etiopía. Posteriormente han aparecido pruebas arqueológicas que han sustentado esta teoría. Esta teoría se basa en relatos pertenecientes a la iglesia cristiana Copta en Etiopía, que indican que el Arca de la Alianza habría sido trasladada secretamente hacía más de 1000 años. (650 a.c.).

Capilla de las Tablas en la Iglesia de Nuestra Señora de Sion, que alberga, según la tradición de Etiopía, el Arca de la Alianza.

Modelo 3d del arca de la Alianza. basado en el boceto del Dr. J.O. Kinnaman.

Detalle de la guirnalda que adorna la tapa.

Cuenta el libro sagrado de Etiopía, el Kebra Nagast, que en tiempos de Salomón, la Reina de Saba visitó Jerusalén atraída por la sabiduría de su Rey. La Reina de Saba comenzó a ejercer una irresistible atracción sobre el hijo de David, quien pese a sus riquezas e inteligencia no lograba seducir a la bella soberana. Llegaba la hora de su partida a Saba y Salomón consiguió arrancarle una promesa: que en el caso de que se llevase consigo algún bien preciado del reino, consentiría a cambio yacer con él una sola noche. La víspera del viaje, Salomón ofreció a su invitada una cena de exquisitos manjares. Astutamente ordenó que se sazonaran con abundante sal y picantes especias. Tras los postres, la reina tuvo que beber abundante agua para calmar la sed. ¡Qué bien es el más preciado sino el agua! Rota la promesa, la reina de Saba cumplió y de aquella única unión nació Menelik I, futuro rey de Etiopía. Relatos indican que años más tarde el joven Menelik fue enviado para recibir educación a casa de su padre en Jerusalén. Pocos años después, a pesar de los esfuerzos de Salomón para que su hijo se quedara, Menelik regresó a Etiopía. La tradición cuenta que, seducido por sus ayudantes, se llevó consigo el Arca (algunas teorías postulan que para poder llevarse el arca existió un posible cambio del arca original por el de una copia del arca que Menelik debía llevarse; siendo posiblemente que esa copia sea el arca que se dice fue ocultada en Jordania; otras teorías, en cambio, postulan la posible existencia de dos arcas originales o que tenían la misma importancia, en donde en cada una se guardó posiblemente una de las Tablas de la Ley, siendo una de ellas la que fue llevada a Etiopía).

Posteriormente los relatos indican que permaneció primeramente en un templo en la isla de Elefantina cerca del río Nilo. Luego se relata cómo el Arca de la Alianza habría sido colocada en una especie de tabernáculo en la isla de Tana Cherkos (Tana Kirkos), ubicada en el lago Tana (lago Tano), donde permaneció durante 800 años.

Los relatos señalan que pasado estos 800 años, el rey Ezana de Etiopía decidió trasladar el arca a Axum, siendo finalmente guardada en la Iglesia de Nuestra Señora de Sion. Según los etíopes, es el lugar en donde hasta hoy en día aún permanece y es cuidada por un sacerdote. Este sacerdote, según sus tradiciones, sería un descendiente de uno de los levitas, quienes ayudaban a trasladar y cuidar el Arca en sus viajes. Este sacerdote es la única persona a quien se le permite ver el Arca de la Alianza guardada en la iglesia de Nuestra Señora de Sion, al igual que ocurría con los levitas según la tradición judía; es por ello que no se ha podido ratificar su permanencia real en esta iglesia, aunque todas las pruebas arqueológicas indicarían que esta teoría sería auténtica.[cita requerida] Entre las variadas pruebas arqueológicas, hay reliquias pertenecientes al pueblo judío de la época del arca, y que pertenecerían al templo de Jerusalén.[cita requerida]

Esta última teoría además se sustenta en que extrañamente el Arca es el punto central del culto y la adoración cristiana en Etiopía: cada uno de los 20.000 templos de Etiopía contiene una réplica del Arca de la Alianza. El libro sagrado de Etiopía, el Kebra Nagast cuenta la historia del traslado del Arca, gracias a Menelik I. Cuando el Rey Salomón se dio cuenta del robo pensó en enviar un ejército a perseguir a su hijo, pero él también soñó que era la voluntad de Dios y mantuvo la desaparición del Arca en secreto. La versión respecto a Makeda y Salomón, en la tradición judío ortodoxa de la falasha de Etiopía, es prácticamente idéntica a la del Kebre Negest. A pesar de ser una historia desestimada por los historiadores occidentales, los etíopes la aceptan sin dudar. Están convencidos que el Arca original fue llevada a Axum en el primer milenio antes de Cristo y que permanece ahí desde entonces.

Recientemente, el Abuna de Etiopía (Iglesia ortodoxa etíope) afirma haber visto el Arca de la Alianza5

Escondida en el Pozo del Dinero en la Isla del Roble

Una teoría (de la que no hay muchas pruebas) asegura que después de la Tercera Cruzada, los Caballeros Templarios (lo más probable es que haya sido un grupo francés de esta orden) se la habrían llevado a Escocia, donde la familia noble Sinclair, los habría ayudado a llevarla a un lugar más alejado y por tanto más seguro. Este lugar sería una isla cerca de Nueva Escocia llamada Isla del Roble o Oak Island (en inglés). En esa isla se encuentra un pozo, apodado el pozo del dinero, famoso por la inaccesibilidad de su fondo (donde podrían encontrarse variadas cosas, desde los manuscritos originales de William Shakespeare, las joyas de María Antonieta, el Santo Grial, un tesoro de Barbanegra o, como plantea esta teoría, el Arca de la Alianza) y el misterio que lo rodea, ya que nadie sabe con certeza quién lo construyó o cuándo, aunque se propone que fueron integrantes de la flota naval francesa, cosa que sería viable dada la gran influencia templaria en esa zona (siendo una de las principales pruebas, que el último caballero templario de la historia Jacques de Molay , fuera francés).

  • Una explicación a las muertes que sufrían las personas que tocaban el arca puede deberse a la forma que estaba hecha: Placas de oro por dentro y fuera, separadas por madera de acacia; lo que es muy similar a un Condensador eléctrico formado por un par de superficies conductoras separadas por un material dieléctrico. En un entorno seco, puede acumular mucha electricidad estática. Esto explicaría las muertes de los filisteos nombradas anteriormente y el texto:

“6:6 Cuando llegaron a la era de Nacón, Uzá extendió su mano hacia el Arca de Dios y la sostuvo, porque los bueyes habían resbalado. 6:7 Entonces la ira del Señor se encendió contra Uzá, y Dios lo hirió allí mismo por ese error. Así él murió junto al Arca de Dios.”

2ª de Samuel, cap. 6, Antiguo Testamento

Curiosamente el arca se transportaba con varas de madera (aislantes) por sacerdotes vestidos con un Efod. Los sacerdotes tenían una cadena de oro lo que se ha interpretado como forma de disipar a tierra la energía.

  • Hay mucho misticismo con respecto a las diversas y posibles ubicaciones del Arca. Se manejan teorías o hipótesis tan variadas como que posiblemente se encontrase cerca de Roma tras el saqueo de Jerusalén por parte de los romanos, y de ahí se conservase o se hubiese sustraído hacia Francia. E incluso que hubiese sido conseguida posteriormente de Jordania por los templarios en sus excavaciones, tras habérsela ocultado a los romanos, y de nuevo los templarios colocaran ésta en distinto paradero.
  • La búsqueda del Arca, así como del objeto sagrado del Grial, por parte del gobierno nazi fueron realmente evidenciadas por altos cargos del mismo e historiadores como Otto Rahn.

La tumba del rey godo Alarico I sigue oculta:

Tan viejo como el hombre, es su preocupación por encontrar un lugar donde sus restos puedan descansar en paz, sin que su cuerpo ni sus pertenencias sean profanados. Existen innumerables ejemplos de esto, como emperadores Chinos que se fabrican un ejército que les acompañe al más allá, Faraones que levantan monumentales y laberínticas tumbas o la del viejo señor de Sipan en Perú, enterrado con parte de su séquito.

Pero entre estos espectaculares enterramientos, merece una mención especial el modo y el lugar en que fue enterrado uno de los Reyes godos más poderosos que han existido. Tanto, que fue el “bárbaro” que acabó de dar la puntilla a un decadente imperio Romano. Se trata de Alarico I (375-410 d.C.)

En principio, Alarico fue un rey sin más pretensiones, que dar una buena tierra donde poder asentar a un pueblo de naturaleza nómada. Llegó a ser incluso aliado de los romanos y luchó a su lado en varias ocasiones, pero varios despechos romanos y sobre todo, la total falta de tacto del emperador Honorio , le llevaron (casi sin querer) a conquistar gran parte de la península itálica, llegando incluso a asediar la ciudad más poderosa del mundo, Roma.

En las puertas de la ciudad , Alarico dio de nuevo un oportunidad a la negociación. Exigió un fuerte rescate (5.000 libras de oro, 30.000 de plata, 3.000 de pimienta y 4.000 piezas de seda) que le fue pagado sin rechistar. Pero a la hora de negociar unas tierras donde asentarse con su pueblo, otra vez la ineptitud del emperador Honorio logró que Alarico se enfadara, esta vez de verdad, entrando y saqueando, por primera vez, la todopoderosa ciudad de Roma.

La ciudad fue saqueada durante seis días seguidos, aunque Alarico tuvo el buen juicio de ordenar que no se destruyera ningún edificio emblemático, monumento ni templo cristiano. A pesar de todo Roma fue literalmente vaciada y de ella salieron una cantidad ingente de tesoros, algunos tan emblemáticos como el menorah, un gran candelabro típico judío de oro macizo o la mesa del rey Salomón. (NOTA: Hay una leyenda que cuenta que la mesa de Salomón, cubierta de oro puro, se encuentra aún oculta en algún lugar de Toledo, llevada a la ciudad cuando esta fue capital del reino godo en Hispania)

Pero a lo que iba… lo de la tumba. Fue en el 410, cuando una malaria acabó con la vida de este carismático rey. Cuando falleció se encontraba en Cosenza, al sur de Italia y sus generales no podían permitir que su cuerpo fuera profanado por manos Romanas, así que decidieron emprender una obra faraónica.

El lugar elegido fue el río Busento que pasa por Cosenza. Pusieron a trabajar a miles de hombres para construir un enorme muro que desviara el curso del río. Finalizado esto, sus oficiales más cercanos depositaron el cuerpo, junto a un tesoro de valor desconocido pero incalculable, en un sepulcro excavado en el lecho del río. Acabado el ritual, se destruyó el muro que contenía las aguas y el cauce del río ocupó de nuevo su cauce natural, dejando la tumba bajo la corriente de miles de litros de agua. Finalmente mataron a todos los trabajadores y a todos aquellos que pudieran desvelar el lugar del enterramiento.

El río Busento a su paso por Cosenza.
La historia de este enterramiento se da por cierta, por lo que se supone que el colosal tesoro de Alarico, se encuentra en algún lugar del curso del río Busento. Una mínima muestra de lo que se puede encontrar es la foto de la fíbula de oro que se cree procede del saqueo de Roma. Solamente hay que secar el cauce y excavar todo el lecho del río.
A la muerte de Alarico, le sucedió en su puesto Ataulfo , quien se convertirá en el primer rey godo de Hispania.

Tesoro de los Cataros:

Es sin duda el pretendido tesoro de los cátaros, lo que ha inducido a muchos cazadores de fortunas, su búsqueda con ahínco. En realidad poco se sabe sobre el tesoro de los cátaros, todo son conjeturas, historias unas mas creíbles que otras, pero si en realidad existió tal tesoro, los cátaros supieron guardarlo, escondido en mil sitios sugestivos, o por el contrario no existió realmente, de todas formas el secreto de su existencia o leyenda, se fue a la tumba con los mismos cátaros.

Se ha especulado mucho, sobre todo con el Santo Grial, que supuestamente los cátaros custodiaban, otra de las leyendas que han subsistido desde el principio del cristianismo hasta nuestros días.

El Santo Grial, llamado “Cabeza Hablante” por los Templarios o “Baphonet” por los mismos cátaros, parece ser que según muchos autores, se guardaba en el castillo de Montsègur último bastión que fue asolado por los cruzados en la persecución de los cátaros.

La leyenda dice que, el ángel Lucifer lucía sobre su cabeza una corona en cuyo centro tenía incrustada una gran esmeralda, que a la su caída de este, se convirtió en el Príncipe de las Tinieblas, con lo que esta esmeralda se transformó en el Grial, poseyéndola los cátaros, y que por causa de las persecuciones, escondieron en el castillo de Montsègur.

Un ejército del mismo Lucifer, se dirigía a las murallas del castillo cátaro de Montsègur, con el fin de recuperar el Santo Grial, y con ello la esmeralda que el Príncipe de los diablos (Lucifer) volvería a colocársela en su corona. No obstante apareció sobre el castillo cátaro de Montsègur una paloma blanca, recogiendo el Grial, transportándolo al monte Tábor, depositándolo allí, siendo custodiado por Esclaramunda.

Otra de las versiones, cuenta el investigador y arqueólogo alemán Otto Rahn, que se trasladó en el año 1931 al castillo cátaro de Montsègur, en busca del tesoro de los cátaros y naturalmente el Grial, no encontrando ni uno ni otro, dice Rahn, que existían diversos túneles por donde probablemente los cátaros huyeron con su tesoro.

Siguiendo una leyenda de las muchas que se prodigaron, que por la escarpada garganta Lasset junto al castillo cátaro de Montsègur, cuatro Buenos Hombres, de los que se conocen el nombre de tres de ellos, Amiel Alicart, Hugo y Poitevin, trasladaron el tesoro de los cátarosar desconocido.

Fueron muchas expediciones en busca del tesoro de los cátaros y el Santo Grial, entre ellas los hombres de las SS alemanas, por el sentido esotérico que el Grial representaba para ellos, y todos los buscadores e investigadores, del supuesto tesoro de los .

Como última reflexión desde esta página, son invitados a los visitantes de las tierras de los cátaros, buscar en la Torre Merkens del castillo alemán de Wewelsburg, (catedral que fue del esoterismo nazi) junto a la ciudad de Büren en Renania, distrito de Paderbom, por si tuvieran la suerte de encontrar, bien el tesoro de los cátaros

“Cada setecientos años reverdece el laurel”, Trovador anónimo del siglo XIII

Para desvelar el misterio que se encontraba tras la leyenda del tesoro cátaro habría que esperar siete siglos. En 1931, un joven alemán de 27 años llamado Otto Rahn llegaba por primera vez al país de los cátaros y a la fortaleza de Montsegur. Tras especializarse en filología e historia medieval en varias universidades alemanas, comenzó a investigar seriamente el tema del catarismo. Pronto se dio cuenta de que estaba muy vinculado con el ciclo de la búsqueda del Grial en la Edad Media. Los historiadores actuales dividen dicho ciclo en cuatro obras que dieron origen al mito: El Perceval de Chretien de Troyes, la Estoire dou Graal de Robert de Boron, el Perlesvaus, y el Parzival de Wolfram von Eschenbach. Todos ellos escritos entre los años 1180 y 1210 que, curiosamente, coinciden con el auge y caída del movimiento cátaro en Europa.

Fruto de dichas investigaciones, Rahn desarrolla su tesis doctoral sobre la herejía cátaro-albigense y el poema de Parzival, descubriendo que el texto de Wolfram von Eschenbach representa una versión novelada de auténticos hechos históricos ocurridos en el territorio cátaro, además de ser la fuente inicial y más pura que existe sobre el tema del Grial en la Edad Media. Tal y como cuenta Otto Rahn en su libro La Corte de Lucifer, “Wolfram von Eschenbach da el nombre de Parsifal al buscador del Grial… Su traducción al provenzal es Trencavel”.

Curiosamente Raimund-Roger Trencavel, vizconde de Carcassonne, era el personaje más importante dentro del catarismo. Además, continua Rahn, “la madre de Trencavel y su hijo se consagraron a la herejía. Rechazaron la cruz como símbolo de la salud. El Grial era, según mis conocimientos obtenidos, el símbolo de la creencia herética que fue depositado en la tierra de los puros, como relata numerosas veces Eschenbach en su poema”.

Actualmente, ningún historiador duda de que la verdadera saga del Grial narrada en el poema de Parzival llega a Alemania procedente de Provenza, en el sur de Francia. El propio Eschenbach dice en su poema que un bardo latino, Kyot de Provenza, le transmite la leyenda. Hoy sabemos que, alrededor de fines del siglo XII, estuvo como huésped de la corte de Carcassonne un trovador llamado Guiot de Provins. Este trovador errante, cantaba alabanzas a la noble casa de los Trencavel por su apoyo a los cátaros.

Otto Rahn también descubre que Trencavel es primo de la condesa Esclaramonde de Foix, la dueña del castillo de Montsegur. Ésta se convirtió al catarismo y fue una de las perfectas quemada en la hoguera tras la caída del reducto de Montsegur. Según Rahn, Esclaramonde aparece en el poema de Parzival como la única que puede portar el Grial, ya que es la señora del castillo del Grial, al que se le da el nombre de Muntsalvatsche. Así pues, era evidente que el castillo que albergó la Preciada Reliquia había existido y era Montsegur, el castillo de los cátaros.

Ante estos espectaculares descubrimientos, Rahn se convence de que el famoso tesoro de los cátaros era en realidad el Grial, el cual debía esconderse en alguna de las cuevas cercanas al castillo de Montsegur o bien en alguno de sus pasadizos secretos. En 1931 se desplazó de nuevo a la zona, inspeccionando durante tres largos meses los alrededores del castillo sin éxito alguno. ¿Dónde se encontraba el tesoro?

La respuesta la recibió Rahn de labios de un pastor, que le confíó una antigua leyenda tradicional de la zona, tal y como relata en su libro La Cruzada Contra El Grial. “Cuando todavía se mantenían en pie las murallas de Montsegur, los Puros guardaron en ella el Santo Grial. El castillo estaba en peligro. Las huestes de Lucifer se encontraban ante sus murallas. Ansiaban tener el Grial para volverlo a colocar en la diadema de su príncipe, que cayó a la tierra durante la caída de los ángeles. En estas circunstancias llegó del cielo una paloma blanca que abrió en dos el monte Tabor. Esclarmonde, custodia del Grial, lanzó la valiosa reliquia a la montaña, que volvió a cerrarse al recibirla, y así fue salvado el Grial… Cuando los demonios entraron en el castillo ya era demasiado tarde para ellos. Montados en cólera, quemaron a todos los puros en el Camp dels Cremats. Esclaramonde, que se había salvado, subió a la cumbre del Tabor y se convirtió en una paloma blanca regresando a las montañas de Asia”.

El Tesoro de Los Templarios:


La primera orden de monjes militares de la historia, los Caballeros Templarios, se formó en 1118, cuando un caballero de la Champaña, un tal Hughes de Payens, y ocho compañeros se comprometieron mutuamente bajo juramento perpetuo en presencia del patriarca, o soberano, de Jerusalén. Al principio sobrevivían de limosnas y fueron conocidos como los Pobres Caballeros de Cristo.

Caballeros Templarios aparecen mencionados a lo largo de El Código Da Vinci, ya sea en relación con el Santo Grial o con la búsqueda del llamado «tesoro del templo de Jerusalén». Los caballeros pronto adoptaron el célebre hábito blanco, proveniente de los cistercienses, al que añadieron una cruz roja. Inicialmente juraban proteger las rutas a Tierra Santa para los nuevos peregrinos que iban en tropel hacia Jerusalén desde Europa tras la Primera Cruzada.

Sin embargo. los Caballeros se convirtieron pronto en una base de poder por derecho propio, y se les fueron uniendo gran cantidad de adeptos, a pesar de la aparente austeridad de su regla monástica. Por aquel entonces la Iglesia estaba muy a favor de los Caballeros. Sus propiedades estaban exentas de impuestos se les colmaba de todo tipo de favores, no estaban sujetos a jurisdicción y ni siquiera tenían que pagar los diezmos eclesiásticos tan comunes en aquel momento.

Esto, a su vez, trajo como consecuencia una creciente antipatía hacia la orden por parte de ciertos sectores del clero secular. Su fuerza se vio reforzada por un despliegue de imponentes castillos construidos en Tierra Santa, los cuales servían a la vez como bases de la campaña militar y también como capillas a las que los monjes guerreros podían retirarse. El nombre de Caballeros Templarios parece aludir al hecho de que tuvieran su cuartel general en Jerusalén en la Cúpula de la Roca, en el Monte del Templo, que rebautizaron como Templum Domini. Muchos creían que ese sitio era el lugar en el que Salomón construyó el legendario Templo de Jerusalén, con su supuesto tesoro.

Las posteriores iglesias y bastiones que fueron construyendo los Templarios se hicieron tomando como modelo este emplazamiento, como fue el caso, por ejemplo, de la iglesia del Temple de Londres. Los Templarios gozaron del patrocinio de Bernardo de Claraval, el fundador de la Orden cisterciense, que defendió su causa ante todos aquellos que lo escuchaban dentro de la Iglesia.

Como resultado de ello, recibieron varias bulas papales, o notificaciones, que les confería poder para subir los Impuestos y los diezmos en las zonas que controlaban. Esto, a su vez, les otorgó poder y autoridad instantáneos. Uno de los primeros sistemas bancarios internacionales fue fundado por la Orden, y los acaudalados caballeros y terratenientes dejaban a menudo buena parte de sus riquezas en las seguras manos de la Orden.., a cambio de unos honorarios, por supuesto.

Finalmente, los Templarios llegaron a poseer extensas propiedades tanto en Europa como en Oriente Medio. En un momento dado, estuvieron a punto incluso de hacerse con el reino de Aragón, después de luchar en una campaña española. La Orden se ganó la fama de ser hermética y de estar obsesionada con los rituales, y esta reputación, hizo que sea acusada de herejía por la Santa Inquisición.

Finalmente, los Templarios llegaron a poseer extensas propiedades tanto en Europa como en Oriente Medio. En un momento dado, estuvieron a punto incluso de hacerse con el reino de Aragón, después de luchar en una campaña española. La Orden se ganó la fama de ser hermética y de estar obsesionada con los rituales, y esta reputación, hizo que sea acusada de herejía por la Santa Inquisición.

La capilla de Rosslyn es un sitio mágico. Es una sala del tesoro de la imaginería medieval que nos ofrece una percepción única de la mentalidad de los eruditos, nobles y artesanos de la Edad Media. Los St Clair de Rosslyn eran nobles escoceses que lucharon junto a William Wallace y el rey Roberto I «tbe Bruce». Se convirtieron en una familia rica e influyente en la corte escocesa y en embajadores en Francia.

La capilla de Rosslyn fue construida en el cenit de su poder como una casa digna de Dios, llena a rebosar de maravillas, cuyos significados se han hecho secretos con el paso del tiempo.

El tesoro perdido de los templarios

Sin embargo, buena parte de ese tesoro que se le suponía a los Templarios no ha sido hallado que se sepa con certeza. Guardado en grandes castillos, posiblemente situados en el sur de Europa, podría haber sido enterrado en los cimientos o sacado de allí para ser ocultado en cualquier otro lugar, y quienes, en aquellos momentos, sabían si era real su existencia o no, se llevaron el secreto a la hoguera y, de ahí, a la tumba. Tampoco se debe de olvidar que a los cátaros, que habitaron en esa misma zona del sur de Francia, también les atribuyeron la posesión de fabulosos y legendarios tesoros, pero Simón de Monfort nada encontró entre las ruinas calcinadas de Montsegur.

Así, de una u otra forma, todas las conjeturas llevan a la región de Razès y a su antigua capital, Rennes-le-Château. No se sabe si los visigodos guardaron allí el tesoro sagrado de Jerusalén cuando lo trajeron desde Ravena, ni si Bertrand de Blanchefort lo encontró en lo más profundo de las ruinas del templo de Salomón o en las inhóspitas tierras de Judea y lo llevó a Francia. Sea cual fuere la verdad, es poco menos que probable que se averigüe ahora, más de mil años después.

¿Encontró el abate de Rennes un tesoro escondido y se quedó con él? ¿Descubrió algún secreto más delicado que hizo necesario que alguien comprara su silencio? ¿O fue, acaso, instrumento de una conspiración de mayor amplitud?

La Orden del Temple y las sociedades secretas

Los secretos de la Orden del Temple, ¿se quemaron en la hoguera? La leyenda dice que no, que sus ritos iniciáticos fueron transmitidos a una organización de carácter secreto, la masonería.

En efecto uno de los altos grados de la masonería es, justamente, el Gran Priorato de los Caballeros Templarios. Otro grado, el 18º, según el rito Antiguo y Aceptado, es la Rosacruz, que vio la luz por primera vez en Francia en el siglo XVIII, el de las Luces o la Ilustración.

En 1865, un grupo de masones ingleses fundaron la Societas Rosicruciana in Anglia, que mas tarde, en 1887, derivó a la Orden Hermética de la Aurora Dorada (Golden Dawn). Uno de sus fundadores fue S.L. Mc Gregor Mathers, que posteriormente fundó la Orden de la Rosa de Rubí y la Cruz de Oro. Tiempo después, en 1891, se trasladó a París donde erigió el Templo Ahathor de la Golden Dawn siendo uno de sus miembros Jules Bois el que fuera amante de Emma Calvé, la gran diva de la ópera e intima amiga del abate de Rennes-le-Château, el cura Saunière.

A su vez, algunos movimientos llamados rosacruces fueron fundados en Francia; uno de los más destacados fue la Ordre Kabbalistique de la Rose-Croix du Temple et du Graal, creada por Joséphin Péladan y el conde de La Rochefoucauld.

Según un trabajo titulado Levitikon, publicado en Francia a principios del siglo XIX, los caballeros templarios sobrevivieron a la disolución ordenada por Felipe IV. En varios países europeos, pueden hallarse actualmente personas que dicen haber sido iniciados en línea directa a la Orden. Junto a ello hay que contar también con otra oscura y secreta orden: la de Le Prieuré de Sion (El Priorato de Sión).

El Tesoro de Barbanegra:
Edward Teach (¿Bristol, 1680? – 22 de noviembre de 1718), más conocido como Barbanegra, fue un pirata. Antes de ello, fue uno de los marineros desocupados de la Royal Navy, pero tras la Guerra de Sucesión Española inició sus actividades delictivas bajo el mando de Benjamin Hornigold. Su más sonado ataque fue realizado en la localidad de Charleston (Carolina del Sur) en mayo de 1718. Fue aliado del por aquel entonces gobernador de Carolina del Norte, Charles Eden, quien llegó a perdonar sus actividades ilegales a cambio de obtener un provecho de los saqueos realizados por el pirata. Teach murió tras un enfrentamiento con el teniente Robert Maynard y su tropa, quienes realizaron una campaña bajo iniciativa del por aquel entonces gobernador de Virginia, Alexander Spotswood. Barbanegra, que ostentaba un peculiar atuendo a la hora de realizar sus ataques, se convirtió en una figura muy popular en diversas manifestaciones culturales.

A comienzos del siglo XVIII, en la costa atlántica de los actuales Estados Unidos, algunos gobernadores de las colonias inglesas violaban el monopolio comercial impuesto desde Londres al ignorar los asaltos piratas en las zonas aledañas a sus colonias. Las fechorías de los piratas activaban el comercio local al vender lo incautado a menor precio, a la vez que dejaban algún ingreso disimulado a las autoridades.

Edward Teach o Tach se presume que era oriundo de Bristol, aunque otros afirman que nació en Carolina del Sur o, incluso, en Jamaica. Según otras fuentes su nombre real era Edward Drummond. Participó en la Guerra de la reina Ana (escenario norteamericano de la Guerra de Sucesión Española), en la que actuó como filibustero inglés atacando barcos franceses. Al retirarse Inglaterra de la Guerra de Sucesión en 1713, una gran parte de los efectivos de la Royal Navy británica pasaron a ser desempleados. Se estima que de un total de 53.785 soldados en 1703, los efectivos se redujeron a 13.430 en 1715; por lo que se calcula que había unos 40.000 desocupados. Se cree que Teach se reconvirtió entonces de filibustero a pirata, posiblemente hacia 1716, en una época en la que la piratería en América estaba en decadencia.

En sus inicios piráticos estuvo bajo el mando de Benjamin Hornigold, en Nueva Providencia.7 Entre sus primeras fechorías se cuentan la captura de un carguero español que procedía de La Habana, otro de las Bermudas y un tercero de Madeira y con dirección a Carolina del Sur.2 Estando en la costa de Virginia, en noviembre de 1717, se dirigió a la Martinica y en su camino apresó un gran buque francés que tenía su ruta entre ese lugar y la costa africana, el cual renombró The Queen Anne´s Revenge. Esta nave se convirtió en su arma principal en sus arremetidas por un periodo de unos siete meses desde la costa de Honduras hasta Virginia. La embarcación fue armada con cuarenta cañones. En uno de sus primeros ataques se enfrentó a un barco de la armada inglesa, el HMS Scarborough, el cual se retiró al verse en desventaja, pero Barbanegra le dejó huir. Este incidente le dio prestigio al haber derrotado a un barco de la milicia británica. Tiempo después, Hornigold decidió acogerse al perdón de Jorge I, se puso a las órdenes del gobernador de Bahamas y se transformó en filibustero.

A finales del año de 1717, Teach trabó amistad con Stede Bonnet, apodado el «Caballero Pirata», antiguo oficial británico que viajaba en el barco Revenge. Bonnet aceptó la capitanía de Barbanegra para hacer un consorcio. Sin embargo, fue separado de su barco Revenge, el cual le fue dado a otro lugarteniente de Barbanegra. Poco después capturaron otro barco con el nombre de Adventure y Barbanegra se lo otorgó a Israel Hands. Bonnet, debido a su ineptitud en el oficio de la marinería, fue mantenido en un virtual encarcelamiento. En ese tiempo el refugio preferido de Teach era la isla de Ocracoke.

Existen variantes en la crónica del final de Barbanegra. Ante el avance de la piratería en la zona, el gobernador de Virginia, Alexander Spotswood, decidió tomar acciones antes que los malhechores se fortalecieran. En el otoño de 1718 tuvo noticias de la presencia de Barbanegra en la ensenada de Ocracoke, Carolina del Norte. No importándole el fuero otorgado por el gobernador Eden al pirata, decidió organizar una ofensiva. Por ello envió dos navíos, el HMS Pearl (con treinta tripulantes) y el HMS Lyme (con veinticinco), junto a dos balandras: el Ranger y el Jane; toda la flota bajo el mando del teniente Robert Maynard. Mientras, Barbanegra permanecía a bordo del Adventure con 19 hombres. Al avistarlo, la flotilla al frente de Maynard se acercó a los piratas al atardecer del día 21 de noviembre con el objetivo de atacar la mañana siguiente. Ese día, un grupo, a bordo de un pequeño bote, logró avistar a la nave pirata pero tuvo que retirarse al ser repelido con una descarga.

Ante la emergencia, Barbanegra —que la noche anterior había estado bebiendo— decidió adentrarse en los canales vecinos. Maynard dispuso perseguirlo con las balandras. De acuerdo a una versión, las naves, tanto del pirata como la de sus rastreadores, quedaron varadas. Al estar cerca los navíos, comenzó un intercambio de palabras entre Maynard y Barbanegra, quien profirió una serie de improperios y la promesa de no dar cuartel. Una vez subió la marea, comenzó la persecución, pero el viento no era suficiente, por lo que tuvieron que recurrir a los remos.

Los perseguidores fueron atacados por los piratas lo que resultó en la pérdida del barco Ranger, más un número de bajas que varía entre cinco y seis según las fuentes. Maynard retomó el asedio en el Ranger. Al obligar al Adventure a encallar, Maynard ordenó a sus hombres esconderse. Barbanegra, ante la oportunidad, abordó la nave con los suyos. En la gresca él y Maynard batallaron cara a cara. El oficial le atacó con su espada, pero nada más tocó el cartucho que portaba el pirata, quien asestó un golpe a los dedos del inglés, sin dañarlo. Maynard tiró su espada y sacó su pistola disparando al instante a Teach; otro marinero se le abalanzó y le hizo un corte en la cara. Al final el bandido cayó con gran pérdida de sangre y Maynard, al final, cercenó la cabeza de Barbanegra. Según testimonios posteriores, el pirata sufrió veinticinco heridas, cinco de ellas debidas a disparos en el cuerpo. La campaña finalizó cuando los victoriosos arribaron a la localidad de Hampton, Virginia, con la cabeza de Barbanegra en el bauprés

Quizá el aspecto más conocido de Barbanegra era su apariencia a la hora de emprender sus ataques. Aparte de su figura alta y fuerte, adornaba su presencia con ingredientes llamativos, de acuerdo a una descripción:

Antes de lanzarse a la batalla se colocaba cerillas encendidas bajo el sombrero. Eran largos palillos de arder lento, hechos de cuerda de cáñamo mojado en salitre y agua de sal. El efecto resultaba aterrador. Su cara, con los feroces ojos y el pelo enmarañado de la barba, estaba enmarcada en humo y a sus presas les parecía talmente un demonio salido del infierno. Su parecido con algún tipo de pirata demoníaco quedaba completado con una bandolera con tres pistolas cargadas y amartilladas para el disparo y por las pistolas, dagas y alfanjes adicionales que portaba alrededor del cinturón.

A pesar de todo, hay versiones que indican que el aspecto adoptado por Teach era simplemente para impresionar a sus presas; y que, en general, no ajusticiaba a alguien a menos que él mismo estuviera amenazado. Aparentemente, no hay datos de víctimas fatales en sus atracos

Desde 1997 un grupo de arqueólogos se encuentra trabajando en el Venganza de la Reina Ana, el barco del temido y sanguinario pirata, que encalló en una ensenada de la costa de Carolina del Norte en 1718. Y su esfuerzo ya está dando frutos.
National Geographic acaba de publicar una serie de fotos de los artículos encontrados en los restos de la embarcación, que incluyen fragmentos de una empuñadura dorada, que correspondería a la espada del pirata, de quien se dice que fue el que comenzó a usar la típica bandera negra con la calavera y los huesos.
Antes de abandonar el Venganza de la Reina Ana, Barba Negra lo utilizó en el bloqueo del puerto de Charleston, en Carolina de Sur, donde él y su flota lograron escapar del gobierno colonial británico. Pero las tropas de Virgina lograron finalmente darle caza, en una batalla naval en la que Barba Nera terminó rodeado y fue, finalmente, asesinado a machetazos.
El pirata Barbanegra, el más temido del Atlántico y el Caribe en el siglo XVIII, ve perturbado el descanso en su tumba submarina de Carolina del Norte, donde unos arqueólogos intentan sacar a flote el barco con el que se hundió hace 300 años.
El reinado del terror de Barbanegra fue corto, de apenas dos años -entre 1716 y 1718-, pero le reportó la fama de ser el bucanero más sanguinario de los siete mares. Y finalmente le costó la cabeza.
Los restos de su barco, el Queen Anne’s Revenge, yacen a unos 10 metros de profundidad en los Outer Banks -los bancos de arena situados frente a las costas de Carolina del Norte-, donde fueron encontrados en 1996 por Will Kirkman. Ahora, una empresa con sede en Florida, Intersal Inc., quiere extraer completos los restos del barco hundido en 1718, y está realizando una vasta investigación científica para poder trasladarlos a tierra y exhibirlos en un museo.
Con permiso de la reina
Barbanegra, cuyo nombre era Edward Teach, nació en Bristol, Inglaterra, pero es considerado un pirata de Carolina del Norte, porque allí llevó a cabo la mayor parte de sus ataques. Apresaba barcos franceses y españoles con permiso de la reina Ana de Inglaterra. Pasaba por la roda a los capitanes de los navíos vencidos y se cuenta que obligaba a sus adversarios a comer sus propias orejas tras haberlas cocinado. Barbanegra fue el modelo en el que se inspiró Robert Louis Stevenson para algunos personajes de su novela “La Isla del Tesoro”.
Después de varios años de investigar el casco de la nave, arqueólogos de la Universidad de Carolina del Norte y del Instituto de Ciencias Marinas extrajeron un gran cañón del buque.
El cañón es uno de los 40 que embarcaba el Queen Anne’s Revenge, que, con una dotación de unos 300 piratas, había sido escogido por Barbanegra luego de les fue requisado a traficantes de esclavos. Se hundió en 1718, tras un enfrentamiento con buques del gobernador de Virginia, que envió al capitán Robert Maynard a poner coto a los desmanes del pirata. Maynard, tras vencer a Barbanegra, colgó su cabeza de uno de los masteleros del buque como ejemplo para otros corsarios.
Barbanegra fue uno de los principales azotes de los buques españoles y franceses en el siglo XVIII; las costas del sudoeste de Estados Unidos están repletas de los restos de más de 2000 navíos hundidos por tormentas o echados a pique a cañonazos.
Los científicos que trabajan en el Queen Anne’s Revenge -cuyo nombre deja claro en la palabra “revenge” (venganza) el espíritu contra España que animaba a la reina Ana- quieren desarrollar en este barco todas las técnicas de conservación y recuperación que existen en la actualidad.
Los arqueólogos saben que no encontrarán grandes tesoros en el buque hundido de Barbanegra. El verdadero tesoro es el propio barco, que guarda uno de los fragmentos más apasionantes de la historia de la piratería
El tesoro de Loch Arkaig, también conocido como el Oro jacobita, era una gran cantidad de especies proveída por España para financiar el levantamiento jacobita en Escocia en 1745. Se rumorea que todavía permanece escondido en el Loch Arkaig en Lochaber.
File:Loch Arkaig.jpg

En 1745, el príncipe Carlos Eduardo Estuardo llegó a Escocia desde Francia y reclamó los tronos de Escocia, Inglaterra y de Irlanda, en nombre de su padre Jacobo Estuardo. Si bien Carlos sostuvo que su aventura era apoyadaa por Luis XV de Francia y que la llegada de tropas francesas a Escocia era inminente, en realidad Francia no tenía intención alguna de intervenir en defensa de los Estuardo; no obstante, algún apoyo financiero limitado fue proveído tanto por España como por el papa Benedicto XIV.

España prometió unas 400.000 libras (o Louis d’or) mensuales para la causa jacobita; sin embargo, enviar el dinero al ejército rebelde era difícil. La primera cueta (enviada por medio del hermano de Carlos, Enrique, quien residía en Francia) fue despachada en 1745. La balandra francesa Hazard (renombrada Príncipe Carlos) llevó con éxito sus caudales a la costa occidental de Escocia. Desafortunadamente para los jacobitas, los caudales fueron pronto capturados por el clan Mackay, cuyos miembros eran leales al rey Jorge II de Gran Bretaña

En abril de 1746, los navíos Mars y Bellona llegaron a Escocia con 1.200.000 libras (otro abono español, más un gran suplemento francés); sin embargo, al enterarse de la derrota jacobita en la Batalla de Culloden el 16 de abril, los navíos se marcharon, tras descargar solo el dinero español en Loch nan Uamh, Arisaig el 30 de abril (el mismo lugar desde donde el Príncipe había desembarcado el año anterior y donde se embarcaría más tarde a Francia). Así, llegaron siete cofres de dinero español a Escocia. Como la causa jacobita estaba para entonces perdida, con el ejército disperso y el Príncipe y sus lugartenientes escondidos, el dinero se iba a utilizar para asistir a los seguidores de la causa jacobita (entonces, siendo sometidos a la brutalidad de las fuerzas gubernamentales del duque de Cumberland) y para facilitar el escape de los líderes jacobitas al continente.

Seis cofres (uno fue robado por McDonald y los hombres de Barrisdale ) fueron llevados al Loch Arkaig (al norte de Fort William, Highlands) y escondidos. Su ubicación secreta fue confiada a Jon Murray de Broughton, uno de los fugitivos jacobitas. Murray empezó la distribución a los jefes del clan, pero cuando fue aprehendido por el gobierno (y, más tarde, convertido en evidencia de estado) el tesoro fue confiado primero a Donald Cameron de Lochiel, el jefe del clan Cameron, y luego a Macpherson de Cluny, jefe del clan Macpherson. Cluny fue escondido en un cueva en Ben Alder, que se hizo conocida como “la jaula”, y cuando Carlos se reunió con él allí brevemente, Cluny todavía tenía control sobre el dinero que seguía escondido en Arkaig.

Carlos finalmente escapó de Escocia en la fragata francesa L’Heureux y regresó a Francia en septiembre de 1746; sin embargo, el destino del dinero no está claro. Se cree que Cluny retuvo el control sobre el mismo y durante sus largos años como fugitivo fue el centro de varios complots sin éxito para financiar otra revuelta. En su lugar, permaneció escondido en su “jaula” por los siguientes ocho años. Mientras tanto, Carlos estuvo constantemente buscando su dinero debido a que carecía de efectivo. Al menos, algo de él llegó a Carlos posteriormente, con lo que pudo pagar la acuñación de una medalla de campaña en los años 1750; sin embargo, se dice que nunca se descubrió todo el oro. Años más tarde, Carlos acusó a Cluny de malversación. Sea cual fuera el caso, el oro se convirtió en una fuente de discordia y quejas entre los jacobitas sobrevivientes.

En 1753, Dr Archibald Cameron de Locheil —hermano de Locheil, quien estaba ejerciendo como secretario de Jacobo III de Inglaterra— fue enviado de regreso a Escocia para ubicar el tesoro; no obstante, mientras estuvo en secreto en Brenachyle, cerca al Loch Katrine, fue traicionado (aparentemente por el famoso “Alestair Ruadh MacDonnell”, un espía de los Hannover) y arrestado. Fue acusado bajo el Act of Attainder por su participación en la revuelta de 1745 y sentenciado a muerte, siendo ahogado y luego colgado el 7 de junio de 1753, en Tyburn, convirtiéndose en el último jacobita en ser ejecutado.

Los documentos de los Estuardo (en la actualidad, en posesión de la reina Isabel II) registran varios reclamos, contra-reclamos y acusaciones entre los jefes de clanes y los jacobitas en el exilio, con respecto al destino del dinero. El historiador Andrew Lang (quien fue una de las primeras personas en investigar los documentos desde que Walter Scott los aseguró para la Corona) relató en su libro Pickle the Spy (1897), la sórdida historia y la participación tanto del Príncipe como de su padre en intentar encontrar el dinero. Los documentos de los Estuardo también incluyen un relato fechado alrededor de 1750, redactado en Roma por Archibaldo Cameron, que indica que Cluny no tenía o no podía dar cuenta de todo el dinero.

Según los registros del Clan Cameron, se encontraron algunas monedas de oro francesas enterradas en bosques cercanos en los años 1850

Tesoro de Juan Fernández:

El archipiélago Juan Fernández es un conjunto de islas parte del territorio de Chile ubicadas en el Pacífico Sur a más de 670 km del continente. Lo componen las islas Robinson Crusoe (antiguamente conocida como Más a Tierra), Alejandro Selkirk (Más Afuera), el islote Santa Clara e islotes menores. Son famosas por la novela Robinson Crusoe.

File:Archpielago Juan Fernandez (Vista hacia Robinson Crusoe).jpg

Está ubicado a 670 km de la costa chilena, a la altura del puerto de San Antonio, aunque su punto más cercano con el continente está en Loanco, Región del Maule, donde la distancia es exactamente de 600 km.

File:Rob-cru.png

Su origen geológico es volcánico y –relativamente– reciente: las rocas tienen una antigüedad de tan solo 1 millón a 2 millones de años. El clima es subtropical. Las tres principales islas tienen en total una superficie de 147 km². El archipiélago está ubicado entre la latitud 33º 36′ y 33º 46′ S y longitud 80º 47′ y 78º 47′ O. Administrativamente conforma la comuna de Juan Fernández, perteneciente a la Provincia de Valparaíso, V Región de Chile. Sin embargo, una reforma constitucional efectuada en 2007 estableció al archipiélago como un “territorio especial”, de manera que su gobierno y administración será regido por un estatuto especial, contemplado en la ley orgánica constitucional respectiva, por dictarse.

Forma parte del llamado Chile insular. Al archipiélago se accede por vía aérea (2-3 horas) y marítima (24-72 horas).

El archipiélago fue descubierto por el marino español Juan Fernández, probablemente entre 1563 y 1574. Oficialmente se da como fecha de su descubrimiento el 22 de noviembre de 1574. Una de las principales razones, además de las clásicas de exploración de la época, por la que Juan Fernández llegó hasta ese lugar, es porque buscaba una forma de evitar la Corriente de Humboldt. Su plan era alejarse de la costa, que es por donde pensaba (acertadamente) que la corriente era más fuerte, navegar hacia el Sur con menor resistencia, y luego navegar de vuelta hacia el Este sin tener que enfrentar la corriente de frente. Dicha búsqueda se vio forzada a hacerla pues la corriente en cuestión, hacia el viaje hacia el Sur del continente sudamericano por la costa del océano pacífico, una travesía extremadamente lenta, ya que los barcos debían navegar a contra corriente. En el siglo XVII y XVIII fue usado como guarida de piratas y corsarios. En 1749 fue construido por los españoles el Fuerte Santa Bárbara en la isla Más a Tierra (Robinson Crusoe), como protección contra los piratas y corsarios. Fue reconstruido en 1974 y declarado Monumento Histórico en 1979. En su momento estaba protegido por 6 fortines con artillería. En 1832, el archipiélago es visitado por Claudio Gay.

File:Alexander Selkirk.JPG

Estatuilla de Alexander Selkirk, personaje que inspiró la novela Robinson Crusoe.

En 1915, durante la Primera Guerra Mundial, el crucero protegido alemán SMS Dresden fue dinamitado por su propia tripulación en la bahía Cumberland, tras esconderse durante meses en el fiordo de Quintupeu y ser perseguido y atacado por los barcos ingleses HMS Orama, HMS Glasgow y HMS Kent. Fue declarado Monumento Histórico en 1985. Se encuentra hundido a 65 metros de profundidad. En el cementerio de San Juan Bautista están enterrados los restos de algunos miembros de su tripulación. El más famoso de sus tripulantes fue el Teniente Wilhelm Canaris, que sería Jefe de la Contrainteligencia alemana (Abwehr), en la Segunda Guerra Mundial.

En 2005 la isla Juan Fernández fue noticia internacional debido al anuncio de que el robot georadar TR araña, bautizado como arturito por la prensa, habría encontrado el tesoro de Juan Fernández, supuestamente enterrado alrededor de 1715 por el navegante español Juan Esteban Ubilla y Echeverría, y luego desenterrado y vuelto a enterrar por el marino inglés Cornelius Webb y que consistiría en unos 600 barriles con monedas de oro, lo que en dinero actual podría equivaler a unos 10 mil millones de dólares.

El presunto hallazgo dio la vuelta al mundo y apareció publicado en diarios, blogs y sitios Web de Estados Unidos, Europa y Asia.

Los representantes de la empresa de seguridad Wagner, propietaria del artefacto, sostuvieron negociaciones con autoridades locales y regionales encabezadas por el intendente Luis Guastavino para coordinar la extracción del tesoro, pero el proyecto se dilató y finalmente quedó en nada, después de que científicos y diversos artículos en la prensa pusieron en duda la confiabilidad del georadar. El tesoro, de ser hallado, contendría entre otras cosas, doce anillos papales, la Llave del Muro de las Lamentaciones, una de las joyas más famosas de la historia, conocida como la Rosa de los Vientos, e incluso se cuenta que también habría parte de los tesoros del Imperio Inca; así, la leyenda cuenta que allí estaría enterrado el collar de la mujer de Atahualpa.

En la madrugada del 27 de febrero de 2010, a las 03:34, hora local, UTC-31 un terremoto de 8.8 grados de magnitud sacudió la zona centro sur de Chile.

El sismo, que como tal pasó inadvertido en el archipiélago, desencadenó un tsunami que llegó a Juan Fernández con olas de hasta 15 metros de altura, las que destruyeron las poblaciones de este archipiélago. En Juan Fernández, las víctimas fatales del tsunami fueron de 10 muertos y 6 desaparecidos. Deficiencias en los sistemas de alarma y advertencia de la zona, como asimismo errores institucionales que aún se investigan ocasionaron que los habitantes de Juan Fernández no fuese advertida oportunamente para ponerse a salvo de la devastadora catástrofe que provocó la entrada del mar en una extensión de más de tres kilómetros.

Bernard Keiser está convencido de que la isla esconde un tesoro de 800 barriles llenos de oro y lleva buscándolo desde 1995.

Escenario de confinamiento del verdadero Robinson Crusoe, refugio de piratas y prisión de malhechores, el archipiélago Juan Fernández guarda en sus entrañas decenas de misterios y probablemente más de un tesoro que un obstinado estadounidense está empeñado en desenterrar.

Enclavado en el Pacífico, a unos 670 kilómetros del litoral central del Chile continental, sus cerca de 900 habitantes son los herederos y guardianes de una historia cargada de leyendas.

Fue el español Juan Fernández el primer europeo que descubrió este archipiélago el 22 de noviembre de 1574, cuando se internó mar adentro para buscar una ruta de navegación más rápida entre Perú y Penco, a unos 500 kilómetros al sur de Santiago.

Años después de tomar posesión de las islas, los colonizadores españoles la abandonaron y, por su situación privilegiada en el Pacífico Sur, se convirtieron en refugio de piratas y corsarios, especialmente ingleses y franceses.

Así lo relata Victorio Bertullo, historiador y encargado de la biblioteca de la isla Robinson Crusoe, la única habitada del archipiélago, que está compuesto además por el cercano islote Santa Clara y por la isla Alejandro Selkirk, a unos 180 kilómetros de distancia.

El archipiélago tiene tres islas: Robinson Crusoe, Alejandro Selkirk y Santa ClaraEsa biblioteca es lo único que han podido reconstruir después de que el tsunami de 2010 arrasara con la casa de la cultura, además de barrer gran parte del poblado San Juan Bautista y, lo peor de todo, con dieciséis vidas, entre ellas la de un turista español.

Con la avalancha de agua se fueron también numerosos ejemplares en varios idiomas de Robinson Crusoe, la novela que Daniel Defoe publicó en 1719 y que está inspirada en las aventuras que el marinero escocés Alejandro Selkirk vivió en estas lejanas tierras.

Selkirk “fue abandonado como castigo por no obedecer las órdenes del capitán Stradling, del navío “Cinque Ports”, en 1704, y permaneció solo durante cuatro años y cuatro meses, hasta que en febrero de 1709 fue rescatado por el capitán Woodes Rogers, del barco inglés ‘Duke'”, cuenta Bertullo.

En ese tiempo, asegura el historiador, el marinero escocés vivió durante una época donde actualmente se encuentra el poblado San Juan Bautista, alrededor de Bahía Cumberland, y trepaba la empinada ladera hasta lo que hoy se conoce como “el mirador de Selkirk”.

Ahora, ese abrupto camino se puede hacer al lomo de una mula, azuzada por las órdenes de Guido Balbontín.

“Alejandro Selkirk venía aquí a avistar algún barco que lo pudiera rescatar”, cuenta este isleño junto a una placa escrita en inglés que recuerda que éste fue efectivamente el punto donde el marinero puso a prueba sus dotes de vigía.

Ese es, de hecho, el único punto de la isla donde se pueden contemplar las dos laderas del engranaje montañoso que la divide: a la izquierda, la bahía y el poblado de San Juan Bautista; a la derecha, riscos, acantilados y laderas de un verde inmaculado.

A apenas dos kilómetros de esa vertiente prácticamente virgen se levanta el islote de Santa Clara. Y mientras el visitante contempla el espectáculo que antaño presenció Selkirk, una tenue bruma avanza por el horizonte y cubre con un manto blanco ese entorno paradisíaco.

A unos quince minutos en bote desde Bahía Cumberland se puede arribar a Puerto Inglés. En esa pequeña cala empedrada está la llamada Cueva de Robinson Crusoe, en la que vivió Alejandro Selkirk.

“La historia dice que ese fue su primer refugio, pero conforme se fueron agotando los chivos (cabras) que sacrificaba, y para que no le descubrieran los barcos españoles, tuvo que trasladarse a otro sector que se llama Buenas Aguas”, cuenta Rudy Aravena, expresidente de la Cámara de Comercio y Turismo de la isla.

“Hay arqueólogos del National Geographic que encontraron una brújula y se dio data de que allí tuvo su segunda casa“, añade.

Pero Puerto Inglés es también el epicentro de la perseverante búsqueda de Bernard Keiser, un holandés nacionalizado estadounidense que desde 1995 ha invertido miles de dólares en intentar hallar algún tesoro escondido.

Uno de ellos podría haber sido enterrado en 1714 por el español Juan Esteban Ubilla y Echevarría y estaría compuesto por 800 barriles de oro valorados en 10.000 millones dólares, cien cofres con plata, piedras preciosas y una rosa de oro y esmeraldas.

“Hace dos meses estuvo aquí, al parecer con intenciones de renovar el permiso“, asegura Alfonso Andaur, guardaparques de la isla.

“Creo que estaría viniendo en octubre a hacer nuevos sondeos para ver si efectivamente está donde él cree”, confirma el alcalde, Leopoldo González, que cree que, al haber sido paso obligado de piratas y corsarios, en la isla debe haber “más de un tesoro”.

En efecto, más de algún tesoro hay, y muchos de ellos están a la vista de todo aquel aventurero que desembarque en estas costas de leyenda.

El Tesoro de la Caverna de Benavides:

Las Cavernas de Benavides se ubican a 3 km al norte del centro de la ciudad de Lebu en Chile, en el sector turístico Millaneco. Son unas formaciones rocosas naturales de grandes dimensiones, con una altura aproximada de 40 metros.

Todos los veranos, desde el año 2001 se realiza el Festival Internacional de Cine de Lebu, al interior de la caverna.

En el tiempo de los inicios de la República de Chile sirvió como guarida al montonero realista Vicente Benavides, quien supuestamente escondía en las grutas de esta caverna lo robado a los hacendados de la zona. Cuenta la historia que una gran fortuna en oro y plata fue el botín que el montonero no alcanzó a sacar en su huida al norte del país, naciendo así la Leyenda del Tesoro de Benavides, a raíz de lo cual se comenzó a llamar a esta formación rocosa como Caverna de Benavides

En 1818 aparece en la frontera araucana, Vicente Benavides, montonero (bandido) sanguinario y cruel que robó y asoló en las haciendas de la zona con sus fechorías, la historia cuenta que, acorralado por las huestes patriotas, Benavides decidió esconder su botín en oro y plata en una caverna natural, cerca de la comarca que se formaba en la ribera norte del río Lebu, cuenta la leyenda que, una noche de luna llena Benavides, junto a algunos de sus secuaces se internaron en las grutas de la caverna, al finalizar esta labor, Benavides da muerte a sus ayudantes por lo que él, fue el único que conoció la ruta para llegar hasta el entierro.

Tesoros más buscados:

La tumba de Alejandro Magno es el lugar en el que estaría enterrado Alejandro III de Macedonia, hijo de Filipo II de Macedonia y apodado el grande (Magno), que murió en Babilonia en junio de 323 a. C.

Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno ; Pella, 20 o 21 de julio de 356 a. C. – Babilonia, 10 o 13 de junio, de 323 a. C., fue el rey de Macedonia desde 336 a. C. hasta su muerte. Hijo y sucesor de Filipo II de Macedonia.

El paradero de la tumba se desconoce, y es considerado otro Santo Grial de la arqueología moderna: el cadáver del general macedonio, tan necesario para especificar las circunstancias de su temprana muerte a punto de cumplir los 33 años, no se ha encontrado aún, y puede que esté perdido para siempre.

Rodela decorada con el tema de la doma de Bucéfalo por Alejandro Magno

En la primavera del 323 a. C., Alejandro Magno gobernaba un imperio que se extendía desde el Danubio en Europa hasta los picos nevados del Himalaya en el norte de la India. Durante este período visitó la capital del Imperio, la metrópolis de Babilonia cerca del Éufrates. A mediados de mayo condujo una pequeña flota por los pantanos hacia el oeste de la ciudad para intentar mejorar el sistema de canales, que distribuía el agua del río a las urbes. Ya hacía un calor insoportable, y por tanto hordas de mosquitos irritaron a la expedición.

Una vez de vuelta en Babilonia, en la última semana de mayo, Alejandro realizó los últimos preparativos de una expedición para navegar rodeando Arabia con una flota de mil barcos. El día 30 conmemoró el éxito del viaje de su almirante Nearco desde la India a principios del pasado año. El 31 de mayo, en una fiesta nocturna que celebró su compañero Medio, Alejandro se desmayó al sentir unos punzantes dolores en la espina dorsal y en las articulaciones. Fue conducido al aseo real, donde durmió junto a la piscina, porque ya tenía fiebre. En la siguiente semana el rey tuvo golpes de fiebre recurrentes por las noches, pero éstos solían bajar súbitamente por el día, permitiéndole que siguiera planeando esa inminente expedición a Arabia. Pero los episodios de fiebre pronto se volvieron más intensos, y la fecha de salida de la expedición se acercaba cada vez más. El 5 de junio la fiebre persistió también durante el día, aunque era más intensa por la noche. El 7 de junio hubo un rápido deterioro en el estado de Alejandro. Por primera vez se vio claro que estaba en peligro. Ordenó a sus oficiales que se reunieran en el patio del palacio, mientras aquellos de menor rango tuvieron que esperar tras las puertas. El 9 de junio ya circulaban rumores entre las tropas de que Alejandro había muerto. Pidieron desesperadamente la entrada al palacio, donde los hetairoi no tuvieron más remedio que dejarles pasar a ver a Alejandro en su lecho. Los saludó con sus ojos, porque ya había perdido la voz. Quizá aún podía emitir un débil susurro, porque se dice que pidió que su cuerpo fuera trasladado al dios Amón en Egipto. Le dio su anillo de regente a Pérdicas, su comandante de caballería y guardaespaldas. Sus compañeros le preguntaron: “¿A quién legas tu reino?”, y él respondió a duras penas: “Al más fuerte”, añadiendo que ya preveía sus grandiosos juegos funerarios. Cuando, finalmente, Pérdicas le preguntó cuándo quería que se le ofrecieran esos honores divinos, él contestó: “Cuando seáis felices”. Éstas fueron las últimas palabras del rey.1

Un grupo de hetairoi estuvo toda una noche sin dormir para realizar una petición en el templo del dios Toro de la ciudad, pero el oráculo les negó su sugerencia: que el cuerpo de Alejandro fuera trasladado dentro de estas sagradas murallas. Al día siguiente, casi al caer la noche del día 10 de junio del 323 a. C.,2 según el calendario juliano, se declaró la muerte “oficial” de Alejandro. Esta noticia probablemente se difundió despacio, pero era conocida por casi todos al día siguiente, y esto resultó en lloros y lamentos por toda la ciudad. La plebe se hundió en una profunda pena, pero ya se estaba gestando una maliciosa disputa entre los contingentes de caballería e infantería del ejército. Incluso hubo peleas en el palacio. Mientras tanto el cuerpo de Alejandro se mantenía curiosamente fresco y con aspecto de estar vivo a pesar del agobiante calor por al menos unos cuantos días más, lo que puede indicar un profundo coma terminal.

Los síntomas y sus consecuencias coinciden de forma sorprendente con los de la malaria, que pudo haber contraído de las picaduras de los mosquitos de los pantanos. Aunque meses más tarde surgió el rumor de que pudo ser envenenado, según Andrew Chugg la fiebre intermitente que tuvo durante casi dos semanas terminando en coma nos indica que este argumento es muy inconsistente. De todas formas, no se puede hacer una hipótesis definitiva sin analizar los restos de Alejandro.

Existen varias teorías sobre la causa de su muerte, que incluyen envenenamiento por parte de los hijos de Antípatro (Casandro y Yolas, siendo éste último copero de Alejandro) u otros, enfermedad (se sugiere que pudo ser la fiebre del Nilo), o una recaída de la malaria que contrajo en el 336 a. C. Se sabe que el 2 de junio Alejandro participó en un banquete organizado por su amigo Medio de Larisa. Tras beber copiosamente, inmediatamente antes o después de su baño, le metieron en la cama por encontrarse gravemente enfermo. Los rumores de su enfermedad circulaban entre las tropas, que se pusieron cada vez más nerviosas. El 12 de junio, los generales decidieron dejar pasar a los soldados para que vieran a su rey vivo por última vez, de uno en uno. Ya que el rey estaba demasiado enfermo como para hablar, les hacía gestos de reconocimiento con la mirada y las manos. Al día siguiente, Alejandro ya estaba muerto. Al morir sólo dijo esto: “Preveo un gran funeral en mi honor”. Y respondió la última pregunta unos minutos antes de morir: ¿Cuál es tu testamento? ¿a quién se lo dejas?, a lo que respondió: “Al más digno”.

La teoría del envenenamiento deriva de la historia que sostenían en la antigüedad Justino y Curcio. Según ellos, Casandro, hijo de Antípatro, regente de Grecia, transportó el veneno a Babilonia con una mula, y el copero real de Alejandro, Yolas, hermano de Casandro y amante de Medio de Larisa, se lo administró. Muchos tenían razones de peso para deshacerse de Alejandro. Las sustancias mortales que podrían haber matado a Alejandro en una o más dosis incluyen el heléboro y la estricnina. Según la opinión del historiador Robin Lane Fox, el argumento más fuerte contra la teoría del envenenamiento es el hecho de que pasaron 12 días entre el comienzo de la enfermedad y su muerte y en el mundo antiguo no había, con casi toda probabilidad, venenos que tuvieran efectos de tan larga duración.

El cuerpo de Alejandro se colocó en un sarcófago antropomorfo de oro, que se puso a su vez en otro ataúd de oro y se cubrió con una capa púrpura. Pusieron este ataúd junto con su armadura en un carruaje dorado que tenía un techo abovedado soportado por peristilos jónicos. La decoración del carruaje era muy lujosa y fue descrita por Diodoro con gran detalle. Mary Renault nos resume sus palabras:

El féretro era de oro y el cuerpo que contenía estaba cubierto de especias preciosas. Los cubría un paño mortuorio púrpura bordado en oro, sobre el cual se exponía la panoplia de Alejandro. Encima, se construyó un templo dorado. Columnas jónicas de oro, entrelazadas con acanto, sustentaban un techo abovedado de escamas de oro incrustadas de joyas y coronado por una relumbrante corona de olivo en oro que bajo el sol llameaba como los relámpagos. En cada esquina se alzaba una Victoria, también en noble metal, que sostenía un trofeo. La cornisa de oro de abajo estaba grabada en relieve con testas de íbice de las que pendían anillas doradas que sustentaban una guirnalda brillante y policroma. En los extremos tenía borlas y de éstas pendían grandes campanas de timbre diáfano y resonante. Bajo la cornisa habían pintado un friso. En el primer panel, Alejandro aparecía en un carro de gala, «con un cetro realmente espléndido en las manos», acompañado de guardaespaldas macedonios y persas. El segundo representaba un desfile de elefantes indios de guerra; el tercero, a la caballería en orden de combate, y el último, a la flota. Los espacios entre las columnas estaban cubiertos por una malla dorada que protegía del sol y de la lluvia el sarcófago tapizado, pero no obstruía la mirada de los visitantes. Disponía de una entrada guardada por leones de oro. Los ejes de las ruedas doradas acababan en cabezas de león cuyos dientes sostenían lanzas. Algo habían inventado para proteger la carga de los golpes. La estructura era acarreada por sesenta y cuatro mulas que, en tiros de cuatro, estaban uncidas a cuatro yugos; cada mula contaba con una corona dorada, un cascabel de oro colgado de cada quijada y un collar incrustado de gemas.

Según una leyenda, se conservó el cadáver de Alejandro en un recipiente de arcilla lleno de miel (que puede actuar como conservante) e introducido en un ataúd de cristal. Claudio Eliano cuenta que Ptolomeo robó el cuerpo mientras lo llevaban a Macedonia y lo trajo a Alejandría, donde se mostró hasta la Antigüedad Tardía.52 Ptolomeo IX, uno de los últimos sucesores de Ptolomeo I, reemplazó el sarcófago de Alejandro por uno de cristal, y fundió el oro del original para acuñar monedas y saldar deudas que surgieron durante su reinado. Los ciudadanos de Alejandría se mostraron horrorizados por esto y poco después Ptolomeo IX fue asesinado.

Se dice que el emperador romano Calígula saqueó la tumba, robando la coraza de Alejandro para ponérsela. Alrededor del 200 d. C., el emperador Septimio Severo cerró la tumba de Alejandro al público. Su hijo y sucesor, Caracalla, admiraba mucho a Alejandro y visitó la tumba durante su reinado. Tras esto, los detalles sobre el destino de la tumba son confusos.

Ahora se piensa que el llamado «Sarcófago de Alejandro», descubierto cerca de Sidón y ahora situado en el Museo Arqueológico de Estambul, pertenecía en realidad a Abdalónimo, a quien Hefestión nombró rey de Sidón por orden de Alejandro. El sarcófago muestra a Alejandro y a sus compañeros cazando y luchando contra los persas.

La caballería conducida por Pérdicas forzó a la infantería, que estaba bajo las órdenes de Meleagro, a aceptar sus términos, y para ello impidió el acceso de provisiones a la ciudad durante una semana. Estos términos exigían la aceptación del hermanastro retrasado de Alejandro, Filipo Arrideo, que era el candidato de la infantería para convertirse en rey, pero con la condición de que el hijo aún no nacido de Roxana, esposa del macedonio, debería gobernar también junto con Arrideo, aun siendo un muchacho. Pérdicas fue nombrado Regente del Imperio, e inmediatamente después ordenó la ejecución de los líderes de la revuelta de la infantería, haciendo que fueran pisoteados por elefantes de guerra en un desfile. El ejército macedonio organizó una asamblea en la cual rechazaron seguir con los futuros planes de conquista de Alejandro y con sus caros proyectos de construir templos. También, según parece, acordaron que el cadáver de Alejandro debía ser trasladado a Egipto, para respetar su deseo.

En los próximos meses Pérdicas reafirmó su poder, pero Ptolomeo, su principal y único rival superviviente, marchó a Egipto para robarle el trono al actual monarca. Probablemente Pérdicas estaba en contacto con Olimpia, la madre de Alejandro. Ésta seguramente había deplorado el plan para enviar el cuerpo de su hijo a Egipto y habría insistido en que tenían que devolverle a su primogénito. Pérdicas necesitaba su apoyo, y tampoco estaba muy seguro de poner el cadáver de Alejandro en manos de Ptolomeo. Puede que él fuera quien solicitó al vidente de la expedición, Aristandro, que dijera que la nación que tuviera en su poder el cuerpo de Alejandro nunca sería conquistada. Esto hizo que la Asamblea Macedonia acordara que tenían que enviar el cadáver a Olimpia para que ésta lo enterrara en Egas, en el cementerio de los reyes macedonios.

File:Mid-nineteenth century reconstruction of Alexander's catafalque based on the description by Diodorus.jpg

Mientras Pérdicas y el ejército dejaban Babilonia, yéndose de campaña a Asia Menor, dejó a cargo de la construcción del catafalco para llevar a Alejandro a su distante tumba a un oficial llamado Arrideo. El magnífico carruaje funerario tardó casi un año en estar listo. Salió desde Siria en la segunda mitad del 322 a. C. Pero Arrideo hizo un acuerdo con Ptolomeo, y condujo la procesión en dirección sur hacia Egipto cuando se aproximaba a Damasco, en vez de ir al norte hacia Macedonia. Pérdicas recibió esta noticia con una semana de retraso e inmediatamente mandó un contingente de caballería, bajo las órdenes de los comandantes Átalo y Polemón, para que persiguieran a Arrideo. Podrían haber capturado al lento catafalco, pero Ptolomeo había ido al norte con su ejército para escoltarlo, así que los hombres del Regente fueron rechazados.

Pérdicas, furioso, atacó Egipto con todo el ejército en la primavera del 321 a. C. Sin embargo, intentó dos veces forzar el cruce del Nilo, fallando en ambas oportunidades y teniendo como consecuencia enormes pérdidas entre sus propias tropas. Muchos fueron arrastrados por el río y devorados por cocodrilos. Los propios oficiales del Regente asesinaron a Pérdicas con sus lanzas y ofrecieron la regencia a Ptolomeo, quien la rechazó cortésmente. Aun así aprovisionó de nuevo al ejército y lo envió de vuelta al norte con algunos de sus hombres en comando conjunto (uno de los cuales era Arrideo). Ahora la preocupación del propio Ptolomeo era preparar la tumba de Alejandro en Menfis, cuando ésta aún era la capital de Egipto

En la actualidad se cree que Ptolomeo adaptó una tumba vacía que había sido preparada por y para el último faraón nativo de Egipto, Nectanebo II. De todas formas, este faraón huyó al sur de Etiopía cuando Egipto fue invadido por los persas en el 343 a. C., así que nunca tuvo la oportunidad de ocupar esa tumba. El lugar propuesto para la tumba era una capilla dentro del templo del Serapeo de Saqqara, en la necrópolis de la antigua Menfis. Se encontraba al final de una larga avenida de esfinges. El Serapeo fue visitado por Richard Pococke (c. 1738) y redescubierto por Auguste Mariette, cerca del año 1850, al excavar en la arena que ocultaba las esfinges de la avenida procesional de acceso. Observando la entrada de la capilla de Nectanebo II, Mariette descubrió un semicírculo de estatuas griegas, de tamaño natural, que representaban a poetas y filósofos, que parecían datar de los tiempos de Ptolomeo. A algunos se les identificó, como a Píndaro, aquel a cuyos descendientes Alejandro salvó en Tebas, a Homero, el poeta favorito de Alejandro, y a Platón, quien fue el mentor de Aristóteles, tutor de Alejandro. ¿Podrían estas estatuas haber sido erigidas para honrar la tumba de Alejandro?

Además, en la expedición que Napoleón llevó a cabo en Egipto en 1798, se descubrió un antiguo sarcófago egipcio situado en una capilla en el patio de la mezquita Atarina en Alejandría. Los lugareños aseguraron que se trataba de la tumba de Alejandro Magno. Cuando el ejército de Napoleón fue vencido por los ingleses en 1801, Edward Daniel Clarke llevó el sarcófago al Museo Británico de Londres y escribió un libro sobre él, recopilando lo que se sabía de la tumba de Alejandro. Cuando Champollion descifró los jeroglíficos en 1822, se supo que el sarcófago tenía una inscripción que describía que aquel era el sarcófago del faraón Nectanebo. Al principio se pensó que hacía referencia a Nectanebo I, pero pronto se corrigió el error: era de Nectanebo II. Por entonces, creían que este hecho eliminaría toda conexión del sarcófago con Alejandro, pero ahora podemos ver que esto es perfectamente consistente con el argumento de que Ptolomeo se apoderó de la que iba a ser la tumba de Nectanebo en Saqqara. Además, se sabe que el hijo de Ptolomeo, Ptolomeo II Filadelfo, trasladó la tumba de Alejandro de Menfis a Alejandría, lo que explica por qué el sarcófago se encontraba en la gran ciudad portuaria fundada en Egipto por Alejandro.

La fecha exacta en la que Ptolomeo II Filadelfo transfirió la tumba de Alejandro a la nueva capital, Alejandría, que había sido fundada por Alejandro en 331 a. C., se desconoce, pero probablemente fue poco después de que Ptolomeo muriera en 282 a. C. No nos ha llegado ningún detalle de la tumba construida por Filadelfo, pero existe la pequeña posibilidad de que la magnífica antecámara del túmulo de la tumba se encontrara en 1907, dividida en trozos, en los cementerios latinos de la moderna Alejandría. Esta primera tumba alejandrina fue reemplazada por un magnífico mausoleo en el centro de Alejandría, hacia el 215 a. C., por el nieto de Filadelfo, Ptolomeo IV Filopator. El mausoleo de Filopator se erigió dentro de un enorme recinto sagrado, conocido como el Soma, que llegó a ser el más famoso y sagrado santuario del mundo antiguo, ya que en Egipto y el Imperio romano Alejandro fue venerado como un dios.

En 89 a. C. , uno de los últimos Ptolomeos, Ptolomeo XI fundió el ataúd de oro macizo, del que Diodoro Sículo dijo que estaba repleto de las más ricas especias aromáticas, y que el cuerpo fue colocado en un sarcófago. Este Ptolomeo usó el oro para pagar a sus soldados y sustituyó el ataúd que destruyó por uno de vidrio, pero debido a este hecho, se ahogó en una batalla naval contra fuerzas rebeldes ese mismo año. Se creyó que fue un castigo divino por haber fundido el ataúd para pagar sus deudas.

En el 48 a. C. Julio César llegó a Alejandría después de haber perseguido a su enemigo Pompeyo al conseguir la victoria en Farsalia. El joven faraón, Ptolomeo XIII, le presentó como regalo la cabeza de Pompeyo, pero César lo depuso, asesinándole, para ceder el trono a su hermana, la reina Cleopatra. César también tuvo la oportunidad de guiar una peregrinación a la tumba de su héroe, Alejandro, situada en la cámara funeraria excavada en la roca tras el mausoleo de Soma.

Después de un espectacular reinado, Cleopatra fue finalmente vencida y depuesta por Octavio (el futuro emperador César Augusto) en el 30 a. C. Tras su llegada a Alejandría hizo la que sería la más famosa visita a la tumba de Alejandro. Augusto ordenó que le sacaran el sarcófago de la cámara funeraria. Coronó a la momia y echó flores por su cuerpo, pero rompió una parte de su nariz en un descuido.

A través de los siglos, varios de los emperadores romanos que le sucedieron rindieron homenaje a la momia de Alejandro. Cayo Calígula probablemente la vio cuando, a los 7 años, acompañó a su padre, Germánico, en una visita a Alejandría en el 19 d. C. Cuando le nombraron emperador, ordenó que le trajeran la coraza de Alejandro situada en su tumba para usarla [como apoyo en sus actuaciones]. Vespasiano y Tito debieron haber visto la tumba en el 69 d. C., así como Adriano y Antínoo en su visita a la ciudad en el 130 d. C. De todas formas, la próxima visita de la que se escribió con detalle fue la de Septimio Severo en el 200 d. C. Este emperador autoritario se horrorizó al ver la facilidad de acceso que tenía la tumba y ordenó que ésta fuera sellada.

La última visita imperial conocida es la del hijo de Severo, Caracalla, en el 215 d. C. Dejó su anillo y su cinturón como tributo a Alejandro y se marchó para organizar la traicionera y sangrienta aniquilación de la mayoría de los hombres jóvenes de Alejandría.

Hacia la mitad del siglo III, el Imperio romano entró en un período de crisis y en inminente colapso. Al principio Alejandría estaba poco afectada por estos problemas, pero en 262 las legiones locales apoyaron una rebelión del gobernador de Egipto, al que declararon como su emperador. La insurrección fue reprimida brutalmente. Probablemente hubo enfrentamientos en y alrededor de Alejandría y partes de la ciudad fueron destrozadas. Menos de una década después, un magnate local, de nombre Firmus apoyó a la reina Zenobia de Palmira en un intento de separar las provincias orientales del resto del imperio. La rebelión fue sofocada otra vez. Esta vez los rebeldes estaban asediados en los palacios a lo largo de la orilla oriental del gran puerto. El emperador Aureliano arrasó esta zona, entonces conocida como Bruchion, hasta el suelo. El siglo terminaba mal para Alejandría, cuando otro emperador egipcio rebelde fue derrotado y muerto por Diocleciano en 298. Otra vez Alejandría fue saqueada por el ejército imperial. Algunos han creído que la tumba de Alejandro fue destruida en uno de estos levantamientos, pero hoy hay nuevas evidencias de que sobrevivió en el siglo IV.

Amiano Marcelino relata un incidente que tuvo lugar hacia 361. El patriarca Georgius se dice que planteó una pregunta retórica a las masas alejandrinas concerniente a un templo alto y magnífico del genio de Alejandría: “¿Cuánto tiempo estará de pie esta tumba?” preguntó. Por genio Amiano quiere decir la deidad tutelar de la ciudad y ésta podría representar a Alejandro. Alejandro es la única figura a la que esta expresión podría ser aplicable, cuya tumba también se encontraba dentro de la ciudad. Algunos años después, en 365, Alejandría fue golpeada por un gran terremoto seguido de un tsunami gigantesco, que provocó estragos en las regiones costeras y ciudades portuarias de todo el Mediterráneo oriental. En Alejandría los barcos fueron levantados hasta los tejados de los edificios que quedaron. Ésta es la ocasión más probable de la destrucción del mausoleo del Soma.

Un cuarto de un siglo después, en una recién reconocida referencia, Libanio de Antioquía mencionó en un discurso dirigido al emperador Teodosio, que el cadáver de Alejandro estaba expuesto en Alejandría. Esto concordaría con la cámara sepulcral que habría sido excavada bajo los escombros de las ruinas. También proporciona el dato de que el cadáver podría haber sido retirado y separado del sarcófago, lo que explicaría por qué fue encontrado desocupado por la expedición de Napoleón. Aproximadamente un año después, Teodosio publicó una serie de decretos para prohibir el culto a los dioses paganos, entre los que el de Alejandro destacaba. En Alejandría, los cristianos causaron disturbios y destruyeron el Serapeo, el principal templo pagano. Éste es el punto donde el continuado culto al cadáver del fundador habría llegado a ser excesivo para las autoridades alejandrinas. Ésta es la época en que los restos de Alejandro desaparecen finalmente de la historia.

Al final del siglo IV o a comienzos del V, Juan Crisóstomo afirmó en un sermón que la tumba de Alejandro era entonces “desconocida para su propio pueblo”, en otras palabras, para los paganos de Alejandría. Algunas décadas después Teodoreto puso a Alejandro en una lista de hombres famosos cuyas tumbas eran desconocidas.

Existen un par de referencias a una mezquita o tumba de Alejandro en textos árabes que datan de los siglos IX y X, pero seguramente éstas hacen alusión al sarcófago vacío y al edificio que lo albergaba. Éste último era probablemente la mezquita Atarina (en donde el sarcófago fue encontrado en 1798) o al menos un edificio religioso anterior ubicado en el mismo lugar, puesto que la mezquita vista por Napoleón había sido reconstruida a partir de elementos arquitectónicos antiguos en el siglo XI. Información crucial es aportada por el mapa de Braun & Hogenberg, de alrededor de 1575, que muestra un edificio con un minarete y una pequeña capilla en el mismo lugar que la mezquita Atarina. Es bastante significativo que la mezquita esté situada en el centro exacto del mapa, así como también lo es que la capilla esté rotulada con las palabras latinas Domus Alexandri Magni, que significan “La casa de Alejandro Magno”. Continuando con sus visitas a Alejandría alrededor de 1517, León el Africano afirmó que la tumba de Alejandro existía “en una pequeña casa con la forma de una capilla”. Todo esto tiende a confirmar que lo que fue reconocido como la tumba de Alejandro durante la Edad Media, no era sino el sarcófago vacío emplazado en la capilla.

Después de que los británicos transportaron el sarcófago a Inglaterra entre 1802 y 1803, la mezquita Atarina se deterioró rápidamente, y pocas décadas después había desaparecido. Sin embargo, en 1823 Mohammed Ali edificó una mezquita dedicada a Nabi Daniel (el profeta Daniel) a algunos cientos de metros al este, al pie del montículo Kom el-Dikka. Aparentemente motivado por el deseo de encontrar un foco alternativo al interés turístico depositado en la tumba de Alejandro, en 1850 uno de los guías locales, llamado Ambroise Schilizzi, inventó una historia en la cual decía haber visto el cuerpo de Alejandro en un sarcófago de vidrio oculto en una cámara secreta tras una puerta carcomida por gusanos, en la parte inferior de la nueva mezquita. No obstante, algunos de los detalles proporcionados por Schilizzi parecen refutar la naturaleza ficticia de su relato, ya que, por ejemplo, señaló que había visto papiros esparcidos alrededor del sarcófago, lo que hace alusión a cierta información aportada por Dión Casio, en la que revela que el emperador Septimio Severo guardó en la tumba algunos libros de la tradición mágica egipcia. Sin embargo, la preservación del papiro es imposible bajo el suelo de Alejandría, debido a la alta napa freática que aquí se encuentra y a la capilaridad (humedad ascendente) de ésta.

Zenobio afirmó que el Soma (nombre que recibió el mausoleo, que significa cuerpo en griego) se halla en el centro de la antigua ciudad de Alejandría, mientras que Aquiles Tacio mencionó un distrito llamado Alejandro en honor del macedonio, donde dos calles grandiosamente decoradas con columnas se cruzaban en ángulos rectos. Este cruce de caminos se encuentra dentro de un área cerrada en el corazón de la ciudad. De modo similar, Estrabón y Diodoro Sículo, ambos testigos oculares, describieron la tumba de Alejandro comentando que reposaba dentro de una grandiosa y magnífica zona amurallada, y Estrabón especifica que esta área era adyacente a los palacios.

Al observar el mapa de Alejandría realizado por la expedición de Napoleón en 1798, se puede notar que las murallas medievales de la ciudad, que en gran parte perduraban todavía en aquella época, como un recinto doble (de murallas interiores y exteriores). Dichas murallas rodeaban un área que ocupaba menos de un tercio del tamaño de la ciudad antigua en la época de Cleopatra. En la parte occidental, las murallas bordeaban la costa, como se pude esperar de una gran ciudad portuaria. Sin embargo, en el Este las murallas se prolongaron para rodear una vasta área lejos de la orilla, en la parte de atrás, extendiéndose equitativamente a ambos lados de la antigua gran avenida, la calle Canópica. Superponiendo el plano de las calles de la ciudad antigua de Mahmud Bey sobre los muros medievales, se puede ver que los principales cruces de caminos de la Antigüedad se ubican exactamente debajo de la Puerta de Rosetta de la ciudad medieval. Además, la parte oriental de las murallas medievales rodea estos cruces de caminos por tres partes y un poco más. Richard Pococke, quien visitó Alejandría en 1737, observó que el muro exterior del doble recinto medieval parecía ser de construcción antigua. Además, un grabado pintado alrededor de 1792 por Luigi Mayer muestra que la entrada exterior de la Puerta de Rosetta era de estilo antiguo, pues tenía pilares con capiteles corintios y una estatua en uno de sus lados. Andrew ha sugerido, por lo tanto, que tres de los lados del Soma fueron utilizados como parte de las murallas medievales en el sector oriental, y que el Mausoleo de Alejandro debe situarse cerca del cruce de caminos central de Mahmud Bey.

Una pequeña sección de los muros medievales, parte de la torre del extremo noreste del perímetro en el sector oriental, sobrevive en nuestros días en los Jardines de Shallalat de la Alejandría moderna. Pero tanto la Puerta de Rosetta como la mayor parte de la muralla fueron destruidas en la década de 1820 cuando Galice Bey, por orden del virrey Mehmet Alí, remodeló los viejos muros para convertirlos en un circuito defensivo más moderno. En la década de 1880 la mayor parte de las murallas que quedaban en pie fueron removidas debido a la expansión de la ciudad moderna fuera de los límites del centro antiguo.

Actualmente se sabe de un antiguo cuerpo momificado proveniente del centro de Alejandría y este corresponde al siglo IV, la época en la que el cristianismo triunfó sobre el paganismo en la ciudad y en la que el cuerpo de Alejandro desapareció misteriosamente. Se trata, según afirmaba la Iglesia Alejandrina, de los restos de San Marcos el Evangelista, el fundador de la comunidad cristiana de Alejandría. Sin embargo, antiguos escritores cristianos como Doroteo, Eutiquio y el autor del Cronicón Pascual aseguran que el cuerpo de san Marcos fue quemado por los paganos. Un documento apócrifo conocido como “Los Hechos de San Marcos”, al parecer escrito por un autor anónimo en la Alejandría del siglo IV, afirma que una tormenta milagrosa atemorizó a los paganos y permitió a los cristianos salvar el cuerpo del santo de las llamas. No obstante, esto parece ser una invención para dar credibilidad a la existencia de su tumba.

Sucede que este mismo cuerpo fue llevado fuera de Alejandría, presumiblemente con la cooperación del clero local, luego de que la ciudad hubiera caído bajo el dominio árabe. En el 828 dos mercaderes lograron sacar de la ciudad la ricamente perfumada momia sin ser descubiertos por los oficiales del puerto, y navegaron con ella hasta su ciudad de origen, Venecia. La momia descansa desde hace siglos en una cripta ubicada debajo de la iglesia construida por los venecianos con tal propósito, la Basílica de San Marcos.

Un estudio científico de estos restos podría revelar el secreto de su origen. La datación por radiocarbono podría establecer si el cuerpo es lo suficientemente antiguo como para poder corresponder con el de Alejandro. Así mismo, sería posible reconstruir sus rasgos faciales a partir de su cráneo, e inspeccionar sus huesos en busca de signos de las múltiples heridas de Alejandro, en particular el flechazo que recibió en el pecho, el que, según se dice, se insertó en su esternón. El desenlace de esta historia todavía no se conoce.

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Fachada de la Basílica de San Marcos

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Relieve de Alejandro Magno ante AmónRa, en el templo de Luxor.

Algunos autores clásicos, como Diodoro, relatan que Alejandro dio detalladas instrucciones por escrito a Crátero poco antes de su muerte. Aunque Crátero ya había empezado a cumplir órdenes de Alejandro, como la construcción de una flota en Cilicia para realizar una expedición contra Cartago, los sucesores de Alejandro decidieron no llevarlas a cabo, basándose en que eran poco prácticas y extravagantes. El testamento, descrito en el libro XVIII de Diodoro, pedía expandir el imperio por el sur y el oeste del Mediterráneo, hacer construcciones monumentales y mezclar las razas occidentales y orientales. Sus puntos más interesantes fueron:

  • Completar la pira funeraria de Hefestión;
  • Construir «mil barcos de guerra, más grandes que los trirremes, en Fenicia, Siria, Cilicia y Chipre para la campaña contra los cartagineses y aquellos que viven por la costa de Libia e Iberia y las regiones costeras que se extienden hasta Sicilia»;
  • Construir una carretera desde el norte de África hasta las columnas de Heracles, con puertos y astilleros alrededor;
  • Erigir grandes templos en Delos, Delfos, Dodona, Dión, Anfípolis, Cirno e Ilión;
  • Construir una tumba monumental «que rivalice con las pirámides de Egipto» para su padre Filipo;
  • Establecer ciudades y «llevar poblaciones de Asia a Europa y también en la dirección opuesta de Europa a Asia, para traer unidad y amistad al continente más extenso a través de enlaces matrimoniales y la unión familiar».

Principalmente en Asia, Alejandro Magno es adjetivado Dhul-Qarnayn (‘el de dos cuernos’),56 porque se hacía representar como el dios Zeus-Amón, llevando una diadema con dos cuernos de carnero (el animal que representa a Amón), y por los dos largos penachos blancos que salían de su yelmo.

La figura del rey macedonio se prestó desde la Antigüedad a todo tipo de fantasías legendarias. Así, una leyenda neogriega recogida por Nikolaos Politis presenta a Alejandro obsesionado por la inmortalidad (como Gilgamesh) y emprendiendo en vano la búsqueda del agua sagrada que podría proporcionársela.57

Los zoroastristas lo recuerdan en el Arda Viraf como el «maldito Alejandro», responsable de la destrucción del Imperio Persa y el incendio de su fastuosa capital, Persépolis.

Entre las culturas orientales se le conoce como Eskandar-e Maqduni (‘Alejandro de Macedonia’) en persa, Dhul-Qarnayn (‘el de los dos cuernos’) en las tradiciones del Medio Oriente, Al-Iskandar al-Akbar الإسكندر الأكبر en árabe, Sikandar-e-azam en urdu e hindi, Skandar en pashto, Alexander Mokdon en hebreo, y Tre-Qarnayia (‘el de los dos cuernos’) en arameo, debido a una imagen empleada en monedas acuñadas durante su reinado en las que aparece con los cuernos de carnero del dios egipcio Amón. Sikandar, su nombre en urdu e hindi, también se utiliza como sinónimo de ‘experto’ o ‘extremadamente hábil’.

El tesoro de Atahualpa:

Hijo de Huayna Cápac y Paccha, fue el quinto y último emperador del Tahuantinsuyo. Nació en el Reino de Quito en 1500 y fue asesinado salvajemente por los españoles el 26 de Julio de 1533 en Cajamarca. El primer mártir que tuvo nuestra tierra, aún si la república no estaba constituida, guerrero, luchador, aunque también muy ambicioso. Para librarse de la prisión prometió recompensar a sus captores con dos habitaciones de plata y uno de oro ¨hasta donde alcanzara su mano¨, sin embargo después de cumplir con su promesa, los españoles lo sentenciaron a muerte por idolatría, fratricidio, poligamia, incesto y por ocultar un tesoro. Ahí es cuando digo, que desgraciados estos hijos de la ibérica audacia…

Al enterarse de su muerte, Rumiñahui, uno de sus Generales, decide desviar y esconder todos los cargamentos de los tesoros del Tahuantinsuyo que iban en camino a Cajamarca. Existen muchas versiones de dónde puedo haber sido escondido todo el oro, la plata y las piedras preciosas, todo apunta a que fue en los Llanganates en la provincia de Tungurahua. Rumiñahui fue arrastrado y linchado por no haber revelado la ubicación del escondite.

En 1532, Francisco Pizarro fundó la ciudad de San Miguel de Piura y comenzó la conquista del Imperio Inca. Más tarde, en el mismo año, tomó al Inca Atahualpa en Cajamarca.

Atahualpa, viendo que los españoles apreciaban el oro por encima de todo, se comprometió a cubrir una habitación con oro conocida como Cuarto del Rescate a cambio de su libertad. Pizarro accedió a ello, a pesar de que probablemente no tenía la intención de dejar a Atahualpa en libertad. Antes de que la sala estuviera llena de oro, Pizarro desconfiaba de Atahualpa y su influencia sobre el resto de guerreros incas, por lo que condenó al Inca a ser ajusticiado en el garrote el 26 de julio de 1533.

Una versión de la leyenda sostiene que el general Inca Rumiñahui se dirigía a Cajamarca con un estimado de 750 toneladas de oro trabajado para el rescate, cuando supo que Atahualpa había sido asesinado. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos creen que se trata de una sobrevaloración. La única mención de una cantidad específica en los registros por soldado español Pedro Cieza de León, quien cita ‘300 cargas’. Una carga es la cantidad que un solo hombre podría llevar a grandes distancias y se estima en no más de 50 libras con lo que el tesoro contaría con menos de siete toneladas.

La leyenda dice que volvió a Quito (que en ese momento era el nombre del territorio, hoy llamado Ecuador), transportando el tesoro hasta la Cordillera Llanganatis y la tiró a un lago. Rumiñahui a continuación mantuvo una lucha contra los españoles, y aunque finalmente fue capturado y torturado, nunca reveló la ubicación del tesoro.

La gente ha buscado el tesoro en los últimos quinientos años, y muchos han llegado a terminos desafortunados, que han dado origen a la creencia de que es una maldición. La leyenda se popularizó en el mundo de habla Inglesa, cuando el botánico Richard Spruce descubrió el Derrotero de Valverde y un mapa dibujado por un ecuatoriano en nombre de Don Atanasio Guzmán, y se publicará esta información en el Oficial de la Royal Geographical Society en 1860.

Muchos creen que el tesoro fue localizado y eliminado a finales del siglo XVIII por Antonio Pastor y Marín de Segura, aunque no hay ninguna prueba de ello, o de la existencia del Tesoro en primer lugar.

Como si el tiempo no hubiera pasado, la historia vuelve, el accidente de un helicóptero en el que viajaban cuatro arqueólogos estadounidenses en una zona comprendida entre las provincias del Azuay y Cañar, al sur de Ecuador, revivió la leyenda. Más allá del accidente en sí, en el que por suerte nadie tuvo heridas de gravedad, la revelación de que los investigadores accidentados buscaban el oro del emperador inca Atahualpa, que fuera escondido hace varios siglos en un sitio jamás revelado, llamó la atención de los medios de comunicación.

Los científicos pertenecen a un grupo de 14 investigadores de la Asociación de Investigadores Marítimos de las Indias y del Instituto de Arqueología Náutica de la Universidad de Texas y la Fundación Widam que desde noviembre de 1998 viene realizando estudios sobre el famoso tesoro.

Los investigadores, viven desde mediados de 1998 en esa zona sureña de Sigsig, en las estribaciones de la Cordillera Oriental o de los Llanganates, donde se presume que el guerrero inca Rumiñahui, escondió el oro del Reino de Quito, que serviría de pago por el rescate de su hermano, el emperador Atahualpa, asesinado por los españoles en Cajamarca.

Una historia verosímil

Los arqueólogos creen que si bien hay un poco de leyenda en el hecho, hay elementos verosímiles y una posibilidad importante de que el oro esté en la zona de Sigsig, donde además están estudiando los vestigios antropológicos y arqueológicos.

El jefe de la misión, Michael Paret, señala que tras investigaciones realizadas en el Archivo de Indias de Sevilla, encontró la historia de Ayllón (Sigsig) y la ”laguna encantada”, donde aparentemente podrían estar escondidos los utensillos de oro que iban a servir como rescate de Atahualpa.

Paret asegura que, de acuerdo con el estudio realizado en el Museo de Indias y con base en comparaciones de escritos sobre el tesoro, éste existe. ”Puede haberse creado una leyenda a su alrededor, como siempre ocurre con hechos históricos como éstos, pero el hecho ocurrió, por lo tanto el oro debe estar en alguna parte. Está comprobado que los escritos que aluden al rescate de Atahualpa son en un 90 por ciento verídicos”.

El primer paso de la investigación fue buscar evidencias de restos humanos de la época en el fondo del lago de Sigsig, pero mientras realizaban sus investigaciones fueron sorprendidos por un grupo de mineros que extraen el oro del lugar en forma artesanal, quienes quisieron expulsarlos porque creían que se trataba de mineros extranjeros. Eso obligó a la misión arqueológica a solicitar a las autoridades locales protección, y a contratar un helicóptero para que, terminada esa primera etapa, los evacuara del lugar sin tener que pasar por la zona minera. Sin embargo, sólo cuatro pudieron salir ya que en el segundo viaje, cuando viajaba de Sigsig a Gualaceo, el helicóptero se accidentó debido a una ráfaga de viento que lo desestabilizó y lo lanzó a las aguas de la denominada “laguna encantada”. Los cuatro arqueólogos norteamericanos heridos lograron salvar la vida.

Para algunos habitantes de la zona el accidente habría sido provocado por el espíritu de Rumiñahui, que no quiere dejar que el secreto pueda ser descubierto. Rafaela Curuchumpi, una de las moradoras de la zona, cree que no se debe jugar con el fantasma de los antepasados porque pueden traer mala suerte. “Para qué buscar un tesoro que se lo llevó la laguna y seguramente está resguardado por los valerosos guerreros de Rumiñhaui. Esa ambición puede resultarles muy negativa”, comentó.

En el Arquitecto del Tiempo se describe lo que se ha venido en llamar “El Derrotero del Padre Valverde” o “Guía del Corregidor Pastor”.

Este Derrotero es un escrito que  a modo de guía describe el camino para alcanzar el lugar en el se escondió parte del rescate del caudillo Inca Atahualpa que  quedó por pagar cuando fue asesinado inexplicablemente por Pizarro.

No relataré aquí, quien escribió la Guía y el porque aparece el Derrotero en el libro, pero sí me permitiré el lujo de crear la suficiente intriga para que deseéis saber más sobre la historia de Valverde y su mapa escrito.

El mapa existe y al final de este artículo os lo trascribiré por si alguien se ve tentado a buscarlo. Sin embargo, lamento deciros que cientos de personas lo han intentado antes, cientos de personas que han visitado el Parque Llanganati en busca del tesoro, Indianas Jones de ciudad. El mapa por desgracia debe de tener algún error, algún error colocado a propósito. El “por qué”, sí os lo puedo contar ya que no afecta al libro en si, un “por qué” con final descorcentante, sin explicación racional, un “por qué” que os extrañará a todos.

Empezamos. El tal Valverde, antes de morir escribió en su lecho de muerte una carta dirigida al rey de España en la que explicaba como llegar al secreto escondite.

El Rey envió   a un sacerdote de su total confianza, un italiano de apellido Longo para que investigara la veracidad de la Guía. El tal Longo, junto al Corregidor  de Latacunga, Antonio Pastor Marín de Segura , realizó varias expediciones entre 1792 y 1793. En una de ellas, el Padre Longo desapareció. Según las declaraciones de Pastor,  Longo desapareció durante la noche al caer a alguna quebarada de las que abundaban en la zona. Después de varios días de búsqueda, regresaron sin haber conseguido encontrar ni a Longo ni al tesoro.

Sin embargo, parece que Pastor si encontró el oro, y en grandes cantidades. Dejó una copia de la Guía en la escribanía de Latacunga convenientemente modificada para que nadie pudiera hallar el tesoro o pistas sobre su existencia, y se quedó con el original, siempre con la esperanza de que el escrito no fuera reclamado desde España.

Poco después, el corregidor se instaló en Lima, dejando a su familia en Ambato, supongo que para disfrutar del oro a solas….

En 1803 Pastor embarcó en en el puerto de Lambayaque a bordo de la fragata “El Pensamiento” con un cargamento valiosísimo de oro y plata que fue depositado en el Royal Bank of Scotland. Hasta aquí podría ser la historia de un asesino y un ladrón, de los muchos que hubo en aquellas épocas y en aquellos lugares.

Sin embargo, hay algo más en la historia, algo desconcertante que ha llegado hasta nuestros días. Entre las condiciones que puso Pastor para retirar del banco el oro y los intereses,  había una muy peculiar. Solo tendrían derecho a ella, sus descendientes, pero sus descendientes de la quinta generación desde la suya. Y  es ahora cuando los heredederos de esa quinta generación reclaman aquel depósito de oro y plata. En la actualidad el asunto se está litigando entre los abogados de ambas partes.

¿Por qué querría Pastor que el oro fuera recuperado por sus herederos de la quinta generación?.

Tal vez, la respuesta esté en el libro.

Si pincháis en el número siguiente podreis ver la transcripción del Derrrotero20110608132200694 por si alguno se siente tentado de viajar a LLanganati. Podeis observar uno de los lugares que aparecen en el derrotero, en concreto la laguna de los anteojos   Pero recordar, los tres primeros días del camino son minuciosos y exactos en sus más pequeños detalles.A partir del cuarto se vuelven más ambiguos, en manos de la interpretación del que lo lee, y ahí está el problema o la mano del Corregidor Pastor. De hecho nadie lo ha encontrado.

El Tesoro de Rande:

La batalla de Rande o batalla de Vigo fue una importante batalla naval librada en el Estrecho de Rande y dentro de la Ensenada de San Simón (donde se ubica ahora el Puente de Rande), en el interior de la Ría de Vigo, en Galicia (España). Se produjo el 23 de octubre de 1702 y enfrentó a las escuadras de las coaliciones anglo-holandesa e hispano-francesa, dentro del contexto de la Guerra de Sucesión Española.

Curiosamente, Julio Verne localizó en el escenario de esta batalla la fuente de aprovisionamiento de oro del Nautilus en su novela 20.000 leguas de viaje submarino. Como resultado de la victoria inglesa, Vigo se ganó una calle en Londres, conocida como Vigo Street.

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Los galeones españoles cargados con el mayor envío que se conocía de tesoros procedentes de América, iban al mando del Almirante y General Manuel de Velasco y Tejada, estaban protegidos por los navíos franceses a las órdenes de François Louis de Rousselet, conde de Châteaurenault, y entraron en Vigo el día 22 de septiembre de 1702. Se refugiaron en el fondo de la ría, en la ensenada de San Simón, pasado ya el estrecho de Rande protegido por el castillo de Corbeiro al Norte, y el de Rande, al Sur, en lugar de dirigirse a Sevilla, el puerto que monopolizaba el comercio con el Nuevo Mundo.

El precioso cargamento no fue descargado, ya que los de Sevilla se oponían a ello alegando que era en Sevilla el único lugar donde tal maniobra se podía llevar a cabo. En esa espera, los anglo-holandeses descubrieron el escondite del preciado cargamento. Después de cuatro semanas de la llegada de los galeones a Vigo, estos mantenían su preciosa carga. Otras versiones dicen que el Consejo de Indias ordenó la descarga de las riquezas y que había dado instrucciones precisas sobre la forma en que se debería realizar el desembarco, así como las estrictas comprobaciones que deberían hacer. El Consejo había comisionado a don Juan de Larrea esta labor y el 27 de septiembre ya se estaba procediendo al desembarco: por ello se estima que cuando se produjo el ataque no quedaba ya mucho en los buques salvo productos de menor valor (cochinilla, especias, telas, etc.).

Los españoles habían reforzado la artillería de las defensas de tierra con cañones procedentes de los navíos. Entre los extremos del estrecho cruzaron cadenas para impedir la entrada de los navíos anglo-holandeses. Los buques franceses protegían, rodeándolos, a los galeones de carga españoles.

Los anglo-holandeses, bajo el mando del almirante George Rooke, planearon un ataque anfibio, mediante el cual conquistarían, con tropas de infantería de marina y ordinaria, las defensas de tierra y, una vez dominados los castillos de Cordeiro, en Domaio, y de Rande, en el otro extremo del estrecho, sólo quedaría abrirlos y atacar con la flota.

El total de las fuerzas fue de 13.587 hombres por parte atacante, de las cuales 9.663 eran ingleses, al mando del General Duque de Ormond, y 3.924 holandeses, a las órdenes del Barón Sparr y el brigadier Pallandt. En la defensa: en el castillo de Rande había 350 marineros, 200 franceses y 150 españoles, y en el de Cordeiro se puso bajo el mando de don Manuel de Velasco con dos compañías de soldados de su capitana reforzados por 200 milicianos. A Vigo se destinaron 1.000 hombres de esta tropa, 500 de ellos a la ciudadela de El Castro y 300 al fuerte de San Sebastián; 1.000 más se situaron en la ensenada de Teis (entre Vigo y Rande) y 3.000 se mantuvieron en reserva.

El plan salió a la perfección. El 23 de octubre comenzó el ataque desembarcando tropas en ambas orillas de la ría. El navío inglés Torbay puso rumbo ría arriba seguido por los navíos Mary, Grafton, Kent y Monmouth, así como por las unidades menores Phoenix y Vulture. Este era el primero de los siete grupos dispuestos al ataque. Cuando estaban a la altura de Meira ven ya las luchas en los castillos de Rande y Cordeiro. El mayor número de efectivos anglo-holandeses hacen que la victoria se decida de su parte.

En el agua, Hopson y de Lake, podían ver los efectos de su artillería sobre los barcos franceses Le Bourbon y L´Espérance. Al tiro de los navíos se unía el de los castillos conquistados. Los barcos atacantes rompen la barrera que cerraba el paso a San Simón y se enfrentan con el grueso de la marina francesa. La línea de naves francesas estaban dispuestas en semicírculo a levante de la bahía de Rande: eran los buques del conde de Châteaurenault.

El cargamento de oro, plata y otras riquezas estaba embarcado en tres galeones de combate y de catorce comerciales. La mala disposición de las naves para una adecuada defensa y la superioridad anglo-holandesa hicieron que en menos de 10 horas de batalla se decidiera la misma en favor de los atacantes. Las defensas francesas cedieron, los navíos estaban en llamas dejando vía libre a los codiciados galeones cargados de riqueza. De Velasco ordenó, voz en grito, el hundimiento de los barcos, que según algunas versiones, habrían conservado todavía parte de su carga.

Una vez ganada la batalla, los atacantes saquearon Redondela y la isla de San Simón. Vigo quedó a salvo protegida por su muralla y defensas. El día 30 de octubre Rooke ordena partir a su armada, que abandona la ría de Vigo, aunque deja una guarnición de 27 buques de guerra junto a los apresados al mando del Almirante Shovel.

En la retirada, los anglo-holandeses se llevaron varios barcos apresados, entre ellos un galeón español que habría estado cargado con los tesoros recogidos. A su salida de la ría de Vigo, este galeón encalló al paso por las Islas Cíes y se hundió no habiéndose localizado todavía.

Habida cuenta de que los galeones se encuentran todavía hundidos en Rande, existe una polémica histórica acerca de si esos galeones esconden un tesoro,1 sin embargo ello es tachado de mito por muchos expertos, aduciendo que la documentación de la época recoge la salida hacia Madrid de los tesoros,2 que se habrían logrado descargar antes de la batalla; así Xose Ramón Barreiro, Presidente de la Real Academia Galega, catedrático de historia contémporanea de Galicia en la Universidad de Santiago, y experto en el tema, nos dice;

“Hay un tejido de leyendas oscuras sobre este tema. Desde mi punto de vista, el mito sobre el tesoro es precioso pero las investigaciones al respecto nos llevan fracaso de esta teoría. El príncipe de Barbanzón, capitán general de Galicia por aquel entonces, dirigió una expedición en la que mil carros de bueyes -venidos desde Pontevedra- partieron hacia Madrid. Incluso en el acta del Cabildo de Lugo, puede comprobarse cómo se asignó una cantidad de dinero para acoger estos carros en Lugo. Seguramente, la plata viajaría en los bueyes”.

(Xose Ramón Barreiro).

A pesar de ello, diversas empresas se han venido interesando en la búsqueda y extracción del supuesto tesoro y de los galeones; recientemente, la empresa alemana San Simon GmbHi Gr, ofreció a la Junta de Galicia 310 millones de Euros a cambio del permiso para explorar la zona, y el préstamo a largo plazo de tres galeones que se mostrarían en museos de Moscú, Berlín y Rostock (Alemania) Una primera prospección no ha detectado indicios del supuesto tesoro; el 3 de noviembre de 2007, aparecieron en la prensa las primeras imágenes de los galeones hundidos, en concreto del Santo Cristo de Maracaibo, obtenidas por Sónar por un grupo de arqueólogos, geólogos y geofísicos. La mayor dificultad a la hora de localizar, sondear y excavar cada pecio es la enorme cantidad de fango acumulado por el tiempo, ya que los ríos y arroyos que desembocan en la bahían depositan anualmente gran cantidad de sedimentos: de este modo una vez localizado el resto de un buque (casco, lastre, etc.) es preciso excavar varios metros hasta llegar al mismo, necesitando un apuntalamiento de los fangos para evitar el derrumbamiento de tan inestable material.

Ni rastro de aquel fabuloso cargamento de plata que traía la flota de Indias y cuyas piezas se buscaron durante siglos con el único impulso de la leyenda, ya que la Historia afirma su descarga -y traslado a Lugo- antes de que los cañonazos sembraran la hecatombe en la ría de Vigo. El tesoro, ahora, tiene una dimensión cultural, arqueológica, y de su hallazgo, con un éxito que supera las expectativas iniciales, se felicitaban ayer singularmente el director general de Patrimonio de la Xunta, José Manuel Rey Pichel, y Javier Luaces Anca, director del proyecto de investigación subacuática que ha permitido localizar e identificar seis pecios más de la legendaria batalla de 1702.

Las prospecciones se realizaron durante seis días del pasado mes de julio -con inmersiones a profundidades de tres a 26 metros- gracias a un convenio de la Xunta y el Ministerio de Cultura para el desarrollo del Plan Nacional de Protección del Patrimonio Cultural Subacuático, que incluye otras actuaciones análogas en la ría de Corcubión, también acabadas, y en la costa de Lugo. Los resultados se presentaron ayer en Vigo.

Las prospecciones se realizaron a profundidades de 3 a 26 metros
Ya están verificados ocho buques que participaron en la histórica batalla

Los resultados de la campaña viguesa superan los objetivos planteados en el proyecto, según sus promotores. “Localizamos en cinco días más puntos que los que consiguieron las campañas de varios años”, adelanta Luaces. Entre 1990 y 1993 fueron localizados cinco pecios de la famosa batalla. Ahora fueron comprobados más de la mitad de los puntos de interés localizados en 2007 y 2008 con sistemas geofísicos, lo que demuestra la efectividad de los mismos; se verificaron tres pecios de la batalla naval y otros tres con referencias relacionadas con la misma.

En otros siete puntos se localizaron embarcaciones de épocas posteriores y otros seis no pudieron verificarse o tuvieron resultados negativos. En total, hasta ahora, ya hay verificados ocho buques que participaron en la batalla, que podrían ser 11 y está abierta la posibilidad de localizar otros cuatro, con lo cual se tendría localizada la mitad de la hundida flota de la plata.

En los tres primeros pecios, informó Luaces, se observaron restos de la estructura de los barcos, proas, cuadernas y forro, así como piedras del lastre, ladrillos refractarios o balas de cañón. También “concreciones férricas, como rocas”, explicó, “que inducen la existencia de objetos metálicos como piezas de artillería, anclas o munición, lo que también aparece contrastado por la distorsión magnética registrada con magnetómetro en las anteriores campañas de 2007 y 2008”.

Algunos pecios, según el arqueólogo, se pudieron determinar claramente, ya que los restos aparecen parcialmente descubiertos. En otros, debido a la sedimentación, que en ocasiones llega a varios metros de altura, o los nudos que han formado trasmallos y algas enganchados, será necesario proceder en futuras campañas a utilizar otros recursos de definición como el perfilador de sedimentos o sondeos con mangas de succión.

“La degradación es mayor en las maderas que están a la vista, los sedimentos contribuyen a conservarlas”, señaló el arqueólogo, que admitió la posibilidad de que bajo los lodos se encuentren embarcaciones enteras -completando las piezas a la vista o bajo las mismas- si así quedaron sumergidas, con la salvedad de la destrucción previa que pudieron sufrir por cañonazos o explosiones de las propias santabárbaras.

Los pecios localizados en otros tres puntos corresponden a buques de la época, aunque sedimentos y algas impidieron que pudiera verificarse como participantes en la batalla. En los siete puntos en que se localizaron barcos de épocas posteriores no se descarta que exista superposición de restos, esto es, que también haya bajo ellos pecios de la batalla de 1702.

Rey Pichel apostó por proseguir estas investigaciones con vistas, “en la medida de lo posible en lo económico y con todas las garantías de conservación”, al rescate y musealización de los restos, concretamente, en el Museo del Mar de Vigo.

La tragedia del “Nuestra Señora del Juncal”

La firma de cazatesoros se intersa ahora por este pecio, cuya historia muestra la dureza de navegar en la flota de “la Nueva España”

La Razón-Ya casi no quedan fuerzas para arrojar nada por la borda. Después de más de una semana achicando agua, cubo a cubo, en turnos de mañana, tarde y noche, los tripulantes del «Nuestra Señora del Juncal» reciben la orden de su capitán de lanzar al mar las piezas de artillería. No hay tiempo que perder. En medio de una ingobernable tempestad, los cañones de bronce y las culebrinas comienzan a ser engullidos por las olas. Después vendrán las cajas con la mercancía, y no sólo las que esconden el millón de pesos en plata y reales. Uno tras otro son tirados al mar los cajones repletos de chocolate -el oro negro de la época- y de los tintes con los que debían vestirse los nobles de media Europa. Todo con tal de dejar la nave en los huesos.

Sin embargo, cuando el contramaestre Francisco Granillo asoma sus narices por la bodega del barco comprende que ya es inútil. La inundación alcanza los dos metros, y el agua «ya la tenían hasta los baos», las traviesas que cruzan de babor a estribor. El buzo ha regresado a cubierta cabizbajo, incapaz de reparar la proa, y ya sólo quedan dos opciones. La primera es cortar el mástil mayor. La segunda, encomendarse a Dios.

A rezar a los camarotes

En ésas estaban Luna y Arellano, el almirante Lobo y el puñado de nobles que viajaban en el galeón. Mientras el resto de la tripulación se afanaba en cubierta en salvar la nave, ellos se retiraron a sus camarotes a rezar. Mala elección.

En la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre de 1631 la nao se abrió por la proa y se fue a pique. Fueron los primeros en hundirse. Sólo 39 de los 300 tripulantes se salvaron. Ningún ricohombre entre ellos.

Así termina la trágica historia de la flota de la Nueva España de 1630-1631, la mayor expedición de la época que debía llegar a la Península, y que acabó rendida ante una devastadora tormenta. Además del «Nuestra Señora del Juncal» naufragaron el otro barco insignia, el «Santa Teresa», y uno de los 11 navíos mercantes, la nao «San Antonio». El resto pudo regresar, maltrecho, a la costa mexicana. Casi tres siglos después, la empresa caza-tesoros Odyssey pretendía expoliar el fabuloso tesoro escondido en el pecio del «Juncal», pero el Gobierno mexicano lo ha impedido. En su lugar, prepara un proyecto para inventariar los restos del esplendor español que quedan bajo el mar.

La codicia de Odyssey es comprensible. En las tripas del galeón se escondían 1.077.840 pesos -el mayor cargamento de aquellos años- que la arruinada Corona española aguardaba como agua de mayo para enderezar la costosa guerra de los Países Bajos. No es de extrañar la desolación del virrey de la Nueva España, el marqués de Cerralbo, al conocer el destino de la escuadra. «Se ha perdido la flota más rica que hasta ahora ha salido del Nuevo Mundo», escribió.

Perder este crédito a fondo perdido para la campaña de Flandes fue un desastre para Felipe IV, pero la tragedia de la flota va mucho más allá de la plata. Después de 10 años de investigaciones, la historiadora mexicana Flor Trejo ha recopilado toda la información de esta flota desperdigada por multitud de archivos, y ha puesto en valor la verdadera magnitud de esta tragedia marítima: «Hoy nos cuesta trabajo comprender lo que suponía en aquella época la llegada de un cargamento de ese valor. Que se hundiera supuso la ruina para muchos comerciantes, porque no pudieron cumplir los encargos que tenían».

En realidad, España estuvo ¡siete años! sin recibir un solo barco desde México. El anterior intento de llevar a la Península los fondos para la guerra de los Países Bajos fue frustrado en 1628 por piratas holandeses, que destruyeron la flota frente a Cuba. Hasta 1633 no se pudo armar otra y llevarla a España.

El «barco de la moda»

El señuelo que ha llevado a Odyssey tras la pista de esta flota ha sido el tesoro, pero lo más significativo es el resto de la carga. Por un lado, el chocolate, capricho de los nobles. «Había una gran afición en Europa y era un lucrativo negocio en México -explica Trejo-. De hecho, un obispo de Chiapas fue asesinado con chocolate envenenado porque intentó prohibir su consumo». Por el otro, las casi cien toneladas de tintes y semillas (añil, cochinilla, grana fina, grana silvestre…) que se usaban para teñir los ropajes de los nobles, así como un cargamento de palo de Brasil, una variedad de las conocidas como «maderas preciosas» (hoy especie protegida) cuyo color rojizo se usaba para colorear telas. «Si se miran las pinturas de la época, los nobles siempre vestían de rojo, púrpura, negro o azul, los colores más caros y más cotizados que distinguían a la Nobleza», explica Trejo. La tragedia del «barco de la moda» les dejó sin ropero.

18 mayo 2012

Galeón Juncal

Considerado el mayor tesoro hundido de la flota imperial española, el ‘Juncal’ transportaba desde América oro y plata valorada, a fecha de hoy, en 3.000 millones de euros. El lugar donde reposa el barco de Felipe IV acaba de ser localizado.

Frente a las dos horas y 40 minutos que duró la agonía del Titanic, el Juncal tardó en hundirse tres credos. Ante lo inevitable, el almirante de la flota, la más ahíta de tesoros de cuantas habían sido en la carrera de Indias, don Andrés de Aristizábal, se vistió con su hábito de Santiago, que es como se amortajaba a un caballero para la sepultura. Porque a eso sabían ya que iban todos aquel 31 de octubre del año del señor de 1631. Tres credos, dos minutos y medio escasos bastaron para que la nao viajara en vertical al fondo del Caribe, allá por el banco de Campeche, en el sureste del Golfo de México, frente al Yucatán. Y allí sigue.

Sepultura de 361 hombres. De oro como nunca se había visto. De plata. Piedras preciosas y el botín capturado en Extremo Oriente por corsarios españoles a una embajada del legendario reino de Siam (hoy Tailandia).

Al Nuestra Señora del Juncal, galeón de tres palos y 24 cañones de bronce (un auténtico Titanic para la época), se lo tragó el mar en lo que se rezan tres credos. No logró salvarse ningún soldado de los 140 que iban a bordo; tampoco las personas de calidad que viajaban, incluidos el propio almirante y el marqués de Salinas.

Sólo marineros, artilleros, tres pajes de unos 10 años y dos clérigos, a las órdenes del contramaestre Francisco Granillo, escaparon en la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre. En total, 39 vivos, 361 muertos.

En los momentos de confusión, se desató la ambición, el deseo incontrolado de apoderarse de los metales preciosos antes de que se los engullera el mar. Aparte de algunas sacas pequeñas de oro, los supervivientes cargaron en el batel (la lancha de servicio del navío) 50.000 duros de plata (1.350 kilos). Pero el riesgo de zozobrar les obligó a arrojar a las aguas el botín, no sin haber deliberado antes sobre el dilema de deshacerse de uno de los frailes o, en su lugar, de las monedas acuñadas en la ciudad de México.

La tragedia parecía cernirse sobre ellos hasta que el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, el patache de la capitana de la flota, rescataba a la diezmada tripulación. Varios días después arribaban al puerto de San Francisco de Campeche.

El Juncal está considerado el mayor tesoro hundido del imperio español. Su valor hoy en el mercado superaría los 3.000 millones de euros, entre siete y ocho veces superior al tesoro de La Mercedes. Una montaña de plata y oro de unos 120.000 kilos, haciendo un cálculo pesimista. Y mucho más, pues en el valioso cargamento también iban depositadas las esperanzas y el futuro de muchos mercaderes, en forma de cajas del cotizado chocolate, sedas, valiosísimas tinturas (grana fina y salvaje, cochinilla, palo del brasil, entre otras) para la industria textil de lujo del viejo mundo.

De la flota de 13 naves que zarpó de Veracruz rumbo a La Habana el Juncal era, a efectos de transporte de caudales, el auténtico navío insignia, por más que cerrara la comitiva. Desempeñaba el puesto de comandante en jefe el capitán general Manuel Serrano de Rivera, a bordo del Santa Teresa, a quien seguía el resto de las embarcaciones en media luna, formación de navegación característica según las ordenanzas.

La armada se disgregó tomando diferentes rumbos. No se volvió a saber nada más de la Santa Teresa. El 22 de octubre, el Juncal acusó una segunda tanda de temporales, por lo que se decidió enfilar las costas de Campeche con la intención de embarrancar. Las vías de agua eran incontrolables. Aristizábal ordenó lanzar por la borda parte del cargamento y piezas de artillería. Se vieron obligados también a cortar el palo mayor para lograr estabilidad.

De poco sirvió que el almirante don Andrés de Aristizábal, que accedió al puesto por muerte del general Miguel de Echazarreta, en Veracruz, animara a sus hombres en la contienda contra las fuerzas de la naturaleza. Durante 10 extenuantes jornadas, todos los tripulantes, soldados y pasajeros mantuvieron una titánica batalla contra el agua que invadía el casco.  Se achicaba agua con las bombas, con vasijas, con botijas; día y noche, por turnos. Estamos ante uno de los grandes desastres de la carrera de Indias,  muy superior a los casos del Atocha, del Margarita (1622), o del Maravillas de 1656. Mitos de la época aún hoy en pie.

Cuando la noticia llegó a Madrid, cinco meses después, la desolación se apoderó de la Corte y el monarca quedó tocado, desesperado, ante la situación derivada del desastre. Casi 400 años después, el codiciado cargamento del Juncal podría convertirse en motivo de una pugna legal tan controvertida como la del Odyssey.

La sentencia dictada recientemente por la Corte de Apelaciones de Atlanta, que obligó a Odyssey a devolver las 17 toneladas de oro y plata de La Mercedes, supone un precedente en la protección de los cientos de pecios bajo pabellón español que se encuentran tanto en aguas internacionales como en las territoriales de terceros países.

De aflorar el oro del Juncal, ¿a quién le correspondería en esta ocasión? ¿Al Estado español o al mexicano?

Hasta este momento, quien mayor interés parece tener en rescatarlo no es ningún país sino Odyssey. La empresa de Greg Stemm lleva años solicitando permisos al Gobierno de México para el buceo y expolio del navío de Aristizábal, utilizando para ello a políticos y otros individuos cercanos al poder. La falta de recursos de muchos países o el desinterés hace que muchas veces los gobiernos pongan en manos de empresas privadas depredadoras la explotación del patrimonio sumergido.

El Galeon de Hernan Cortes:

Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano, conquistador español del imperio azteca. I marqués del Valle de Oaxaca, gobernador y capitán general de la Nueva España. Wikipedia

La corriente del Golfo de México había arrastrado al galeón a unas 200 millas de la costa y era cuestión de izar la vela mayor y la mesana para que, doblando la península de Mérida, el viento lo impulsara hasta el istmo de Panamá. Desde allí, los convoyes imperiales salían rumbo a Cádiz, donde vaciaban las riquezas recopiladas en las prodigiosas tierras del Nuevo Mundo.

Pero en vez de seguir su curso habitual, el Nuestra Señora del Monte Carmelo se desvió mar adentro y enfiló su proa hacia los tempestuosos mares del sur. Para la tripulación aquella maniobra tenía un significado claro: el capitán Juan Esteban Ubilla y Echeverría planeaba escatimar a la Corona el oro robado en los templos de Tenochtitlán y el jade de los altares de Chichén que brillaban como ascuas en las bodegas.

Si Dios se compadecía de sus almas, el comodoro y sus marinos lograrían atravesar con vida el tenebroso estrecho de Magallanes; buscar el abrigo de un fondeadero, bajar a tierra y repartirse el botín. ¡Quién hubiera imaginado a don Juan Esteban, caballero de la Orden de Santiago, convertido en un vulgar pirata!

Tres siglos más tarde -o, para ser más precisos, hace hoy una semana y media- la embarcación de recreo Tifany atracó en el mismo sitio donde supuestamente lo hizo Nuestra Señora del Monte Carmelo: en Bahía Villagra, un antiguo refugio de piratas al sur de la mayor de las islas que conforman el archipiélago de Juan Fernández.

La máquina, parecida a los carritos que lavan el piso en los aeropuertos, pasó de la cubierta a la plataforma de una camioneta 4×4 que esperaba en tierra. El vehículo se dirigió con el extraño artefacto y las personas que lo operaban hacia las faldas del cerro Tres Puntas, una de las cumbres más altas de la isla Robinson Crusoe, antiguamente conocida por el nombre de Más Adentro. Si nos fijamos en el mapa veremos que se la llamaba así por ser la que más cerca se encuentra del continente. El robot estuvo inspeccionando el abrupto terreno, cubierto de roca volcánica, como lo haría un sabueso, yendo de un lado a otro hasta que algo le hizo detenerse y emitir unos sonidos que alertaron a los técnicos.

Pocas horas después, Rodrigo Irarrázaval, representante de Wagner Tecnologías, la empresa chilena que organizó la expedición, telefoneaba a Santiago para transmitir a sus socios una novedad que superaría todo cuanto se hubieran atrevido a imaginar. El tesoro que habían descubierto consistía en 800 toneladas de oro en 600 barriles, piedras preciosas y estatuas de oro de la época Inca. Se especula con que el barco podría también transportar 10 anillos papales.El hallazgo valdría unos 10.000 millones de dólares, casi lo mismo que la deuda externa de Chile, país que hace dos siglos extendió su soberanía al archipiélago.

La fama del Robot Trazador de Rutas (TR) que tanto revuelo ha causado, no es de hoy. Hace dos meses, Arturito, como le llamó su inventor, el ingeniero Manuel Medina, descubrió el arsenal de armas que ocultaban los jefes de Colonia Dignidad, un enclave alemán ubicado al sur de Chile que sirvió de campo de entrenamiento y laboratorio de torturas durante la dictadura de Augusto Pinochet.

El aparato pesa 35 kilos, posee una carrocería de aluminio acoplada a una plataforma rodante y funciona mediante un diminuto reactor atómico. Lleva incorporado un ordenador que se programa según lo que se pretende buscar. En la parte delantera sobresale un cañón de grafito que dispara rayos gamma. La onda emitida tiene un radio de acción de 15 kilómetros, sobre o debajo de la superficie.Si al rebotar detecta un perfil logarítmico asociado a lo que se busca, deja un registro en el disco duro y lo exhibe en una pantalla. Tres países, Canadá, Inglaterra y Perú se han interesado en adquirir este producto de la tecnología chilena.

Convencido de la verosimilitud del hallazgo, Fernando Uribe Echeverría, director de la Wagner, convocó el martes pasado una rueda de prensa en la que anunció que sus hombres habían dado con el mayor tesoro de las Américas. El empresario, quizás un descendiente lejano de aquel Ubilla Echeverría que murió nueve años después de abandonar Veracruz, respondió con soltura a todas las preguntas que se le hacían, menos la del reportero que quiso averiguar dónde exactamente habían sido encontradas aquellas riquezas.El interpelado dijo que no se darían pistas por evitar que «chilenos y gente de todo el mundo se contagie con la fiebre del oro y conviertan las islas en un pandemonium».

Si el propósito del ejecutivo era proteger al archipiélago, que en 1978 fue declarado parque natural y más tarde reserva mundial de la biosfera, de una invasión de los cazadores de tesoros, el resultado fue a la inversa. Los diarios no habían salido de la imprenta cuando una legión de aventureros de todas las nacionalidades desembarcó allí preguntando dónde se compran palas, picotas, mapas, brújulas y hasta dinamita. «Los hoteles tuvieron que alojar huéspedes en casas particulares y fletar avionetas para transportar del continente papel higiénico, agua mineral y todas esas menudencias que no se producen en la isla. No es la primera vez que viene gente por estos lados a buscar el oro de los piratas, pero nunca en manadas, como ahora», dijo Patricio Segovia, un operador turístico, a la Radio Cooperativa.

EL ALCALDE PIDE UN MUSEO

Al principio, el alcalde Lepoldo González se mostró un tanto escéptico. Ahora dice a CRONICA que habló con el equipo de la Wagner y le parecieron gente seria. «Si esa tremenda huaca (tesoro) existe, tendrán que cederlo porque sería patrimonio universal.Lo más apropiado sería construir aquí un museo para exhibir las piezas, en el lugar donde fueron enterradas».

Entre tanto forastero que arribaba al pequeño aeropuerto de Punta Truenos, había un rostro que a los lugareños les resulta familiar y simpático: el de Bernard Keiser, un norteamericano que, desde 1994, visita periódicamente las islas. La primera vez lo hizo atraído por los bellos paisajes que descubrió en un documental.Más tarde volvió para excavar, pero no a ciegas como los que padecen del hechizo aurífero, sino de acuerdo con un plan sistemático, basado en previos conocimientos y financiado por él mismo. Corpulento, de sonrisa fácil y trato llano, Keiser no delata lo que es: un historiador de renombre y un magnate textil que ha invertido casi tres millones de dólares en la prolongada e infructuosa búsqueda del mismo tesoro que el equipo de Wagner dice que encontró al primer intento.

«Algo deben de haber hallado pero nada tan cuantioso como postulan.Ningún navío del siglo XVIII podía atravesar el estrecho de Magallanes con ocho toneladas de carga». explica el investigador en un español pedregoso. El Gringo, como le conocen todos, no ha tenido suerte en sus prospecciones. Pero se granjeó la confianza de María Eugenia Betche, isleña de varias generaciones, que puso en sus manos un documento de incalculable valor: la bitácora del Royal Eagle, uno de los buques ingleses que asediaban las rutas ultramarinas del comercio español.

En la entrada del día 17 de octubre de 1729, el diario consigna la captura del Nuestra Señora del Monte Carmel «en aguas de Cumberland», como era conocida la isla de Más Adentro por los corsarios británicos.George Anson, capitán de la nave, apunta de su puño y letra que los españoles se rindieron sin presentar batalla y que a cambio del perdón de su vida y de la de sus hombres, Ubilla Echeverría le cedió «el oro de Moctezuma» (una referencia a la fabulosa riqueza que se adjudica a los reyes aztecas). El documento no precisa si el tesoro fue subido al Royal Eagle o si Anson prefirió que quedara sepultado en la isla para dividirlo al final de su depredadora travesía por el Pacífico.

Bernard Keiser dedicó dos años al esclarecimiento de esa duda convertida en una obsesión que le obligaba a permanecer días enteros en la biblioteca del Museo Militar Británico. Finalmente, el norteamericano encontró en un archivo de la época del reinado de Isabel I, el mensaje que un tal Cornelius Webb había hecho llegar a lord Anson, ennoblecido por los servicios prestados a la corona. En esa carta, redactada en el puerto de Valparaíso (Chile), Webb informaba a su patrón que no ha conseguido rescatar el tesoro puesto que al desplegar las velas, se quebró el palo mayor. Y que más tarde, la sospecha de que la tripulación preparaba un motín, le indujo a quemar la nave (Unicornio) y refugiarse bajo una falsa identidad, en tierras dominadas por los soldados de Felipe V.

«De repente, entendí como cuadraban las partes del rompecabezas.Webb, lugarteniente del ennoblecido corsario, se había tenido que retirar sin llevarse el tesoro, que permanece hasta hoy sepultado en algún lugar de Juan Fernández. Por otra parte, el Archivo de Indias da cuenta de la insumisión de Ubilla Echeverría y de la orden impartida a los leales súbditos de capturarlo muerto o con vida», cuenta Keiser.

Situado a 670 kilómetros del continente, Juan Fernández debe su nombre al navegante murciano que lo descubrió en 1574 y tomó posesión de sus tres islas representando a la Corona. Los visitantes que llegan por primera vez se despistan, pues en vez de hallar las extensas playas y los cocoteros de un paraíso exótico, se encuentran con un paisaje de cerros escarpados y de gargantas casi inaccesibles por lo tupido de la vegetación.

La costa es igualmente accidentada y la suma de estas características fue lo que convirtió sus 9.967 hectáreas en una especie de sucursal bancaria donde piratas y corsarios depositaban sus ganancias.El más famoso de sus 800 habitantes fue el marino escocés Alexander Selkirk, que permaneció aislado en la isla de Más Afuera entre 1704 y 1708, inspirando a Daniel Defoe para crear a Robinson Crusoe. Si resucitara, el legendario personaje se espantaría de ver a la muchedumbre que escarba su solitario reducto con la esperanza de llevarse un cofre o, por lo menos, un doblón de recuerdo.

La camara Sepulcral perdida de Keops:

Dos franceses aficionados a la arqueología afirman que han localizado un cuarto desconocido en la pirámide de Keops que podría ser la cámara funeraria del faraón, pero las autoridades egipcias les niegan permiso para hacer pequeñas excavaciones destinadas a verificar esta hipótesis.

“Si se descubriera la cámara funeraria de Keops, sería el mayor hallazgo desde Champollion. Tutankamon no era más que un pequeño rey comparado con él”, afirmó el profesor Nicolás Grimal, del Colegio de Francia, al diario “Libération”, que publica hoy un amplio reportaje sobre el tema.

La habitación desconocida, situada debajo de la sala de la reina, podría ser la verdadera cámara funeraria del faraón Keops, cuya momia nunca ha sido hallada, dicen los dos arqueólogos aficionados Gilles Dormion y Jean-Yves Verd’hurt.

Para verificar esta “hipótesis”, bastaría con perforar un agujero de 15 milímetros y pasar un endoscopio. Pero, pese al apoyo de egiptólogos reconocidos, las autoridades egipcias deniegan el permiso.

Grimal, que ha escrito el prólogo del libro de los dos arqueólogos aficionados sobre sus hallazgos, pidió hace un año, en nombre del Colegio de Francia, autorización para verificar la tesis, pero no ha tenido éxito.

El egiptólogo Michel Vallogia, de la Universidad de Ginebra y director de la misión en Abu Rawach (pirámide del hijo de Keops), ha presentado la misma solicitud, igualmente en vano.

La dirección de Antigüedades egipcias deniega el permiso porque, según su responsable, Zahi Hawas, “no se puede permitir excavar las pirámides basándose en una simple teoría”.

“Son alucinaciones. Teorías como ésta las hay a diario”, dijo Hawas, antes de agregar que ‘nosotros los científicos debemos proteger las pirámides contra aficionados’ como Dormion y Verd’hurt.

Dormion, técnico de un bufete de arquitectura, observa la estructura de la pirámide de Keops desde 1986 para tratar de entenderla, y, con Verd’hurt, reveló en 2000 la existencia de dos salas desconocidas en otra pirámide.

Los dos y los egiptólogos que los apoyan tratarán de recabar el apoyo de otros expertos en el IX Congreso internacional de Egiptología, que se celebrará el próximo día 8 en Grenoble (sureste francés).

Tesoro del Grosvenor, y otras joyas submarinas:

DESDE hace muchos años, la búsqueda de tesoros submarinos es una actividad que ha cautivado la mente del hombre, y es originada al considerar que el fondo del mar está sembrado de tesoros: galeones hundidos cargados de plata, cofres con lingotes de oro, guardados por monstruos gigantescos, y que pueden hacer rico en un solo momento a quien se aventure en esta empresa. La literatura de ficción ha manejado desde hace mucho tiempo esta idea y, recientemente, el cine y la televisión la han hecho crecer en la mente humana.

Además, algunos investigadores han calculado que una cuarta parte de todo el oro y la plata extraídos de la tierra ha ido a parar al fondo de los mares, donde espera ser rescatado. Esto se basa en que centenares de barcos, cargados de oro y plata, naufragaron durante los cinco últimos siglos a consecuencia de ciclones, tormentas o combates. Los mismos investigadores también han calculado que esas riquezas suman en total 170 000 millones de dólares, lo que ha llamado poderosamente la atención del hombre para iniciar grandes aventuras de exploración submarina en busca de esa fortuna.

Sin embargo, aunque existen numerosas embarcaciones sumergidas, no contienen riquezas tan fabulosas como se ha creído, y a pesar de que el hallazgo de un tesoro es posible, constituye una excepción. Por otra parte, hay que tomar en cuenta que la recuperación de un tesoro del fondo oceánico cuesta muchos millones de pesos.

Entre los tesoros formados por monedas de oro y joyas, es famoso el del rico galeón portugués Florencia, barco de gran tamaño que desplazaba 961 toneladas y llevaba a bordo 400 soldados, 52 cañones, además de 100 tripulantes. Transportaba un formidable tesoro cuando fue atacado por piratas y hundido a 20 metros de profundidad, a la altura de la pequeña isla de Mull, al oeste de Escocia. En el siglo XVI se trató de rescatarlo, pero las técnicas de buceo y aquella profundidad resultaron insuperables. En el año de 1730 se inició el rescate; se sumergió una campana con varios buzos, quienes recuperaron algunas monedas de oro y un cañón de bronce de tres metros de longitud. Durante todo el siglo XIX se hicieron nuevos intentos para recuperar más piezas del tesoro, usando ya las primeras escafandras para buzo, que entonces se inventaron.

Después de haber sido cubierto por una gran capa de arena, en 1902 se localizó exactamente el lugar donde se encontraba la mayor carga del Florencia, y se determinó la profundidad; esto permitió, no sin grandes esfuerzos, rescatar otro cañón de bronce, todavía cargado con una bala, numerosos sables y mosquetones. En cuanto a las grandes riquezas en oro y joyas, no se encontró más que un anillo y 50 monedas de oro, a pesar de que se estima que la embarcación transportaba 30 millones de ducados. El último intento por rescatar este tesoro se realizó en 1950, y los buceadores sólo encontraron restos de madera, vajilla, esqueletos humanos y de animales.

Durante la época del descubrimiento de América fueron transportadas desde el Nuevo Continente hasta Europa, principalmente a España, miles de toneladas de plata y cientos de oro; se calcula que, entre los años de 1530 y 1560, solamente la ciudad de Sevilla recibió, por mar, 101 toneladas de oro y 567 de plata. Muchos de los galeones españoles terminaron su existencia sobre los fondos madrepóricos, guardando, probablemente, fabulosas riquezas; sin embargo, ha sido difícil localizarlos, ya que después de permanecer siglos en el fondo de las aguas suelen confundirse fácilmente con el paisaje submarino y, además, como la madera se pudre y es cubierta por la arena y el limo, se disimulan todavía más. Por esto, numerosos tesoros no han vuelto a ser recuperados.

Uno de los más famosos naufragios fue el de 1601. Durante una tempestad con ráfagas de vientos del norte, 14 galeones y más de 1 000 hombres desaparecieron en el mar, frente a la entrada de Veracruz, junto con dos millones de ducados en metales preciosos.

Estos tesoros de la época del descubrimiento de América han sido muy buscados, con escaso éxito, por infinidad de aventureros. Entre las exploraciones que lograron su objetivo se puede contar la que en 1867 realizó William Phips en su buque de la Marina Real Británica, que localizó al barco Nuestra Señora de la Concepción, hundido en 1 641, 50 millas al norte de Santo Domingo, con uno de los más importantes tesoros que se conocen en los anales del mar. Este barco se encontró sobre el banco coralino de Ambrosia, densamente poblado de arrecifes, y de él se recuperaron 26 tonadas de oro y plata que fueron llevadas a Londres.

Como históricas huellas del tráfico comercial que se realizó entre el Nuevo Continente y las distantes costas de España, Inglaterra y Holanda, quedaron el hundimiento de las embarcaciones en los arrecifes que se encuentran frente a la península de Yucatán, como el de Alacranes y el de Chinchorro, que tienen más de 100 metros de largo y unos 25 de ancho. En los rescates submarinos se han recuperado infinidad de cañones, pesadas balas, candelabros, campanas, anclas, grandes vasijas, así como objetos personales: anteojos, relojes, hebillas, botones, etcétera, que aportan datos sobre las costumbres y recursos de los siglos XVII y XVIII. Muchas de estas piezas están depositadas en los museos de diferentes estados de la República Mexicana.

En otros lugares del mundo también ha sido reportada la existencia de enormes tesoros en los fondos marinos. Así, por ejemplo, el tesoro del Grosvenor, barco hundido en 1783, quedó a sólo nueve metros de profundidad, de los cuales seis eran de agua y los tres restantes de arena, lo que ocasionó que su recuperación fuera muy difícil, pero prometedora, ya que este barco llevaba objetos con valor de 3 000 000 de libras esterlinas.

Víctima de una gran tempestad, este barco fue a estrellarse contra las rocas, no muy lejos del Cabo de Buena Esperanza, en África del Sur. Los trabajos de localización, primero, y los de rescate, después fueron largos, difíciles y costosos, y el éxito; hasta la fecha, ha sido casi nulo.

En los tiempos modernos también han naufragado embarcaciones que cargaban grandes cantidades de dinero y otros valores que representan, de manera equivalente, el tesoro de los navíos antiguos. En 1881, el paquebote británico Egypt fue hundido por el rompehielos Seine, que choco con él en plena niebla y quedó a 120 metros de profundidad. Utilizando escafandras acorazadas capaces de resistir tremendas presiones, fue posible recuperar más de un millón de libras esterlinas que transportaba el Egypt.

La construcción del Titanic se inició en 1908 en Belfast, obedeciendo a la lucha por el dominio del mar entre Alemania e Inglaterra. Con 45 000 toneladas de desplazamiento era el transatlántico más lujoso y grande de su tiempo. Mas chocó contra un iceberg en su viaje inaugural y se hundió en sólo dos horas y 15 minutos, el 14 de abril de 1912.

Después de 73 años de búsqueda, el 2 de septiembre de 1985 fueron encontrados sus restos a cuatro kilómetros de profundidad, a unos 600 kilómetros al sur de Terranova. Al parecer, las cajas fuertes del barco contienen millones de dólares en oro, diamantes y otras joyas, además de una joya única, el libro de Omar Khayyam, recubierto de piedras preciosas y que hoy sería invaluable. La expedición franco-estadounidense que lo descubrió se ha manifestado por que las Naciones Unidas declaren el lugar monumento submarino internacional y dejen al buque y lo que contiene en donde está. Así, el Titanic permanece en el mar engrosando los tesoros que esconde celosamente.

Durante las guerras mundiales muchos barcos fueron hundidos. El crucero británico Laurentic, que en 1917 embarcó 40 toneladas de oro y plata para pagar a Estados Unidos partidas de suministros bélicos, fue hundido al norte de Irlanda por un submarino alemán a 35 metros de profundidad. Durante la posguerra, los ingleses, aplicando técnicas modernas, consiguieron recuperar 39 toneladas, estableciendo un récord de rescate en toda la larga historia de los tesoros sumergidos.

Otra víctima de la guerra fue el Niágara, que transportaba, en 1940, un cargamento desde África del Sur con destino a América; fue torpedeado y hundido cerca de las costas de Nueva Zelanda, y quedó a 133 metros de profundidad. A pesar de ello, una parte del oro fue recuperada; se sacaron 555 lingotes —de los 590 que transportaba el buque—, con un valor de más de 3 millones de libras esterlinas.

En julio de 1985 hubo un gran hallazgo en Key West, Florida, Estados Unidos: el del galeón español Nuestra Señora de Atocha, lleno de oro, plata y piedras preciosas extraídos de las minas de México, Perú y Colombia.

El Atocha naufragó, junto con ocho galeones, entre el 4 y el 5 de septiembre de 1622 ante la furia de una tormenta huracanada. El valor de su tesoro se calcula en unos 400 millones de dólares, pero sólo se encontraron 63 cofres con 250 000 doblones de oro, acuñados en México en el siglo XVIII. Los de menor valor son de 300 dólares, y los de mayor de 1 200. De ahí se extrajeron 70 000 dólares en barras de plata.

Aparte del valor monetario, el descubrimiento del Atocha tiene una gran importancia arqueológica, pues según los investigadores, es “un pedacito del siglo XVII en condiciones de poder ser estudiado por científicos del siglo XX“.

La exploración submarina para rescatar embarcaciones hundidas no sólo se ha empeñado en buscar fabulosos tesoros, sino también en localizar piezas arqueológicas, lo que dio origen a una rama de las ciencias del mar a la que se le llama arqueología submarina.

El gran desarrollo alcanzado por la exploración submarina en la última década, junto con la proliferación de centros y clubes dedicados a las actividades subacuáticas, ha llevado a la creación de una infraestructura técnica y administrativa, cuyo mejor representante es la Confederación Mundial de Actividades Submarinas. Estas organizaciones realizan investigaciones cuyos resultados son presentados en congresos internacionales. En el que se llevó a cabo en Cannes, por ejemplo, se declaró como una rama de las ciencias del mar a la arqueología submarina.

Cientos de trabajos de investigación en arqueología subacuática se realizan en los océanos del planeta. En aquéllos, las técnicas utilizadas generalmente desarrollan los siguientes pasos: trabajo de planificación y topografía, debido a la imperiosa necesidad de establecer un plano del fondo, con el fin de tener así una visión de conjunto, con todos sus detalles; situación del yacimiento, para poder llegar al mismo lugar en donde se encuentran las piezas arqueológicas o la embarcación hundida en diferentes tiempos; determinar el sistema de excavación, que difiere según el material que recubre los restos; y, por último, la recuperación, que generalmente se hace en varios años, realizando distintas inmersiones.

En los últimos años, la arqueología ha logrado avances sorprendentes en lo que se refiere a métodos y técnicas; por ejemplo, el que se utiliza a base de carbono 14, para determinar la cronología de las piezas encontradas.

Con estas técnicas se ha iniciado una nueva era de investigación submarina, pues se creía que después de los descubrimientos realizados en Creta, a principios del siglo, por Arthur John Evans, y los más modernos en Mohenjo-Daro y Yucatán, parecía ya que muy poca cosa quedaba por descubrir. Pero ahora, gracias a esta tecnología, la exploración arqueológica submarina ofrece un vastísimo campo de actividades.

A principios de este siglo, en 1907, se hicieron los trabajos que pueden ser considerados como el inicio de la arqueología submarina. Un pescador griego de esponjas localizó, frente a la población de Mahdia, en la costa tunecina, a 40 metros de profundidad y 5 kilómetros de la orilla, lo que él consideró que eran unos cañones. El Departamento Marítimo de Bizerta (Túnez) organizó la expedición para la extracción. Se emplearon equipos de buzo de escafandra clásica y una grúa que se instaló sobre una embarcación. Al ser izado a bordo uno de los supuestos cañones, y después de quitar las incrustaciones biológicas que lo cubrían, se percataron que se trataba de una columna de mármol griega de estilo jónico.

Los buzos de la expedición, después de realizar varias inmersiones, indicaron que el fondo submarino estaba cubierto por seis hileras de columnas, de 10 piezas cada una. El conjunto ocupaba una extensión regular de unos 40 metros de longitud por 12 metros de anchura, lo que indicaba la presencia de una antigua nave hundida.

Entre 1908 y 1913 hubo cinco campañas de excavación en las que intervinieron buzos griegos y la marina francesa, que proporcionó el remolcador Cycople. Se rescataron piezas arqueológicas muy importantes, que actualmente se exhiben en seis salas del Museo del Bardo en Túnez. Entre las piezas más valiosas está una de bronce, de 1.40 metros de altura, que representa a Eros vencedor en el tiro al arco, réplica notable de un original griego del siglo IV.

En 1948, es decir, cuarenta años más tarde, animado por los extraordinarios resultados de estas investigaciones submarinas, el comandante Cousteau organizó una expedición donde utilizó el buceo autónomo, demostrando las posibilidades de este método de buceo en la exploración arqueológica submarina. Fueron recogidos restos de la madera del barco, de 2 000 años de antigüedad, recubiertos con un barniz protector de fórmula desconocida y de color amarillento. Los trabajos y exploraciones de Madhia proporcionaron datos acerca de la investigación antigua y de la construcción de barcos.

Otro descubrimiento para la arqueología submarina, de gran interés por su antigüedad, fue el de una nave griega que data del siglo III a. C., localizada en 1952 cerca de Marsella. Junto a ella encontraron una extensión del fondo oceánico recubierta de vasijas antiguas que resultaron ser ánforas y platos. En este trabajo se empleó por primera vez la televisión submarina, lo que permitió a los investigadores, cómodamente instalados en el barco, contemplar los trabajos que se hacían a 30 y 40 metros de profundidad, dando instrucciones a los buzos a través de micrófonos y altavoces submarinos.

Durante el trabajo, que duró aproximadamente seis meses, se recuperó la impresionante cantidad de 3 000 ánforas, muchas de las cuales conservan todavía su tapón de corcho y el sello de su arca; en una de ellas se encontraron restos de vino. A pesar de los estudios hechos, esta nave guarda aún muchos de sus secretos y se hacen necesarios nuevos trabajos de exploración submarina para aclararlos.

Uno de los descubrimientos que ha sido estudiado con el máximo rigor científico, es el de un campo de ánforas descubierto en el archipiélago de la Magdalena, en 1958. Ahí se hundió una nave romana, entre la costa septentrional de Cerdeña y la isla de Spargi, a una profundidad de 18 metros, y se encontró cubierta de arena y plantas marinas.

Las aguas de ese lugar tienen una visibilidad media de unos 30 metros, lo que permitió que se aplicaran nuevas técnicas de estudio de la arqueología submarina, como el encuadramiento del yacimiento arqueológico mediante la utilización de redes de seis por 10 metros con cuadros de dos por dos; estas redes se colocaron sobre las ánforas y se pudieron marcar los lugares exactos donde se localizaban en el fondo del mar. Así, se pudo reconstruir en el laboratorio las condiciones que tuvieron en el fondo marino.

Se puede decir que la mayoría de los bronces griegos de los museos europeos provienen del mar, como el busto de Deméter, que data del siglo IV a. C., y que fue descubierto en 1950 frente a la isla de Cnido. En 1943, utilizando para la inmersión la escafandra autónoma, se descubrió, en la ensenada de Saint-Gervais, la bellísima cabeza de marfil de Afrodita, la cual data del siglo I a.C.

En el puerto de Saint-Tropez se localizaron grandes bloques de mármol que pesan varias toneladas y estaban a unos cuantos metros de profundidad. Los bloques son de mármol de carrara y tienen profundas perforaciones producidas por unos moluscos conocidos con el nombre de dátiles de mar, que han prestado un gran servicio a la cronología, pues permitieron calcular, mediante la medición de estos orificios, la fecha de inmersión de los objetos de mármol.

No en todos los rescates de tesoros del fondo marino se han logrado sacar piezas aisladas. En el caso del barco sueco Vasa, la recuperación fue total, y actualmente constituye el atractivo principal del Museo Marítimo de Estocolmo.

Este barco, orgullo de la armada sueca, se hundió en su primer viaje en 1628. Tenía 62 metros de eslora, 1 300 toneladas de desplazamiento, 64 cañones y permaneció 300 años a 32 metros de profundidad. En 1957 se iniciaron las tareas de rescate. Los buzos excavaron túneles por debajo de la quilla y a través de ellos hicieron pasar cables de acero, tejiendo una red sobre la que se izaría el barco y, con la ayuda de flotadores, en 1959 el Vasa pudo salir a la superficie. Inmediatamente empezaron los trabajos de conservación, restauración y recuperación de piezas, algunas de ellas de sumo interés histórico. Para conservar la nave, se colocó en un ambiente de alta humedad y, al mismo tiempo, se cubrió con productos químicos adecuados, lo que dio como resultado una magnífica pieza de museo.

Figura 39. Barco Vasa.

La búsqueda de tesoros y de piezas arqueológicas cubiertas por las aguas no sólo se ha llevado a cabo en el mar, sino también en aguas de lagunas litorales y continentales. Uno de los más famosos hallazgos a nivel mundial, tanto por sus resultados como por la aplicación de nuevas técnicas para la arqueología submarina, es el del Cenote Sagrado de Chichén-Itzá, en Yucatán, México, en donde se usaron las mismas técnicas de exploración submarina que en el mar para descubrir sus ricos tesoros arqueológicos. La primera campaña se inició en 1904 y duró hasta 1911. En el cenote se recuperaron piezas de jade y de oro valuadas en 2 000 000 de dólares. Por otra parte, se publicaron varios trabajos científicos que demostraron que los mayas tenían relaciones con los aztecas, habitantes del valle de México, y con otros pueblos de América Central y de Colombia.

En 1954, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y el Club de Exploraciones y Deportes Acuáticos de México realizaron una serie de trabajos utilizando la escafandra autónoma, pero estas exploraciones fracasaron por la falta de visibilidad que presentaban las aguas del cenote, ya que no se contaba entonces con medios de iluminación subacuática

En 1962 se insistió en los trabajos de exploración; se utilizó para ello una bomba de succión con la que se pudieron recuperar centenares de obras de arte durante los cuatro meses que duró la expedición. En 1967, además de la bomba, se emplearon técnicas para purificar y aclarar el agua del cenote y, así, los buzos y arqueólogos pudieron extraer grandes cantidades de piedras esculpidas: aparecieron varios jaguares artísticamente labrados en piedra, tres grandes serpientes, un ídolo entero y fragmentos de otros, así como muchas piezas de bronce, oro, plata, jade, coral, cristal de roca, etcétera.

Figura 40. Cenote de Chichén-Itza, Yucatán, Méx.

El descubrimiento de todas estas riquezas, a las que se calcula una antigüedad de 1 200 años, ha significado una victoria para la arqueología subacuática, y las piezas recuperadas han enriquecido, aún más, los museos de México, como es el caso del Museo de Antropología e Historia, considerado como uno de los más bellos del mundo. Sin embargo, se calcula que todavía falta mucho por descubrir en el cenote.

A pesar de que tiene mucho de ficción, la búsqueda de tesoros por los mares del mundo es importante porque ha permitido perfeccionar las técnicas en la exploración para localizar verdaderas riquezas en el mar, como son todos los datos que, de la historia de la humanidad, aporta la arqueología submarina. Si el Mediterráneo es el mar de los restos clásicos romanos y griegos, el Atlántico lo es de las nuevas culturas. Siempre seguirá el interés, tanto científico como de aventura, para buscar en el fondo de los océanos esa fabulosa riqueza arqueológica, que representa el incremento de la cultura del hombre.

Tumbas de La dinastia Ming:

Las Tumbas Ming están situadas a unos 50 kilómetros de Pekín, en la República Popular China. En ellas están enterrados trece emperadores de la dinastía Ming así como 23 emperatrices, cortesanos y concubinas de la corte.

Se trata en realidad de una necrópolis que ocupa una extensión de más de 40 km². El conjunto está situado en un valle, al sur de la montaña Tianshou. Las tumbas se construyeron entre los años 1409 y 1609. En julio de 2003 fueron declaradas como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, sufriendo ampliaciones del área protegida en los años 2003 y 2004. Con una zona de protección de 338’34 ha y una zona de respeto de 2.365’04 ha.

Durante el periodo de la dinastía Ming existía la creencia de que, una vez muerta, una persona seguía teniendo las mismas necesidades que cuando estaba viva. Por eso las tumbas están construidas como si se tratara de palacios, siguiendo las reglas de construcción marcadas por el Feng Shui. En las tumbas se han encontrado más de 3.000 objetos diversos, muchos de ellos de uso cotidiano como vestidos de seda o adornos fabricados en oro, plata o jade.

Aunque cada emperador diseñaba su propio mausoleo, todas las tumbas tienen unas características estructurales comunes. Constan de tres partes distintas: la primera comprende los edificios destinados a realizar los sacrificios; después la torre de las estelas funerarias; finalmente el sepulcro, realizado bajo tierra y que quedaba sellado después del funeral.

De entre los trece mausoleos sobresale el del emperador Zhu Yijun. Fue la primera que se desenterró en el año 1957. No fue saqueada por los ladrones, así que en su interior se encontraron numerosos objetos. La tumba está compuesta por cuatro construcciones de entre las que destaca el Sepulcro Subterráneo, una construcción que ocupa 1.195 m2 y que, a su vez, está formado por cinco palacios construidos en piedra. La construcción está a 27 metros bajo el nivel del suelo.

La mayor tumba de todo el conjunto funerario pertenece al emperador Yongle. En ella, a demás del emperador, está enterrada la emperatriz Ren Xiaoxi. A unos dos kilómetros de está tumba se encuentran las sepulturas de 16 de sus concubinas que fueron elegidas para acompañar al emperador en su último viaje.

La entrada a las tumbas se realiza a través del camino sagrado, un paseo de 6,4 km rodeado de 12 esculturas realizadas en mármol en el siglo XVI. Estas estatuas representan a la guardia de honor del emperador. De ahí se accede a la Avenida de los Animales en la que se pueden observar figuras de animales, reales o fantásticos, realizadas también en mármol.

Al inicio del camino se puede observar una estela de 9 metros de altura del emperador Hongxi. A los pies de la estela se encuentra la figura de una tortuga, símbolo de la longevidad. El camino finaliza en la Puerta del Dragón y el Fénix, realizada en mármol blanco y con una serie de bajorrelieves en su base.

La Tumba Ming Xiaoling está en la ciudad de Nankín en la República Popular China. En ella está enterrado el fundador de la Dinastía Ming, Zhu Yuanzhang. En el año 2003 fueron declaradas como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, sufriendo ampliaciones del área protegida en los años 2003 y 2004.

Zhu Yuanzhang era hijo de una familia de campesinos y pasó parte de su infancia sirviendo en un monasterio. Durante la dinastía Yuan se unió a las tropas rebeldes que luchaban contra el poder establecido y que acabaron con la dinastía. Al mando de una de las facciones rebeldes más fuertes, Zhu Yuanzhang se proclamó a sí mismo emperador bajo el nombre de Hong Wu e inició la dinastía Ming.

El mausoleo está en la ladera sur-oeste de la Montañas Púrpura. Según cuenta la leyenda, para prevenir el saqueo de la tumba, trece procesiones funerarias salieron de trece ciudades diferentes para evitar que se conociera el lugar exacto del entierro. La construcción se inició en 1381 y finalizó en 1405. La muralla original del mausoleo tenía 22 kilómetros. Su construcción contó con la vigilancia de más de 5.000 soldados. El recinto superficial está rodeado por un muro rojo rematado con tejas amarillas, colores que señalaban que aquella eran una área imperial. Su entrada es tan imponente como la de un palacio de la Ciudad prohibida. Consta de tres accesos arceados, pero sólo se permitía el paso por dos de ellos, los laterales; el central estaba reservado al emperador.

Su mausoleo ocupa una superficie conocida de casi 2.000 metros cuadrados y viene a ser una representación en miniatura de la Ciudad Prohibida. Hoy alberga un musoleo en que se exponen gran números de objetos hallados en su interior durante los años cincuenta del siglo XX. Más seiscientas mil personas participararon en la construcción de esta tumba durante los seis años que se tardó en terminar la obra.

Esta es la mayor de las tumbas Ming y la única que está situada lejos de Pekín. La tumba en sí aún no ha sido encontrada y se cree que aún no ha sido saqueada. La entrada al recinto se realiza a través del camino sagrado en el que se pueden observar estatuas que representan a tres pares de funcionarios y doce pares de animales, tumbados y erguidos, que vigilan el camino. Tiene una longitud total de 1.800.

El Mausoleo de Qin Shi Huang, es el gigantesco recinto funerario que alberga la tumba del primer emperador de la China unificada perteneciente a la dinastía Qin, Qin Shi Huang, (221 a. C. – 10 de septiembre de 210 a. C.), otras aproximadamente 400 tumbas más y los magníficos Guerreros de terracota de Xian, que el mismo mandó construir durante su mandato.

File:Terracotta Army Pit 1 1.jpg

El mausoleo se encuentra en el monte Lí, a unos 30 kilómetros al este de la ciudad de Xian, en el distrito de Linton, en la provincia de Shaanxi, al noroeste de China.

El mausoleo permaneció olvidado y enterrado 2.000 años. El emperador dedicó cerca de 38 años a construir el mausoleo. El cual tiene 2,13 kilómetros cuadrados de superficie y, junto a otras 181 tumbas extendidas por la zona, cubre una superficie total de 60 kilómetros cuadrados y contó con la participación de más de 700.000 obreros. Fue edificado según el plan urbanístico de la ciudad de Xianyang, antigua capital de la dinastía Qin, dividida también en dos partes: interior y exterior con una forma de pirámide truncada con una base de 350 metros y una altura de 76 metros.

La cámara funeraria y la tumba aún no han sido abiertas y se encuentran en el centro del palacio subterráneo del mausoleo. La tumba esta ubicada entre una réplica de la China y un mar de mercurio y la cúpula de la cámara con joyas y pinturas simulando a las estrellas.

Los Guerreros de terracota (兵馬俑; pinyin: bīng mă yōng, traducción literal: “Figuras de soldados y caballos”), dentro del Mausoleo del Primer Emperador Qin (秦始皇陵; pinyin: qín shĭ huáng líng), fueron descubiertos en marzo de 1974 durante unas obras para el abastecimiento de aguas de regadío cerca de Xian, provincia de Shaanxi, República Popular China. Desde el año 1987 está considerado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El ejército consiste en más de 7.000 figuras de guerreros y caballos de terracota a tamaño real, que fueron enterrados junto al autoproclamado primer emperador de China, de la Dinastía Qin, (Qin Shi Huang).

Actualmente solo se ha descubierto parte del gigantesco complejo del mausoleo y quedan pendientes hallazgos muy importantes por desenterrar. Museos: Museo de Guerreros y Caballos de Terracota del Emperador Qin.

Se han detectado diferentes tipos de moho, que han obligado a la contratación de empresas especializadas para intentar que no deterioren a las figuras de terracota.

La terracota (del italiano terra cotta “tierra cocida”) es la arcilla modelada y endurecida al horno, fundamento de los trabajos de cerámica, utilizada tanto para recipientes, como para la realización de esculturas y decoración arquitectónica. Incluso en Etruria, durante los siglos III y II a. C., se utilizó para la elaboración de sarcófagos. En Merimde fue empleada desde el cuarto milenio a. C.

Desde los tiempos más remotos, la arcilla ha sido para el hombre el material más importante para elaborar objetos. Abunda en la naturaleza y es fácil de modelar simplemente con las manos, sin necesidad de utensilios. La arcilla es una mezcla de minerales con una pequeña cantidad de sustancias orgánicas.

Antes de que se inventara el torno, el hombre modelaba la arcilla con sus manos, preparando una pasta que luego apretaba y lavaba para finalmente dejarla decantar en pequeños recipientes. Una vez hecha esta operación, el amasijo se presionaba hasta darle forma, o bien enrollaba en espiral tiras de arcilla. El torno vino a facilitar el trabajo y ayudó a perfeccionarlo.

Si el objeto requiere para su terminación añadir un asa o un pitorro, estos elementos se incorporan después del trabajo del torno. Una vez terminada la pieza, viene el proceso del secado durante el cual la terracota pierde parte del agua. A continuación se cuece en un horno especial que alcanza poco a poco una temperatura de 700 a 1.100 grados. La masa se vuelve más dura y compacta. Una vez terminada la cocción, se deja enfriar despacio.

Para la realización de este trabajo se emplean estos utensilios: torno, horno, varillas y matrices. Con las varillas se hacen los acabados y los relieves cuando la arcilla está todavía blanda. además la terracota (del griego tierra) es de color amarillo a causa de su composición.

Enterrando estas estatuas se creía que el Emperador seguiría teniendo tropas bajo su mando. El ejército de terracota fue enterrado en formación de batalla en tres fosos, un kilómetro y medio al este de la tumba del Emperador, que a su vez dista 33 km al este de Xi’an. Los tres fosos tienen entre 4 y 8 metros de profundidad. Han sido excavados y se ha construido un hangar en las ruinas, llamado Museo del Ejército de Terracota

El primer foso fue descubierto en 1974 de forma casual. En esa zona se había encontrado ya algunos restos a los que no se les había dado demasiada importancia hasta que la noticia del hallazgo del nuevo foso llegó a oídos de un arqueólogo que inició la excavación.

El foso tiene una superficie de 200 metros por 60 y contiene más de 6.000 guerreros, algunos de ellos aún por desenterrar. Las figuras son a tamaño natural: miden 1,80 m. de altura y están equipados con armaduras fabricadas también con terracota. La fosa se abrió al público en 1979.

Cada una de estas figuras tiene rasgos y características diferentes: bigotes, peinados, jóvenes, viejos, rasgos de etnias diferentes. Las cabezas y las manos se moldeaban aparte y luego se añadían a los cuerpos. Los uniformes reflejan también los rangos militares a los que pertenecen. Cada soldado llevaba un arma: arcos, lanzas, espadas, etc. Tras la caída de la dinastía Qin, los campesinos saquearon la tumba y robaron estas armas. Las figuras son de colores vivos y brillantes, pero este color se pierde apenas a las cinco horas de exposición al aire, debido a la oxidación. Se está buscando una técnica que permita mantener los colores originales; por el momento, se ha pospuesto la excavación de nuevos guerreros.

La segunda fosa abierta al público contiene 69 figuras y es conocida como “la fosa de los generales”. Se cree que representa al estado mayor del ejército. También son visibles las figuras de cuatro caballos. La última fosa contiene unos 1.000 guerreros, muchos de ellos sin restaurar.

En 1980 se descubrieron dos carros de bronce pintados. Cada uno de estos carros está formado por más de 3.000 piezas. Los cuatro caballos de cada carro están guiados por un conductor imperial. Según algunos estudios, el primero de estos carros serviría para allanar el camino del séquito del emperador mientras que el segundo sería el carro en el que el monarca dormiría. Los carros, a la mitad aproximada del tamaño real, tenían incrustaciones de plata y oro.

En 2009 se descubrieron más guerreros sin barba, lo que indica que eran jóvenes. Se estima que de unos 17 años, lo que indica que por aquel entonces también se reclutaban menores en el ejército.1

En 2010 sus descubridores y excavadores oficiales -la arqueóloga Xu Weihong y su equipo, exclusivamente- recibieron el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales

Como vemos tienen trabajo, Arqueologos y cazadores de tesoros…..los Tomb Raiders de verdad…

 

Publicado diciembre 17, 2012 por astroblogspain en Uncategorized

6 Respuestas a “Los Exploradores perdidos…Y sus Tesoros…

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  1. quién publica esta información? quién la redacta? no lo encuentro por ningún lado!

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